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María del Mar Bonet

Auditorio CC.OO. 14 de marzo de 2003

Suele quejarse la gente, y con razón, de que Madrid está carente de recintos válidos para la organización de conciertos. Aun con todo, son numerosas las organizaciones y colectivos que poseen instalaciones la mar de adecuadas para este tipo de actividades y, por lo que sea, o no permiten el uso de las mismas o las mantienen escondidas sin dar ni una mínima publicidad a la programación que se realiza en ellos. Uno de estos locales es el fabuloso teatro que CC.OO. tiene en la calle Lope de Vega: casi mil butacas con un escenario e infraestructuras más que óptimas para cualquier tipo de evento. Periódicamente, el Ateneo 1 de Mayo, dependiente del sindicato, organiza allí alguna actividad que, desgraciadamente, apenas es conocida más que por los trabajadores del edificio o los vecinos de la zona. Hace relativamente poco programaron un ciclo de cine clásico en el que, tras la proyección de películas protagonizadas por Bogart, se podía asistir a cine forums. Actualmente está en marcha otro de cine argentino y el pasado día 14 se cerró el ciclo “Cantando a la luz de la luna”, en el que se habían programado conciertos de Raimon, Juan Perro, Carmen Linares y María del Mar Bonet. En este último la entrada apenas superó la mitad del aforo, algo penoso si tenemos en cuenta que, con un poco de promoción, todos los seguidores que esta cantante tiene en Madrid, probablemente, habrían abarrotado el recinto gracias a una política, bien pensada, de precios populares (doce euros la butaca y nueve si estás afiliado a CC.OO.).

Nadie duda de que la Bonet, uno de los referentes ineludibles a la hora de hablar de la música mallorquina y, por extensión, de lo que fue la “nova canço”, está en uno de los momentos más dulces de su carrera. Sus últimos trabajos discográficos la han ensalzado de una manera espectacular y la han convertido en una verdadera dama que aúna, en su particular propuesta, la música tradicional y el arreglo de fusión mediterránea que, precisamente ella, comenzó a trabajar antes que nadie en nuestro país. María del Mar, además, se ha consolidado como una de las voces que, en directo, “nunca falla”: se hace acompañar de cuatro músicos que, abundando en la instrumentación acústica y con el mínimo apoyo de unos teclados, saben exponer con una destreza bien visible todo el universo sonoro que la mallorquina trabaja en sus canciones. Estas abundan en adaptaciones de poetas, en recuperaciones del folklore tradicional o en recuerdos a otros artistas que, dentro de su mundo, resultan fundamentales.

Un concierto de la Bonet es un paseo bucólico por su repertorio y por su concepto musical. En él se dan cita mundos ilusorios sacados del campo, retratos preciosistas de jardines floridos, caminos campestres que ayudan a la introspección y figuras de gentes normales captados en situaciones personales. Todo un poco soñador en el nivel literario, pero puente ideal para mantener la propuesta estética de la mallorquina. Su voz, tan personal como vibrante, requiebra en arabescos, juguetea con los instrumentos y eleva las sensaciones que pudieran generar los textos.

Lo malo, en este caso, es que las letras de las canciones son, lógicamente, en catalán y que María del Mar tiene una enorme fijación con que se entiendan en toda su integridad. El hecho no tiene nada de negativo si no fuera porque la vocalista se extiende exageradamente a la hora de explicarlas, dando a su palabra hablada más tiempo, incluso, que el que dedica a cantar. Eso limita considerablemente el ritmo del concierto y no aporta tanto cuando, de lo que se habla es, en la mayoría de los casos, de poetas que reflejan su interior, de sentimientos y de visiones oníricas. Se puede ser mucho más concreta para decir lo mismo.

E.P.

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