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Extremoduro La Cubierta de Leganés. 23 de noviembre de 2002 Decía un colega de un programa de radio a la entrada del concierto que había pocos grupos de rock de aquí que tuviesen los huevos de llenar La Cubierta. Mucho me temo que la cosa no sea cuestión de bemoles (que haberlos haylos), sino de tener un tirón tan popular y arraigado como el que disfruta el grupo de Roberto Iniesta. Dos días con la plaza de toros llena a rebosar y la gente rendida ante unos temas que ya pertenecen al cancionero popular por derecho propio. Había ganas de Extremoduro. Con una política de prodigarse poco en directo, y de hacerlo a unos precios competitivos con los de cualquier estrella guiri, el resultado es un éxito absoluto desde el primer acorde. Como teloneros se llevaron a un único DJ, pero, que nadie se rasgue las vestiduras, nada de maquineo ni technofilia. El pincha no era otro que Suso, conocido barman bilbaíno que, dejando por un momento sus labores al otro lado de la barra del Umore Ona (ese bareto que es el segundo hogar de los Platero y Tú), tuvo a bien deleitar al respetable con una buena ración de rock ibérico y algo de glam, paseando y luciendo palmito cual revoltoso “Ziggy” por todo el inmenso escenario. Tras el calentamiento salen a escena Robe, Iñaki “Uoho” y compañía: se zampan al respetable con la sola presencia escénica. La disculpa era la presentación de “Yo, minoría absoluta”, pero casi daba igual: allí todo el mundo se las sabía todas y las coreaba y desgañitaba como si todos fuésemos una sola garganta. Cayeron los singles más populares de “Agila”, de “Somos unos animales”, de “Rock transgresivo”, de “Deltoya”, de “Dónde están mis amigos”... un repertorio equitativo y ecuánime. Hasta el pertinente trocito de “La pedrá” tuvo su hueco. Fue un set previsible y agradecido. Como era de esperar, no hubo ningún aderezo ni atrezzo especial: el escenario, la peña y las canciones. Más que suficiente. Si acaso, como aditamento, decir que al fondo del escenario, casi a oscuras, un tipo acompañaba las canciones a los coros y a la guitarra rítmica de tal forma que, si al Robe se le iba alguna nota en los estribillos o algún acorde aquí o allá por andar macarreando, todo quedaba cubierto y no se afectaba en nada el resultado global de la actuación. Y así transcurrió todo, con una cierta aceleración en la ejecución a ratos pero siempre, y como era de prever, con una tremenda comunión entre el publico y un grupo que, por ahora, se mantiene a la cabeza del rock duro estatal. Kike Buitre
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