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Motorhead

Aqualung. 28 de octubre de 2003

Pueden pasar los años, pero da la impresión que el marchamo de garantía que lleva impreso el nombre de Motorhead no tiene fecha de caducidad. En su último paso por Madrid su presencia fue tan contundente y explosiva como se podía prever, aunque la potencia de sonido que antaño caracterizaba a la banda parece haber cedido ante las paredes del Aqualung.

Si ya el concierto de Pretenders en esta misma sala hizo notar que la potencia del equipo había sido rebajada o utilizada sin sacarle su máximo partido, con la actuación de Motorhead la idea se acentúa. Mientras que en otras ocasiones Lemmy y los suyos hacían temblar las escaleras del local, en su concierto del 28 de noviembre no atronaron como antaño.

Uno, que ya tiene las orejas un tanto desgastadas, lo agradece, pero no puede negar la evidencia de que la pegada que tenía la banda en otras visitas no fue, en esta ocasión, tan contundente. Eso sí: el rock’n’roll de media tonelada que estos chicos (¿chicos?) se dejan en el escenario es de los que no admite respuesta. Es como si a la bici de Chuck Berry le hubieran puesto cohetes atómicos.

El resultado congregó y agradó a un público numeroso, entregado y seguidor de una banda que, encima de las tablas, pone lo que tiene y no juega a ser figurón. El trío suelta su andanada sin pretensiones y muestra su conciencia de que, en el fondo, su arsenal es su potencia y su dureza. La sirven con gusto, en buena cantidad y sin platos de florituras. Una lección urgente que se disfruta.

El nombre de Motorhead sigue aglutinando solvencia y continúa sin defraudar.

E.P.

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