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Lluís Llach
Hay personajes para los que palabras como “crisis” o “mercado” son simples elementos que, igual que van, vienen. Lluís Llach es de quienes puede escuchar con tranquilidad todas las cuitas de la industria discográfica desde una posición absolutamente distante: él hace, casi cada año, un nuevo álbum; se renueva como artista y vuelve a demostrar que su talento no es de los que está a expensas de modas, listas o promociones. Llach partió en los años 70 de la “nova canço” para convertirse, en muy poco tiempo, en un compositor universal. Fue, junto a muy pocos de sus compañeros de generación, de quienes no se quedó enganchado en el tiempo de cantautores reivindicativos que no pasaron la prueba de la transición. El, al contrario, dio rienda suelta a su capacidad musical dejando las propuestas “lloronas” en un segundo plano, aunque sin perder el norte de que la canción nunca debe ser un elemento trivial. Año a año, sin decaer prácticamente en ninguna de sus entregas, ha corroborado una obra de la que muy pocos artistas pueden presumir. Su último álbum es “Jocs”, un nuevo ejemplo de capacidad en el que, musicalmente, se aborda de igual modo el concepto de la canción que el de la suite (no es nuevo en la obra del catalán). En el plano de los textos, como también es tradicional en los álbumes de Llach, la ironía drástica permanece en su lugar sin quitar, por ello, sitio a un universo más privado que alcanza niveles poéticos de gran altura. Quizás se hace repetitivo, pero es cierto: Llach ha vuelto a firmar un álbum estupendo que merece muchas escuchas, algo que, junto con sus obras del nuevo siglo, demuestra que está en un momento extraordinario. E.P.
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