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El saharaui Nayim Alal se presenta al público español con un álbum impresionante. Julio de 2003

El blues del desierto

En el Sahara lo llaman haul. Es una forma musical endémica de la zona, pero adaptable a un fácil entendimiento con cualquier otro estilo musical. Nayim Alal ha querido enseñárselo al mundo entero y el sello Nubenegra se ha mostrado dispuesto a colaborar con él. El resultado ha sido mágico: un disco que respira la esencia de la arena cuando baila.

En nuestro número anterior señalábamos que Nayim era marroquí. Craso error. E importante. El es saharaui, lo que implica que su país lleva en guerra con Marruecos durante más de treinta años. Nayim, junto con sus dos mujeres y sus cinco hijos, vive en uno de los campamentos saharauis que sirven de vivienda ocasional hasta que la independencia legalizada permita a la administración de su país comenzar a dedicar fondos para acondicionar ciudades en las que los críos puedan crecer pensando en un futuro pacífico. Treinta años de guerra son muchos. Demasiados. Es algo que tiene que calar en la vida de una persona hasta niveles insospechados. “Escribo apartado de la gente y, cuando lo hago, escribo siguiendo mi propia percepción”, dice. “Muchas veces, la mayoría, esa percepción es triste. No puedo escribir de felicidad y alegría cuando estoy rodeado de mi gente viviendo en circunstancias que no desean, con mis hijos criándose con unas limitaciones inmensas… No; no puedo escribir de esperanza si yo mismo no la percibo”.

Aun con todo, el haul se expresa de modo dinámico, vital. Puede que en las letras de sus canciones esté escondido el llanto y la tristeza, pero, rítmicamente, es como un siroco enorme que consiguiera mover todo lo que encuentra a su paso. Es el blues del desierto, una música que, como su colega norteamericana, describe sentencias de tristeza extrayendo de las guitarras una fiesta que oculta las lágrimas. “Haul tiene dos significados. Uno es meramente lingüístico, y es ‘peligro’. El otro es más espiritual y se podría definir como ‘profundidad’. Creo que éste último define mejor lo que es este tipo de música, ya que llega a la profundidad de la persona, no sólo a la superficie. El haul no tiene por qué ser necesariamente festivo: también atiende a lo más triste que puede generar un cuerpo humano. Puede ser percibido y apreciado por cualquiera. La cuestión es que podamos exponérselo a la gente correctamente. Muchas veces las condiciones en las que realizamos nuestros conciertos no colaboran a que la gente que no lo conozca pueda apreciar el haul. Quizás si tuviéramos más ayuda por parte de nuestro Ministerio de Cultura…”

Nayim ha necesitado treinta y seis años para grabar su primer disco en solitario. Esa es su edad, pero desde que nació estaba predestinado a esta satisfacción. En el Sahara, que continúa esperando como un gigante dormido la resolución de la ONU que le permita organizar un referéndum de autodeterminación con respecto a Marruecos, no hay compañías discográficas, ni un mercado de CDs, ni vídeoclips de la MTV. Pero hay música. Y poesía. “Es una cuestión de herencia. Creo que en Europa también tenéis ese concepto”, comenta Nayim. “En mi familia todos han sido poetas: mis bisabuelos, mis abuelos, mi padre, mi madre… Mi madre nos cantaba cuando éramos críos, aunque solamente fueran nanas y dentro de nuestra casa. En mi familia la tradición es más de poetas por cuanto la música es vista, dentro de nuestra cultura, como algo que no es propio de determinadas clases sociales. En el caso de mi familia, y de acuerdo a nuestras normas, no es lo más conveniente que uno de sus miembros se dedique a la música, pero, por mi parte, yo siempre he encontrado comprensión dentro de mi casa. El resto de mi familia (tíos, primos…) sí es cierto que me ha presionado en sentido contrario, pero de mis padres siempre he recibido apoyo. Cuatro de las canciones que he grabado en este disco tienen letra de mi padre”.

Este saharaui nació en la provincia de Smara, en la ribera del río Hwa (Eva), afluente de Sagia el Hamra, en una tienda como tantas otras que identifican la vida nómada del desierto. Antes y después de él llegarían sus seis hermanos y sus dos hermanas. Su padre trabajaba, por entonces, en una empresa española que construía una carretera en la zona. En el 73 los españoles tuvieron que abandonar el Sahara y, lo que en principio era una explosión de felicidad entre todo el pueblo saharaui, se convirtió pronto en un exilio forzoso cuando las fuerzas marroquíes comenzaron a tomar sus posiciones. Nayim, como miembro de su familia, tuvo que buscar nueva residencia en 1975. Tifariti, Mehbes y, por fin, Tinduf, el lugar en el que pudo estudiar sus primeras letras dentro de la escuela Martir Luali. Aunque parezca sorprendente, la música ya se había integrado en el cuerpo de Nayim y el hecho empezaría a apreciarse en cuanto el chaval tuvo que dejar a su familia para viajar a Argelia a recibir su formación secundaria. “Todavía era un crío. En el tiempo que pasé en Argelia empecé a tocar la percusión, a hacer mis canciones y a cantar. Durante la guerra, cuando teníamos vacaciones íbamos a los campamentos. Allí pasábamos tres meses asumiendo la vida militarizada y, de vez en cuando, viviendo festivales culturales. Fue en ellos en los que me enfrenté por primera vez ante un público. Pero no teníamos instrumentos. Todo lo que hacíamos partía de la percusión y de la melodía de la voz. Sólo las organizaciones reconocidas por el Ministerio de Cultura podían disfrutar de instrumentos porque no teníamos nada”

Cuando hay poca cosas todas se reparten. Hasta la defensa de la tierra. Nayim, como el resto de sus compatriotas, tuvo que pasar su tiempo de instrucción militar. Es triste, pero necesario cuando sabes que, probablemente, tendrás que pasar todo el tiempo que te dé la vida en una continua guerra de ocupación.

Pero hay más: en los países que no tienen nada, si alguien tiene algo es el ejército. “Había músicos, pero no disponían de instrumentos. Existía una especie de Grupos Nacionales que tenían una cierta financiación por parte del Ministerio de Cultura y sólo ellos podían acceder a las pocas cosas de las que disponíamos. A los dieciocho años, cuando entré en el ejército, me dieron un acordeón. Apenas tenía cuatro teclas en condiciones y estaba estropeado por todos los sitios. Yo, de todas maneras, hacía mis pinitos con esas cuatro teclas y las canciones que compuse en esa época sólo contaban con las cuatro o cinco notas que era capaz de sacar de ese acordeón. Lo aprendí de una manera autodidacta porque no teníamos ni maestros ni métodos. Cuando entré a formar parte de uno de los grupos reconocidos por el Ministerio de Cultura me proporcionaron un acordeón nuevo, con todas sus teclas. Fue mi primera gran alegría dentro del mundo de la música”.

Nayim habla sin acritud de aquellos tiempos. De hecho, sonríe cuando recuerda alguna anécdota juvenil. Una de ellas tiene que ver con su primera guitarra. “En el ejército mejoré mucho. Empecé a ensayar con el grupo de la región militar en la que operaba. En el 86, incluso, formé parte de una gira por las otras regiones militares. Estuve en ella durante tres meses y allí tuve conocimiento de la guitarra. Era una guitarra española que conservé durante diez años. A finales de ese año entré en la banda de música como tambor y eso me permitió introducirme verdaderamente en el ambiente musical. Tuve la suerte, además, de que uno de mis hermanos dirigía la banda y me apoyó. Fue en ese tiempo cuando me preocupé de practicar con la guitarra, pero mis compañeros se molestaban cuando lo hacía en el mismo sitio en el que estaban ellos. Trataba de aprender al aire libre. Abandoné la banda en el 90. Fue cuando me destinaron a la 7ª Región Militar. Era como un castigo: mis compañeros se habían quejado porque no soportaban que siempre estuviera tocando y mi superior me mandó fuera de allí”.

Lo que en principio pudiera parecer un revés se convierte en un regalo cuando una vida sabe aprovecharlo. En su nuevo destino Nayim compuso canciones que comenzaron a hacerse populares entre sus compañeros de campamento. Entre ellas estaba el clásico “Viva el Polisario”, el primero de sus temas en cruzar el estrecho gracias a su aparición en “Sáhara, tierra mía”, disco editado en España por el sello Gimbarda.

Resultaba impresionante que aquel hombre pudiera componer sus canciones en un mar de arena. Su guitarra sólo tenía tres cuerdas y una de ellas se ajustaba a una clavija rota con el alambre de limpiar la boquilla que se usaba para fumar.

“En 1989 y 1993 tuve la oportunidad de visitar Mauritania. Fue allí donde conocí el haul. También he recibido información de la música que generan las culturas árabes u occidentales y eso ha generado mi curiosidad por mezclar. Mi aportación al haul ha sido la de dotarle de nuevos ritmos, componiendo con lo que he aprendido del jazz, del blues o del flamenco. Ese tipo de músicas llegaba a mí por medio de la radio o por los cassettes que nos traía la gente que pasaba por España. En el desierto, aunque te parezca raro, también se escucha la radio”, explica Nayim.

Pero su aventura no termina ahí. Con el tiempo consiguió una guitarra eléctrica y, un poco después, fue trasladado a El Aaiun, una wilaya hermanada con la 7ª Región Militar. En las wilayas el Ministerio de Cultura saharaui dedicaba especial atención a la música tradicional: cada una de ellas elaboraba una formación artística que la representaba en el festival de hermanamiento que se organizaba cada verano. Nayim no sólo consiguió ser seleccionado como parte del grupo, sino que se convirtió en muy poco tiempo en el director de la agrupación. Los días de régimen militar habían acabado para él por orden expresa del gobernador de El Aaiun.

Fue en ese festival en el que Nayim entró en contacto con la gente de Nubenegra, el sello que, finalmente, le ha producido su primer disco. Nayim se encargó de entretener al público con la guitarra dado que su grupo había de retrasar su actuación esperando la presencia de Abdelaziz, el presidente de la República Saharaui, que asistía como invitado al festival. “Supimos que era relativamente popular porque dos chicas que nos visitaron en nuestra jaima nos cantaron dos composiciones suyas”, comenta Manuel Domínguez, responsable de Nubenegra. “En posteriores viajes su figura fue cobrando la verdadera dimensión: sin él, el haul saharaui no estaría donde está. No hay más que revisar los discos publicados por Nubenegra para intuirlo”, añade.

Nayim no se extraña demasiado de la respuesta que su música generó entre los españoles que le vieron: “Lo que hago, el mezclar la música del desierto con la que he escuchado, siempre ha despertado atención entre el público europeo. La gente de Nubenegra nos vio y, además de generar diferentes grabaciones, organizó una serie de giras para dar a conocer nuestra música ante el público occidental. Ellos se encontraron con multitud de impedimentos con los que no contaban: el tema de los visados, la comunicación con los campamentos (que no siempre es posible)… Hay ocasiones en las que músicos buenísimos no están disponibles para tocar en Europa por cuestiones meramente burocráticas. Eso daña más a la empresa que organiza las cosas que a los propios músicos y muchas veces es necesario recurrir a músicos de menos entidad para que suplan a los que, en el fondo, no han podido llegar a las giras por este tipo de impedimentos”.

En ese momento había empezado a nacer “Nar”, el álbum que Nayim acaba de publicar en el mercado español.

“Grabar este disco es para mí como la comida que te ponen encima de un plato de oro. He trabajado muy duro para llegar a esto durante toda mi vida y no puedo sino deshacerme en agradecimientos hacia la gente que me ha facilitado el haberlo hecho, la gente de Nubenegra, y Manuel en especial. Nunca había visto, antes de hacer esto, un estudio de grabación y, para manejarme en él, necesité la ayuda de todos quienes trabajaban allí. Creo que, con todas mis limitaciones, el resultado ha sido fantástico”, comenta. Y es cierto: “Nar” es algo absolutamente nuevo para el oyente occidental. Sus canciones están plagadas de sonoridad exótica, de arreglos imposibles, de fusiones impensables. Cada canción es totalmente diferente a la anterior y todas evidencian un concepto musical tan original como impactante. No es sólo música tradicional del desierto: es una unión mágica con conceptos rítmicos occidentales que eliminan la austeridad del haul y le insuflan una nueva piel. “La música del Sahara es música etnoafricana, con unas características nuestras muy propias. No es una música como la que se pueda hacer en el resto de Africa. En tiempos pasado quizás pudiera decirse de ella que era pobre a nivel rítmico y, sin duda, está limitada a un nivel regional por cuanto aún no ha salido de ahí: de Argelia, de Mauritania… Pero, actualmente, nuestra música ya se ha expandido hasta Andalucía. Hay, incluso, músicos saharahuis que han llegado a tocar en Estados Unidos”, apunta Nayim.

En el estuche de digipack que ejerce de joyero para “Nar” se añade una breve explicación sobre los textos de las canciones. Y la temática de fondo resulta obvia: el viaje como símbolo de la vida, la ausencia de paz durante veinticinco años, el sentido religioso, el amor al desierto y el recuerdo constante de la fecha que, para los saharauis, marcó su destino. “El 20 de mayo de 1973 fue nuestro primer día de alegría. Desde que éramos críos soñábamos con despedir al colonialismo español y ser independientes, vivir por nosotros mismos. Pero luego vimos que, también, era un día de una enorme tristeza: en vez de cumplirse nuestros sueños nos vimos envueltos en una guerra que aún no ha acabado. No es raro que el 20 de mayo aparezca en muchas de mis canciones porque las seleccionadas para este disco fueron, en muchas ocasiones, elegidas para participar en un festival en homenaje a esa celebración”.

Escuchando “Nar” y oyendo la vida de Nayim uno se pregunta si un álbum como éste, si una música como el haul, podría servir para que los occidentales que tan pronto olvidamos prestemos más atención a un pueblo que no tiene absolutamente nada. “Seguro que sí”, responde ávido Nayim. “Creo que este disco puede colaborar para sensibilizar a la gente sobre la causa saharaui. La revolución utilizó siempre el canto como una manera para unir a la gente y eso sigue siendo válido. La música tiene un poder que puede trasladar, y la mía también puede hacerlo. Necesitamos toda la ayuda posible, tanto la que respecta a nuestro propio pueblo como la que pueda llegar del exterior”.

Lamentablemente, la actividad de Nayim no podrá ser continuada en directo tal y como se había previsto en un principio. Algunas de sus actuaciones han tenido que ser canceladas por cuanto los terremotos que han asolado últimamente a Argelia han hecho imposible la comunicación con los campamentos saharauis y los miembros de su banda no han podido recibir la notificación para desplazarse a España. “Estoy dispuesto a actuar donde y cuando haga falta”, dice, aunque es consciente de que no siempre querer es poder. Con un poco de suerte todos sus compañeros de grupo estarán con él en la presentación que piensa hacer de “Nar” en la sala Suristán madrileña. “Antes me era complicado viajar por el tema de los visados y he perdido actuaciones o giras porque a nuestro campamento no llegaban a tiempo los avisos necesarios. La dificultad de hacer este disco ha sido impresionante, ya que ha llevado cuatro años de viajar para acá y para allá. Ahora he pedido los papeles de residencia y, aunque estén en trámite, supongo que todo será más fácil”, comenta.

Su actividad creativa, sin embargo, no se detiene. “Ahora estoy preparando canciones en castellano. Creo que eso favorecerá el que los españoles puedan entender nuestro mensaje. Mi hermano Mohamed me ayuda a hacer las letras porque mi castellano no es mi bueno. Ya tenemos cinco canciones hechas”, cuenta, y añade que “alguna vez ha surgido la posibilidad de colaborar con músicos españoles. Artistas como Mercedes Ferrer o Cristina del Valle han hecho patente su interés por hacer algo juntos, pero nunca se ha llegado a concretar nada. Alberto Gambino, por ejemplo, es un productor español que ha trabajado con nosotros. A mí me gustaría encontrar a algún músico español con el que hacer cosas juntos, independientemente del género musical en el que trabajemos. Es más: estoy convencido de que los españoles pueden cantar el haul. Lo importante es encontrar un contacto serio, que lo desee tanto como yo”.

El futuro es el que dirá si ese deseo termina por cumplirse, pero uno no lo ve ni tan lejano ni tan descabellado. España no carece de músicos con sensibilidad y, en cuanto “Nar” empiece a sonar, será difícil que no produzca un efecto de imán para quienes lo escuchen.

Mientras eso sucede Nayim seguirá trabajando en España y viajando al desierto para tener contacto con su familia. A priori, la vuelta parece dura después de haber vivido la experiencia de una grabación y de colaborar en la elaboración de una serie de DVDs que Nubenegra tiene pensado editar en un futuro acerca de la música del Sahara. Es pasar de la “vida civilizada” y occidental a la situación incierta que siempre genera el regreso a una tierra que sufre una ocupación. Le pregunto a Nayim el futuro que ve para su país, pero en cuanto Mohamed, su hermano, le traduce la pregunta toda su locuacidad desaparece como por ensalmo. Sonríe, baja la cabeza y dice un tímido: “yo no entiendo de política”.

Mohamed, por contra, se muestra mucho más explícito. El es el autor de los textos en castellano de las nuevas canciones de Nayim y uno de sus consejeros (toda su familia lo es) a la hora de desarrollar su material. “Nuestro futuro es incierto. Llevamos trece años sin referéndum y muchas veces hemos visto que la cosa se ha animado y que no ha terminado en nada. La gente termina perdiendo sus esperanzas, pero nosotros estamos con la independencia y no nos vamos a dar por vencidos por más tiempo que tardemos en conseguirla”, afirma.

E.P.

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