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Maceo Parker

La Riviera. 4 de marzo de 2003

Este es de los conciertos que sirven para pensar. O servirían, si entre el público que abarrotaba La Riviera el pasado 4 de marzo hubieran estado algunos de los ejecutivos que buscan solución a los problemas que, actualmente, tiene el mercado de la música en España. Lo que estaba en el escenario, poniendo a la gente boca abajo y haciéndoles bailar como posesos durante más de dos horas y media, no era un niñato de moda, esclavo de los clichés de temporada y armado con un pop ñoño de cariz pseudolatino. Tampoco era una jovencita al uso, con minifalda tamaño cinturón, tanga con bordados y piercing en el ombligo, defendiendo coreografías calentorras mientras soltaba letras mongólicas por la boca. Lo que estaba causando una revolución de palpitaciones en todos y cada uno de quienes se acercaron a la sala era un hombre mayor, un músico que acaba de cumplir los 60 y que traía argumentos más que de sobra como para demostrar que, a la hora de llegar al público, no hacen falta ejercicios de diseño. Maceo engatusó e hipnotizó al público con música, música y más música. Pero, eso sí, no con una música vulgar, repetitiva, deudora de las listas de ventas ni de los programas de televisión; lo que interpretó Parker era funk incendiario, explosivo, cuajado de ritmo y de soul, con un calibre y calidad que, en estos días que corren, constituyen la excepción a la regla. Maceo Parker, probablemente, nunca tendrá que pagar por estar de número rojo en los “40 principales”, pero anda que le preocupa eso a la enorme cantidad de público que no dejaba caer un alfiler al suelo de La Riviera en su última actuación madrileña. Si los ya mentados ejecutivos se hubieran, si quiera, acercado a echar un vistazo al evento quizás se habrían enterado de que, en un mundo en el que la música pop es monopolio de un programa de televisión, lo mejor es buscar la música diferente, la buena, la que llega al corazón y a las piernas, la que genera pasión en lugar de gritos de histéricas imbéciles.

La presencia de Maceo Parker en España es ya habitual, pero, en las ocasiones en las que le he visto, nunca ha estado tan sembrado y tan exultante como en su último concierto madrileño. Armado de su saxo, elegantemente vestido, acompañado de una formación que ha alcanzado ya una excelente comunicación en el escenario y aglutinando en torno a sí todo el ritmo que pudiera crearse en diez kilómetros a la redonda. Maceo era un imán y lo único que hacía para ejercer de tal era seguir las leyes de la física: los solos atraen a la gente si la mantiene levitando mientras juegan los pies, los vocalistas atraen si ponen el corazón en la garganta y arrasan con voces espectaculares, el show atrae si genera diversión y entusiasmo… En esto de subirse al escenario, no hay más leña que la que arde y, mientras que otros necesitan fuegos artificiales y esquemas escénicos propios de José Luis Moreno, a Maceo le basta con soltar su repertorio y dejar espacio a sus músicos. Es, sencillamente, exuberante, arrasador.

Y el hecho tiene más incidencia cuando estamos hablando de piezas que, tras pasar por el contacto con el público, son, en su mayoría, irreconocibles. No hay ahí estribillos fáciles, coritos para encender mecheros o hits creados a base de repetirlos hasta la saciedad en la radio. La gente se quedaba embobada cuando, a cada arranque del saxo, se notaba incapaz de controlar sus pies. El público, además, no cumplía ninguna expectativa de target de cliente: había adultos y críos, altos y bajos, melenudos y calvos, con traje y sin camiseta, chicos y chicas… Cuando la música se mide en quilates, la gente no es sorda ni tiene que ser convencida.

Y no nos engañemos… Maceo Parker, el que llena por donde va, el que es capaz de generar fieles en cada una de sus actuaciones, el que lleva el funk por argumento, sería absolutamente desconocido en España si sus discos salieran con una de esas compañías que, en este momento, se quejan de simplezas y están a la búsqueda del nuevo Ricky Martin. En conciertos como éste es cuando se llega a la conclusión de que, realmente, el público no es tonto: simplemente, puede elegir entre lo que conoce. Cuando, subiéndose al escenario y sin aspavientos de mercadotecnia, se le ha presentado al público una oferta como la de Maceo Parker, éste ha tomado su decisión: llenazo, popularidad y éxito. Y sin dejar de hacer buena (buenísima) música.

E.P.

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