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La vida en la carretera (IX). Enero de 2003

Touring in Spain

por Kike Turrón & Kike Babas con ilustración de Mart

Nuestro país es, proporcionalmente, el segundo acogedor mundial de turistas después de Francia. Si el país vecino ofrece una suculenta y rimbombante oferta de alta cultura, la piel de toro agasaja a sus visitantes con chabacanas raciones de sol, playa, sangría, discoteca, cachondeo y olé. Y lo cierto es que los guiris parecen encantados con esa perspectiva. Si trasladamos ese concepto a la realidad musical nos encontramos con que los grupos que pasean su palmito por la península quedan normalmente gozosos con los ofrecimientos patrios.

”España es diferente, it rocks. Para nosotros siempre ha funcionado muy bien: audiencias salvajes, grandes fans…”, comenta Steve Turner, cantante de los sónicos y míticos garageros Mudhoney, quien, mientras alaba la capacidad disfrutona del público español, se engulle a conciencia unas tapitas de queso y setas a la plancha acompañadas de un rico vino tinto, lo cual nos da otra pista de por qué a los grupos les gusta dar vueltas por nuestras carreteras de bolo en bolo. Otro estadounidense, el guitarrista de jazz Scott Herdenson, nos ofrece una opinión similar a la de Turner: “la gente del Sur (Italia, España, Sudamérica…) sois audiencias más calientes. Me encanta tocar en España porque la gente realmente disfruta de la música; es verdaderamente cojonudo”. Pero es Iñigo, capo del imprescindible y vinílico sello Munster, el que nos añade un nuevo y certero matiz al respecto: “los que vienen de Estados Unidos aquí flipan con las distancias. Allí lo mismo tienen que conducir dos días para hacerse un bolo, por ejemplo de Austin a Minneapolis. Aquí es todo muy corto en cuanto a distancias: pin-pan, pin-pan y aprovechan todo al máximo. Además, aquí la gente es superfan y superentregada. A Sylvain Sylvain (ex New York Dolls) allí van a verle veinte personas y… claro, aquí flipa. Eso afecta positivamente en el recital. Y eso que algunos se toman manga por hombro y hacen el desbarre, pero, por ejemplo a Sylvain, le puso las pilas, algo que le pasó también a PF Sloan, que llevaba veinte años sin tocar y casi le dio hasta miedo la respuesta del publico de acá”.

“La música en España es una cosa grande. La gente tiene en sus casas un cuarto con un piano o con una guitarra. La música es parte de sus vidas más que en otros países como Alemania. Es una cosa interna de la gente, no algo que pertenezca en exclusiva al que se sube a un escenario; es parte de su vida. Cuando ofreces un concierto en España hay una gran energía de la gente, una gran respuesta. Eso es bueno porque, en el fondo, la música es comunicación, es enviar emociones. Tocar para los españoles es un verdadero placer. Ingleses, americanos, alemanes o japoneses son más reservados; tienes que trabajar de otra manera. Probablemente la comida y el sol contribuyan a ello más de lo que imaginamos: Inglaterra tiene el peor tiempo del mundo; es gris y oscura y por eso la gente quiere hacer música: es una forma de buscar sentirse bien. Tal vez por eso allí hacemos tan buena música, por el mal tiempo”, afirma el orondo grandullón James Taylor, de la J. T. Quartet, dándonos un nuevo dato para seguir completando un puzzle hecho de grandes audiencias, distancias cortas y buenas viandas. Una vez más Iñigo Munster nos ilustra al respecto: “Hay muchos que no pueden comer de nada, algo que tienen muy marcado: que si el sándwich vegetal tiene atún y no sé qué… Otros flipan con la comida y los productos de la tierra: tanto de comer, de beber, como de meterse. Muchos americanos vienen con la cultura de allí y sienten que aquí hay más libertad real a ese nivel. El disfrutón number one es Ken Stringfellow que ha venido con White Flag, con los Posies, en solitario, con REM, con Chariot… El tipo es tremendo en todos los sentidos: es el numero uno de los que disfrutan”.

Con esto añadimos una nueva dimensión a la retahíla de conceptos ya expuestos: la suculenta oferta química y la facilidad para disfrutarla. Pasemos ahora a escuchar un trozo de la conversación mantenida entre tres miembros de los cacofónicos souleros BellRays:

Bob Vennum-- “La principal diferencia que yo veo con respecto a España es que a las audiencias les gusta bailar, les gusta moverse y disfrutar del show. En cualquier otro sitio la gente es estática, incluso aunque les guste y lo disfruten, aunque griten en el concierto. En España además bailan, se mueven”.
Lisa Kekaula-- “Me recuerdan a un vídeo de Radio Birdman: ellos tocan y la gente se vuelve loca y se mueve mucho; no se pueden controlar”.
Bob Vennum-- “Todo el mundo bailando. Para mí es distinto, algo más allá de toda la gente con el puño en alto y el símbolo de los cuernos. Si la audiencia se mueve es algo sexy, eso es rock’n’roll. Cualquier música buena debería ir al centro de tu cuerpo y, en España, eso pasa más que en ninguna otra parte”.
Tony Fate-- “Aparte de lo buenas que están las tías. Es increíble: de cada cuatro mujeres tres están buenísimas”.
Lisa Kekaula-- “Pues no te digo los hombres, ja, ja, ja”.

Fin del puzzle: ahora resulta que, además, estamos todos como un queso. ¿Cómo negarse a venir aquí?

Spain? Where is Spain?

Vayamos ahora con unas breves anécdotas de unos pocos artistas de ésos que sólo conocen las capitales o, como mucho, las grandes ciudades de cada país que pisan. Megaestrellas consagradas para las cuales España se reduce habitualmente a Madrid y Barcelona siendo difícil, muy difícil, que lleguen a saber nada de los peajes de la autopista. Una vez más, Quiño, furgonetero habitual en estos capítulos, tiene la palabra con la experiencia vivida tras llevar a divos en sus desplazamientos por esta ciudad. “El día que tocaron Pink Floyd en Madrid querían ir luego a ligar por ahí y les llevaron al Oh!, que era la discoteca más pija del momento. Se pusieron a tocar. ¡Pink Floyd en el Oh! Madrid! El David Gilmour y el Richard Wright, el teclista de toda la vida, que estaba metido en el water de las tías. A mí me preguntaban: ‘¿quiénes son éstos que tocan tan bien?’ Y yo les decía que los Pegamoides o cualquier otra cosa. ¡¡Y eran Pink Floyd!! No ligaron nada. Bueno: un saxofonista así rubito que sí pilló y las morenazas que eran del coro que no pillaron porque no quisieron. Rollos raros que pasan. En otra ocasión Willy de Vile me decía que le mirara la cabeza, que creía que tenía piojos. Y yo con que me dejara en paz: ‘que no, que no tienes nada, gusano, je, je’. Una vez llevé a Keith Richards al aeropuerto y unas chavalas que habían seguido la gira suya por España se montaron en su furgoneta y se vinieron también al aeropuerto. Entonces, cuando ya se iba, el Keith Richards, que las había visto durante todos los bolos y que las veía ya destrozadas de tanto bolo y mal durmiendo, cogió y las dio un beso a cada una. Yo, que estaba entre medias, con barba y tal, también me llevé dos besos. ¡Keith Richards! El tío no distinguía nada. Me cascó dos besos. Es un honor”.

En fin. Para dejar este capítulo con un sabor de boca culto y distinguido, y no con los dos besos de Keith a Quiño, recogemos unas palabras de la tímida Tracy Chapman, que, cosa rara, tuvo a bien empaparse de un poco de nuestra cultura más universal: “sinceramente, las veces que he estado en España he estado trabajando y apenas he visto nada. Estuve en el Parque Güell en Barcelona, viendo las arquitecturas de Gaudí. Me gusta ver las cosas de un país cuando voy a él, pero casi nunca tengo tiempo”.

Capítulo 1: La vida en la carretera
Capítulo 2: Los olvidados
Capítulo 3: Guía gastronómica
Capítulo 4: La Benemérita
Capítulo 5: Por el guiri
Capítulo 6: Los runners
Capítulo 7: Entretenerse en la furgo
Capítulo 8: Accidentes imprevistos y otros baches
Capítulo 10: Escenas escatológicas
Capítulo 11: Fuerzas de la ley vs. rock'n'roll
Capítulo 12: El baúl, con tachuelas, de la Piquer
Capítulo 13: En carne propia

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