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Rosendo

Aqualung. 7 de marzo de 2003

No querría yo llegar al nivel de pesado diciendo una y otra vez que Rosendo está pasando, en los últimos años, por su mejor momento creativo. El haber encajado tan perfectamente a un trío como el que forma con Rafa J. Vegas y Mariano Montero y el disponer de un estudio propio en el que trabajar las composiciones acercándose más al resultado final que lo que facilita un simple local de ensayo ha generado que sus últimos trabajos discográficos se hayan colocado a un nivel excelente y que su figura se haya acrecentado hasta niveles que poco se podía sospechar. “Veo, veo… mamoneo”, el último de sus discos, ha generado en torno a él unas expectativas que le han llevado a obtener un más que merecido disco de oro y un calado en el público que, a estas alturas, traspasa las fronteras de edad. En su más reciente aparición en Madrid se dio un baño de multitudes al que respondió con un estupendo concierto que, con todo lo largo que pudo llegar a ser, todavía dejó a los asistentes con ganas de más.

El carabanchelero es de los que hace de la sencillez virtud y de los que ha terminado asumiendo que, en el fondo, una canción es más brillante cuanta más facilidad tiene para llegar al público. Con éstas, el formato que utiliza en directo para la presentación de sus temas nuevos suple la contundencia sonora del álbum con una nitidez interpretativa que raya en lo austero. Aun así, y aunque las nuevas canciones todavía se muestran faltas de rodaje, llegan al personal con la frescura exigible y con una naturalidad que Rosendo ha convertido desde hace tiempo en santo y seña de su música. Piezas como “Masculino singular”, “Sufrido” o “Quincalla” no necesitan de mucho para poner el Aqualung boca abajo y cuadran perfectamente y sin forzarlas en el repertorio más clásico del personaje.

Además de lo acertado del set list (siempre diferente aunque con iconos ineludibles), lo mejor de su última actuación en Madrid fue la actitud que se respiraba en el escenario y el conocimiento palpable de que el cuarto miembro de la banda se encontraba enfrente, con forma de dos mil cabezas y con cuatro mil brazos dispuestos a guitarrear. Un concierto como el ofrecido por el peludo carabanchelero ya no tiene ni altos ni bajos y poco se desvía hacia derecha o izquierda: es como una exhibición de continuos grandes éxitos en los que el coro general empieza la canción antes que los interpretes y la acaba un minuto después quemándose las manos de aplaudir.

El único defecto que puede achacarse a un personaje como éste es que, al paso que va, va a tener que convertir sus conciertos en maratones inacabables. De una carrera tan larga y pródiga como la suya cualquiera de sus incondicionales es capaz de escuchar casi treinta canciones como auténticos himnos y otras treinta como fantásticos regalos. Interpretar, por ejemplo, “Sorprendente” es como poner un caramelo en la boca a un niño de cuatro años y dejar que, mientras mastica, pida a voz en grito una docena de temas de Leño. Si a eso le añades los catorce discos que Rosendo ha firmado en solitario la selección es tan imposible como inigualable.

E.P.

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