|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
La vida en la carretera (XII). Abril de 2003 El baúl, con tachuelas, de la Piquer por Kike Turrón y Kike Babas con ilustración de Mart
Para quienes se hayan incorporado tarde a la serie habrá que decir que, hace aproximadamente un año, nos lanzábamos a la calzada para observar, mediante testimonios de los involucrados, qué es lo que sucedía cada fin de semana en las carreteras estatales a los trabajadores de la farándula rockera. Para refrescar el talante de esta serie de capítulos (disponibles todos ellos, por cierto, en todaslasnovedades.net) llamamos al estrado a Cristóbal, conductor de grupos. Este, con su verbo tupido, nos muestra una visión global de la jugada de la cual recogemos un detalle que traspasa el momento de la actuación, una situación que, como cualquier actuación (valga la redundancia), contiene mucho tiento, arte y, por qué no, incondicional público. La escena encuentra a un recién levantado y descansado runner que se topa con sus madrugadores compañeros de trabajo, los cuales aún no han pasado por el catre: “son un grupo de personas que, sobre las ocho de la mañana, no reconoces a primera vista y que resultan ser los mismos que tú has traído hasta este recóndito lugar. Muy desmejorados, amplias pupilas, alguno con gorro de paja o peluca fashion, según la temporada, con restos de líquidos de alcoholazo pestilente en sus ropas. Todos los del grupo están deseosos en contarte… todos menos el que no puede articular palabra, ése que te ahoga en abrazos. Te dicen lo bien que salió el concierto, la gente que preguntó por ti, los momentos estelares de la noche… y pasan a presentarte a los nuevos amigos, ésos que, desde ese día, lo serán para siempre. El que antes no podía hablar hace un último esfuerzo bucal y empieza a preguntar que dónde me había metido toda la noche y, mientras, otro de tus compañeros de viaje se está echando por la cabeza todas las cañas de birra que quedan en la barra. Flipas y recapacitas: ¿me pongo yo así cuando no duermo?”. Entre el delirio y la incredulidad, uno piensa: ¿es ése el problema? Bueno: digamos que son cosas de convivencia y trabajo, maneras de vida enfrentadas por lo general pero pareja formal en el fondo de su existencia. No ponerse o ponerse (de cualquier cosa) crea muros de comprensión muchas veces difíciles de flanquear. Sigamos con Cristo y la descripción de la que fue, durante años, su oficina, su lugar de trabajo: “Llega la hora de partir a la siguiente cita; ya llegamos tarde y el encargado de que se cumplan o se aproximen los horarios anteriormente calculados, el road manager, empieza a invitar a subir a bordo a toda la expedición. Esto es de lo más pesado del trabajo de conductor, no ya conducir, sino convencer a la gente que llevas para que suba al vehículo y contarles que tienen que volver a su casa, que tienen otro bolo o que tienen familia que les espera. Hay veces que no vale lo de que el viernes que viene les voy a llevar a otro bonito pueblo tan hospitalario como éste y hay que recurrir a la última artimaña: que se suban un pelotazo y que vamos a parar en un bar abierto un poco más adelante”. El pan nuestro de cada día se termina por transformar en la experiencia más fuerte que Albert Hoffman pudo concebir mientras hurgaba con los primeros tripis. La psicodelia de la carretera Allá vamos. Uno va buscando aventura (o inventándose la emoción, vaya). Salir a tocar concede muchas ventajas básicas e importantes respecto a un trabajo normal (= formal), ya lo hagas para ganar pasta o, simplemente, por el propio arte de creer en tus cancioncillas. Por un lado vas a un lugar de ocio donde acude gente joven y, además, vas a trabajar de noche. Por otro lado, el recital suele ser lejos de tu residencia habitual y tu mensaje al tocar, tu idea a transmitir a quienes te acudieron a ver, no es precisamente catecuménico; empezó la divina misión. La realidad, como nos cuenta Maestro Pocero (aka Josele Santiago), supera la función, (perdón: la ficción): “Había un tipo en primera fila que era una ceja y una chupa de cuero, un motero de cuatro por cuatro; el tipo tenía la hoja del repertorio, así que me iba diciendo cuál era la canción que tocaba y después se la comía ¡se comió la lista entera! Cogía el monitor, lo tiraba al aire y ponía debajo un vaso de cubata. Te puedes imaginar la lluvia de cristales que se montaba cuando caía; tenía que cantar casi con la boca cerrada. El caso es que a la hora de recoger faltaba el bombo de la batería de Artemio y nos fuimos a buscarlo por ahí. Lo tenia el motero éste; estaba sobado encima de él, acurrucado en él, así que se lo dije con mucho cuidado… ¡y el tío se me echa a llorar! Que es que le había gustado mucho el concierto… Y nos pidió perdón”. Nunca sabes las emociones que puedes transmitir, pero continuar el trabajo sin tu bombo se hace complicado. Otra de robos: esta vez, si miramos por la ventanilla, vemos que son los euskaldunes Etsaiak en plena autopista. “En la última gira a Cataluña nos robaron en el primer peaje en el que paramos y a Africa (cantante) le dejaron prácticamente con lo puesto”. Dejemos que ahora sea Pifo, curtido personaje de la seguridad de conciertos y chico para todo del entorno rockero, quien nos narre una curiosa e inhóspita historia vivida por sus carnes: “Fue en Levante; me movía con el ‘escuadrón de las sombras’ de Def con Dos. La banda nos había dejado una habitación para pernoctar en su hotel. Estábamos allí despidiéndonos de ellos en la furgoneta y, de pronto, vimos que, a la entrada del hotel, salen unos tipos encapuchados y con sudaderas de una furgoneta. Pensamos que eran gente del escuadrón. Iban como nosotros salíamos a actuar, la verdad. Cuando entramos en el hotel lo que pasaba es que acababan de atracar el hotel y acababan de meterle una puñalada en el cuello a un nota. La siguiente vez que vimos al grupo en un hotel, en Zaragoza, la despedida fue: ‘¡quillo, no atraquéis el hotel!’”. Este escandaloso delirio nos lo puede continuar la peña de P.P.M., que, saliendo y entrando de su Granada natal, han visto con cosas curiosas: “Volvíamos de tocar por Cataluña y estábamos contando las típicas leyendas urbanas sobre muertos y fantasmas en la carretera. Era de noche, íbamos por una carretera secundaria en la provincia de Murcia y, de pronto, en un cambio de rasante, un tío en mitad del camino con las manos en alto. El frenazo fue de varios metros y aun así estuvimos a punto de atropellarlo. El acojone de los tres te lo puedes imaginar. Se acercó por la ventanilla del conductor, que era yo, bajé el cristal dos dedos y dijo algo sobre una moto, pero casi no le di tiempo a hablar. Con las mismas, metí primera y salí zumbando de allí. Pasados unos kilómetros, y después de pensar en la situación fríamente, nos dimos cuenta de lo gilipollas que habíamos sido. El descojone durante el resto del viaje fue tremendo pensando en el pobre muchacho en mitad de la carretera con el frío que hacía y acordándose de nuestras madres”. Ya sabéis… Siempre hay que verle la gracia Y no dejarse de astucia, aunque pase lo que nos cuenta con total naturalidad Maxi, de Fe de Ratas: “¿A qué grupo no le pasó el ir a tocar, no cobrar y tener que hacer escote para poder volver a casa? Nos pasó dos veces en Bilbao. Lo de suspender el concierto creo que, por suerte, no nos ha ocurrido todavía”. Se aprende, pero para eso se necesita tiempo y experiencia, algo que le sobra a Manolo, bajista y voz de Comando 9 mm: “Hicimos una gira de sesenta conciertos con Loquillo y, en aquella época, me había comprado un coche, así que Brasi y Pollo iban por un lado en un coche de alquiler y yo por el otro con mi coche. Me quedaba cada noche de marcha con la gente de cada pueblo, me quedaba con la gente que trabajaba para Loquillo… El caso es que los dos primeros bolos se me ocurrió decir que yo era de los Comando y no me comía un colín en las discotecas: ni copas gratis ni hostias. A la tercera no me corté: pasé de ser de los Comando y me convertí en un miembro de Loquillo. Me tiré cincuenta y cinco galas poniéndome morado”. Un clásico de esta serie, Quiño, conductor avezado y vocacional, nos cuenta la trastienda de su trabajo. Porque uno, sinceramente, no es de piedra ni lleva escapularios para evadirse de la realidad; simplemente trabaja y trata de mantener la sonrisa. La diferencia es que, en su trabajo, Quiño (y tantos otros) están en constante intimidad con personajes, digamos, populares o públicos. “Ves cosas porque llevas a esa gente a trabajar. Imagino que es normal. Me tocó ver a los hermanos Carmona, de Ketama, pegarse en un escenario”. De tan tórridas escenas se puede pasar al lado contrario. Por ejemplo, Fermín Muguruza nos cuenta cómo amenizan el viaje a su conductor: “Nosotros somos muy partidarios de hacer cine-forums: ponemos películas y tiramos para adelante. Recuerdo que se acabo la de ‘Underground’ de Kusturica y estábamos todos: ‘¡Viva el Partido Comunista de Yugoslavia!’ Somos muy de verlas y luego comentarlas. También leer y escuchar música, aunque hemos acabado con que cada uno escuche su música, ya que si de pronto alguno quiere dormir…”. Y decíamos en el titular de este apartado que hay que verle la gracia, incluso plantar buena cara al mal tiempo, ese aliado cabrón en los viajes de los grupos, muy amigo de los runners. Cristóbal nos trae otro nuevo relato: “Salí de Madrid a Barcelona para recoger a Nel-lo y la Banda del Zoco. De allí a Zaragoza y, al término de su concierto, nos fuimos del tirón a Vigo, sumando kilómetros. Salimos de noche y, al ratito, comenzó a nevar; los coches que circulaban por la otra dirección nos daban las largas advirtiéndonos de lo que se nos avecinaba. Es cierto que cuando la carretera se pone fea es mejor parar, pero siempre tienes la esperanza de que no va a estar tan mal y, si te detienes, no llegas ni de coña. El caso es que seguíamos el viaje a cuarenta por hora detrás de un camión; la nevada era muy intensa y se hacia muy difícil la visibilidad. Los integrantes del grupo a lo suyo: de risas, sin presión, recordando los mejores momentos del concierto y empezando a quedarse dormidos en sus camitas. Yo seguía detrás del camión, o por lo menos de las luces traseras, que era lo único que veía. Cada vez más despacio y con los ojos comidos por la monotonía, pero atento, muy atento. De repente, la luz del freno del camión se encendió súbitamente. Reduje de marcha y nos deslizamos un par de metros sin que se pudiera hacer nada para evitarlo. Yo creía que nos íbamos a zampar la parte trasera del camión, pero el remolque que llevábamos se cruzó y nos detuvimos a un palmo del desenlace fatal. Me quedé helado y la furgoneta de lado. Así como cuatro horas hasta que el quitanieves nos abrió paso y el camión tiró. Después de diez horas de viaje para hacer trescientos kilómetros paramos en un bar a tomar un cafetito caliente y Nel-lo, el ex-saxofonista de los Rebeldes, salió de la rula y dijo asombrado: ‘¡Qué punto! Si ha nevado’. Yo pensé para mis adentros: ‘joder con el pitoniso, qué atento que es’. Ese fue un viajecito de los denominados ‘destroy’: Madrid-Barcelona -Zaragoza-Vigo-Barcelona. Es una paliza brutal y poco aconsejable”. Terminando con este cajón de sastre tampoco es aconsejable olvidarse de dónde está uno: las costumbres, la comida, el idioma… en fin, todo. De ello es un especialista Iñigo Muguruza, que, al frente de Sagarroi, se recorre un año sí y otro también toda Europa y lo que les dejan del resto. De su diario de gira (una costumbre muy recomendable para los grupos que rulan kilómetros y kilómetros y que puedes encontrar en su web) arrancamos un trocito de información que, a veces, también es cultura: “Desde abril del 2002 en Suiza se puede comprar marihuana, en las “grass shop”. En una de ellas llamada Mr. Bloom vemos encima del mostrador seis bolsas de diferente potencia cada una, para elegir y comprar, muy buena y bastante barata. A ver cuándo llega esto aquí”. Jorge, de Ilegales, nos muestra los trucos para no olvidarse del lugar que uno pisa: “estuvimos en América por primera vez hace quince años. Los conciertos siempre son masivos, con el público caliente, la seguridad escasa y nuestra música excitante: un cóctel difícil de manejar. Estuvimos prohibidos durante años. Nuestros conciertos se cancelaban y nos expulsaban de los países. Nuestro público no nos ha olvidado. Hace unos tres años volvimos a conectar con América. Las cosas siguen siendo igual de buenas e igual de malas. Nunca faltan los gases lacrimógenos en nuestros conciertos. Pero lo damos todo y el público también. En medio de la tormenta no se puede andar con estupideces; siempre adelante, más volumen y hasta el agotamiento”. Como remate invitamos al nómada Manu Chao para que nos hable de sus extenuantes giras por todo el globo, un planteamiento de vida en la carretera que roza lo mesiánico: “Es estar en un concierto oficial en Cuenca (Ecuador) y al día siguiente, a las ocho de la mañana y sin dormir, tocando en la comunidad indígena a cuatro mil metros, con las mamás, dos vacas y tres pollos, con una botella de aguardiente. Y al medio día todo el mundo borracho y la orquesta del pueblo tocando… Lo bueno es llegar a esos rincones de una manera fácil porque todo el mundo nos abre las puertas y no tenemos que buscar. Entramos a saco por Latinoamérica; la gente nos invita al corazoncito”. Novi, bajista y runner de PPM, suelta otra última curiosidad: “La primera vez que fuimos a tocar a Inglaterra nos sorprendimos varias veces tan tranquilos tomando una rotonda en sentido contrario y circulando por el carril derecho como si estuviésemos aquí. Alguna de esas veces nos llevamos un buen susto”. En fin: que, como decía Josetxo Ezponda “El Bicho”, de todo tiene que haber en la viña de Lucifer. Capítulo
1: La vida en la carretera
|