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La vida en la carretera (X). Febrero 2003. Escenas escatológicas por Kike Turrón y Kike Babas con ilustración de Mart
Al final siempre queda todo en risas, en pura anécdota que contar a los colegas para partirse el pecho en el bar, pero entre medias permanece, imborrable, un asco y una angustia sobrehumana. Veremos que puede pasar de todo cuando el cuerpo se alía inoportunamente con la situación. Comencemos la sección en un contexto suave: “yendo con Boikot actuábamos en un pueblo de Salamanca. Todavía no iba Yeyo como técnico de sonido y ese día probamos a un chaval que se llamaba Julián y que llegó acompañado de su cuñado. El chaval no resultó muy bueno como técnico, pero su cuñado se salió como vendedor de psicotrópicos y nos pasó una bomba que nos aflojó el vientre a seis personas a la vez. La actuación era en una plaza portátil y no había servicios. Dimos cuatro vueltas a la plaza antes de pedirle al alcalde del pueblo que nos abriera el Ayuntamiento. Era un sábado por la noche y allí pasamos, uno tras de otro, al retrete”, comienza contando Tekila, que ha sido de todo un poco en esto de las giras de grupos estatales. A continuación dejamos que sean M-Clan quienes nos muestren la trasera del grupo, las situaciones menos agradables. La larga y entretenida historia tiene lugar en algún rincón de Lleida: “este concierto tuvo unas cuantas anécdotas dignas de reseñar. Se tocaba al aire libre, por lo que habían montado un escenario gigantesco y cubierto por una gran lona. Esa semana había llovido bastante y la lona que cubría el escenario (que estaría como a unos quince metros del suelo) estaba preñada de unos cinco mil litros de agua que se había ido acumulado poco a poco. Nuestros técnicos se encontraban montando el backline en el escenario ajenos a lo que colgaba sobre sus cabezas. De pronto algo cedió y cinco toneladas de agua se estrellaron contra el escenario partiéndolo limpiamente por la mitad como si de mantequilla se tratase. Por suerte los técnicos pudieron ponerse a salvo milagrosamente. Todos pensamos que el concierto no se podría realizar, pero el promotor consiguió que rehicieran el escenario y, después de un gran retraso, pudimos salir a tocar. El esfuerzo mereció la pena y dimos un gran concierto. Pero las anécdotas no habían terminado ahí. Esta vez el protagonista fue Carlos Tarque. Después del concierto y de algunas copas en algún garito de cuyo nombre no me puedo acordar nos fuimos al hotel a dormir. A eso de las seis de la mañana, Tarque se levanta totalmente en pelotas a hacer pipí, pero como está medio dormido se equivoca de puerta y, en vez de entrar en el aseo que hay en cada habitación, salió al pasillo cerrando la puerta tras de sí. Pasaron tres o cuatro segundos antes de comprender su apurada situación. La puerta era de tarjeta y no se podía abrir. Tampoco sabía el número de habitación que teníamos los demás. Para colmo, las ganas de mear le habían producido una trempera bastante considerable y tampoco se atrevía a bajar a recepción a pedir un duplicado. Así que se puso a llamarnos a gritos y así estuvo como un cuarto de hora hasta que, al fin, Juan Carlos Armero (percusionista) salió a ver qué pasaba. Se quedó atónito al ver a Carlos totalmente desnudo y muerto de frío en el pasillo disimulando como si no pasara nada”. Cómico, cuanto menos, para el resto de los componentes de la rockera banda murciana. Algo se muere en el alma Siguiendo ese fino e inoportuno hilillo de pis, verdadero mal de los viajes en furgoneta, dejamos que sea Cristóbal, que ya ha aportado su experiencia a esta colección de capítulos, quien nos dé alguna lección de la que aprender: “Alberto Pla, guitarra de Boikot, es uno de los máximos exponentes de este género y te acostumbras a preguntarle ‘¿pis?’ cada vez que vamos a abandonar una gasolinera o a reanudar la marcha. Has sudado tinta para adelantar a tres camiones con nuestra lentísima autocaravana con remolque y dos curvas más adelante oyes: ‘me estoy meando’. La frasecita te hunde y tu esfuerzo y riesgo se van al carajo. Ahí es cuando recurres a la experiencia y paras debajo de un puente, en el arcén, en el peaje, nunca en un WC con bar ni en una gasolinera donde se pueda conseguir más líquido y te hagan parar unos kilómetros más tarde para expulsar lo ingerido”. Un problema que quienes escriben esto han visto solucionar a mucha gente (Josele, ex Enemigos y en la actualidad Maestro Pocero, es todo un profesional de este arte) con la clásica botellita de agua mineral y cierta puntería. Quiño, invitado clásico de esta sección y curtido conductor, hace memoria de las cosas que más odia de la vida en carretera: “Los peores son los que por la noche te han dicho que son muy amigos tuyos y a la mañana siguiente tienen una resaca por la que te odian y todo les sienta mal. Muchas veces te sientes como si estuvieras en tu puesto de trabajo tranquilamente y tuvieras a ocho tíos mirándote y criticándote cualquier cosa que hagas. Además, siempre sueles ser el blanco de las bromas. Pasan muchas cosas: desde quien dice ‘furgonetero de mierda, que quiero otro whisky’ hasta los meones, quienes están meando cada dos por tres. Con el tiempo aprendes a vacilar o a desconectar”. Una vez más el problema de vejiga está presente en las denuncias. Los metaleros Blood, desde Alacant, también tienen algo que añadir: “estábamos ya en los bises de un concierto y a José le dio un apretón de vejiga. Salió corriendo al WC y, mientras meaba, se me arrimó un tío y me dijo: ‘cómo mola el batería’. Y yo le dije: ‘la batería’. ‘Ya ya, la batería es muy bonita, pero como toca el batería’, me repitió. ‘La batería’. ‘No, si ya sé que la batería es muy chula, pero el batería toca un huevo’. A lo que le respondí: ‘¡La batería, coño! ¡Que es mi mujer! ¡Es una tía! El tío se quedó sin saber qué decir, con lo cual aproveché para mear y volver al escenario”. Curiosidades psicodélicas del 13 de la Rue del Percebe. De todos modos, ¿es lícito que un batería deje su puesto durante una actuación para ir a aflojar el líquido? De nuevo nos encontraríamos con Enemigos y con Artemio, primer batería de la ex formación, que tenía por costumbre marcharse a mear sin avisar al resto de sus compañeros que esperaban pacientemente el “one, two, three”. Los ríos de Babilonía y sus piedras Pero cambiemos de tema por un momento. Son los Dikers, de Iruña, quienes están al quite: “después de un concierto, a un chaval que estaba antes en el grupo le entró un apretón y se fue al baño. Tras echarlo todo, se dio cuenta de que no había papel y entonces se fijó en el catering. Allí nos habían puesto sandwiches de chorizo y todos esos fiambres. El tío cogió toda la fuente de bocadillos y, con el pan de molde, arregló el asunto. Luego se quitó las miguillas y… fuera”. Imaginación al poder. En la mente de todos navega aún el decadente espectáculo que dio Mimi (de A Palo Seko) durante los conciertos del disco “PP Pinocho” sobre el escenario del estadio de La Peineta ante miles de espectadores. El batería del grupo de Alcalá de Henares defecó sin venir a cuento ante la ovación cerrada del público. Los Narco, de Sevilla, también aportan su granito de (ejem) arena a este capítulo de guarrerías rockeras: “llegamos a un concierto y en el camerino no había dónde hacerlo. Tenía un apretón serio, por lo que me fijé en una lata de Coca Cola enorme, de ésas de promoción, que había detrás de donde estábamos aparcados, cerca del camerino. Allí me puse con lo mío sin tener en cuenta que por el lugar pasaba más gente de la prevista. Al momento tenía un corrito a mi alrededor: ‘¡hostia! Mira, el de Narco cagando’ Les tenía que mandar circular. ¡Me estaban mirando el culo y yo allí, sentado en la lata!”. Extraña raza de supervivientes la de los músicos y sus equipos humanos. Tekila nos trae un ejemplo de esto cuando los cafres se encuentran ante un artefacto no conocido: “fue en un jacuzzy que encontramos en la casa rural Belautxa. Era de alquiler y creo que fue Juancar el que lo alquiló una hora. Ibamos ocho y, al final, parecía un jacuzzi de chocolate con un agua oscurilla que daba un poco de asco, pero ninguno habíamos probado un jacuzzi y teníamos mucha curiosidad”. Quiño, trabajando con Rosendo, tuvo el placer de contemplar un bonito vodevil: “me moría de la risa. Me fui con Rosendo a Murcia y, terminado el bolo, nos teníamos que ir a Ferrol. ¡Imaginad! Un cerro de kilómetros ¡y sin dormir! Llegamos y unos yonkis nos querían quitar las guitarras y, después de liarnos a hostias con ellos y tal, acabamos destrozados. Después allí, en la plaza de Ferrol, nos dan como camerinos los que eran los antiguos calabozos del Ayuntamiento. Estábamos ya todos ojerosos y, de repente, vienen dos periodistas tipo gallinas de unos cincuenta años, muy pesadas y tal, y empiezan a entrevistar al Rosendo. Este les dice: ‘mi especialidad probablemente no sea cantar ni tocar la guitarra’. Las otras están pensando que menuda revelación y Rosendo añade: ‘mi especialidad es la fuga de propulsión a chorro’. Le preguntan: ‘¿y eso cómo es?’, y el Rosendo se tira un pedo y se pira corriendo. Quienes estábamos allí, destrozados, ya por el suelo, no podíamos más”. Por último veamos que, pase lo que pase, los músicos de aquí tienen su corazón. Piñas, bajista de los navarros Marea, es quien nos trae la última aventurilla de hoy: “había un perro abandonado en la carretera y el Alen (batería) dijo que nos lo lleváramos de allí, que si no seguro que lo iban a atropellar por el despiste, que él se lo quedaba en casa. De pronto, la perra que se pone nerviosa y empieza a cagar. ¡Me lo echó encima! A Jaime (el road manager) y a mí nos entraron unos arcadones de muerte. Me tuve que parar en la autopista y ponerme en calzoncillos. Y la banda potando por allí, cada uno a su aire”. NOTA: a lo largo y ancho de esta serie de capítulos ha participado con sus testimonios Viry, conductor de numerosos grupos. En algún caso, por haber trascrito erróneamente declaraciones fuera de lugar, se ha podido llegar a entender que Viry consume algún tipo de droga mientras curra. Como os podéis imaginar, esto es totalmente falso y desde aquí pedimos perdón por tan grave afrenta a su profesionalidad. Capítulo
1: La vida en la carretera
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