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Mártires del Compás

La Riviera. 4 de diciembre de 2002

Hay situaciones que resultan, de algún modo, antinaturales. No necesariamente chungas, sino… como fuera de plaza, como aterrizadas por equivocación. La última presencia de los Mártires en La Riviera fue un poco así, como una marcianada que ni tiene ni admite (ni siquiera necesita) explicaciones.

No es éste de los grupos que, dentro de su estilo, tenga problemas para comunicar con su público, pero, en ciertas ocasiones, uno se pregunta cuánto de eso, exactamente, se debe al grupo y cuanto al público en sí. En La Riviera daba la impresión muchas veces de que estábamos asistiendo a un ensayo o a una juerga casera, pero no a un concierto. Esto último sólo resultaba obvio cuando veías al público.

Y viene esto al caso porque, durante todo el bolo, las voces se oían a duras penas (de entenderlas ya ni hablamos), la guitarra flamenca que había por allí parecía como de atrezzo y el sonido, en términos generales, era más propio de una fanfarria afónica que de un grupo que, precisamente, sí puede presumir de un sonido propio. Pero, como aquello no mejoraba te pusieras donde te pusieras ni con el paso de las canciones, lo mejor era asumir que ese día eras tú el sordo y que allí todo el mundo estaba contento y feliz. No era verdad (toda la gente estaba con el mismo comentario), pero… parecía la única solución.

A partir de ahí quedaba disfrutar de las pequeñas anécdotas de la situación: la vecina que se marca una rumba mientras suena (es un decir) un fandango, el coreo de los estribillos más populares, la aportación de la vocalista que hacía los coros, las idas y venidas del personal por el escenario, las dedicatorias con sorna… esas cositas que, al fin y al cabo, luego puedes contar pero que en modo alguno te resarcen de lo que pagas en taquilla.

E.P.

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