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Björk

Parque de las Naciones. 1 de junio de 2003

Volvía la islandesa a Madrid y en esta ocasión como diva de un pop personal que la ha convertido en una de las damas más respetadas dentro del panorama protagonizado por la gente "cool" y moderna. Lo hacía, también, en olor de multitudes, con una cantidad de público amplísima que llenaba casi por completo el amplio recinto que, en el Parque Ferial Juan Carlos I, se ha dedicado a este tipo de eventos.

Björk se presentó vestida como si fuera una bailarina de ballet impresionista, con su tisú amplísimo y un gorrito con dos osos polares en su cima. Se colocó delante de un sexteto de cuerda, de una arpista que también cogía de vez en cuando el acordeón y de un par de técnicos que eran los encargados de crear todo el espacio rítmico y sonoro que aparecería en la actuación. A partir de ahí realizó un concierto que fue de menos a más y que no dudó en aprovechar todo un elenco tecnológico que se servía por igual de fuegos artificiales que de proyecciones casi documentales en pantalla gigante.

La islandesa entró más en su repertorio tranquilo, cediendo espacio a sus técnicos y dejando que éstos entretejieran abundantes texturas y ruiditos que salpicaban las canciones de moderneces intelectuales. Mientras, la diva se marcaba unos pasitos graciosos en los que parecía estar pisando huevos y el sexteto atacaba las piezas como si de una orquesta de cámara se tratase. Aunque curioso, todo resultaba un tanto frío: muy organizado, surgiendo sin naturalidad a la orden de la programación de los efectos preparados. Resultaba de lo más curioso ver cómo, con el último petardo de los fuegos artificiales, la pieza acababa sincronizadamente, o como el vídeo que se exponía era el que indicaba el tempo a seguir por toda la música.

Lo que ofrece Björk puede disfrutarse tanto en directo como en casa, y la chica se preocupa de aportar en sus actuaciones algo más de lo que uno pueda llegar a imaginar en su salón. Con todo, su música resulta gélida por momentos y mantiene al público en un nivel que resulta más expectante por lo que pueda pasar fuera del escenario que por lo que sucede dentro.

El lirismo nórdico de la chica terminó llevándose al público cuando, en la parte final del concierto, lanzó sus piezas más reconocidas. Hasta entonces la recepción del espectáculo fue tremendamente diversa entre la gente que prefirió verlo en la parte de abajo, de pie, y la que eligió el terreno más cómodo de las butacas. Mientras que los primeros estaban prácticamente embobados con la propuesta de la chica los otros lo miraban todo como si lo ofrecido no fuera exactamente lo que pensaban que iban a ver.

E.P.

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