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Emma Shapplin. Septiembre 2002

Pálida y tersa música franca

Un salón demasiado grande para tres personas. Frío y austero como una cueva, pero caro y distinguido como manda la multinacional hotelera que posee la estancia en que nos encontramos. En su silloncito, Emma Shapplin, que se acaba de tomar un café sin azúcar, imaginamos que por la figura. Esta es menuda y frágil, pálida, de oscura melena, reflejo del estereotipo de francesita mona. Leemos la hoja de promoción, que habla de “una tejedora de sueños cuya música desafía”, “combina la pasión y el drama de la ópera con la inmediatez del pop”, “un álbum lleno de introspección poética”. En fin, diríamos que se habla de un disco del cursi escritor Antonio Gala, así que pinchemos el lector láser y salgamos de dudas. Mientras se lo piensa, miramos los créditos del disco: vestuario, estilismo, peluquería, dirección artística… ¡Glubs! ¿Gala o, peor, Terelu? La música suena al fin y allí aparece la obra de Emma, doce cortes orquestados por la Filarmónica de Londres con una base de ritmos digitales o batería y con bajo y guitarra donde el chorro de voz gobierna imponiendo registros variadísimos y sobrecogedores. La obra que nos presenta Emma sigue la onda de su primer trabajo reseñable, publicado en el 97 y titulado “Carmine Meo”, que vendió la friolera de cien mil copias en sus tres primeros meses de vida. Sin embargo, la señorita ha decidido que, para este disco, quería componer más, dejar de ser la mera intérprete y mojar un poco más el pentagrama con sus ideas y gustos, aunque apoyándose en alguien de confianza, que esta vez ha sido Graeme Revell, afamado compositor de bandas sonoras. El resultado está en las estanterías de toda Europa. Nosotros ofrecemos las palabras de la autora de esta obra y, de paso, repasamos a pasos gigantes sus veintiocho años cumplidos.

--Te mueves entre el pop y la ópera, o entre nada de ello. ¿Cuál eliges, en todo caso, de esas dos opciones?

-- “Elijo las dos. En efecto, me muevo en ese vértice y eso me gusta. Creo que entre mis influencias está la música clásica; hablar de opera sería demasiado”.

--Te gusta lo clásico, pero ¿sigues el panorama pop actual?

-- “Soy muy mala para los nombres, más bien tengo imágenes. En la anterior entrevista hablábamos de Prodigy, que me parecen interesantísimos. Aún no he escuchado el último disco de Bowie, pero me encanta casi todo lo que hace. Son muchas cosas las que me atraen del pop actual”.

-- Nos han chivado que en el pasado militaste en una banda de rock. ¿Es eso cierto?

-- “Gritaba, sobre todo. Creo que me ha marcado. De hecho, mi profesora de bel canto a veces me dice que no canto, que grito. Son experiencias que te sirven para tener conciencia. En este caso, tener conciencia de un todo. A mí, en principio, no me gustaba cantar: era demasiado tímida. Una vez, muy por casualidad, escuché un fragmento de Mozart en un anuncio de la tele y, desde ese día, no dejé de cantar. Me quedé alucinada. Empecé a estudiar porque me dijeron que podría conseguir algo. A los dieciséis me explicaron que el mundo de la ópera era muy complicado, que mejor buscara un camino más fácil. Entonces me metí al grupo de hard rock y empecé a fumar dos cajetillas al día a fin de intentar cambiar el registro de mi voz. Ese es mi camino: creo que ambos aprendizajes me han servido”.

-- El disco, la composición, la haces con Graeme Revell. Preséntanos a tu socio…

-- “Empecé sola hasta que tenía la mitad del disco escrito, más o menos. No tenía las letras, tan sólo líneas de voz. El trabajo con él empezó al compartir esas ideas en bruto; le mostré la maqueta y le pedí que me hiciese un análisis con el fin de ver qué se podía sacar de aquello. El me dio su opinión y a partir de ahí comenzamos un trabajo codo con codo: le mandaba faxes constantemente con mis ideas y él iba trabajando. De nuevo nos juntábamos y así hasta completar el trabajo. Teniendo en cuenta siempre, por encima de todo, mis emociones”.

Turrón & Babas

Emma Shapplin. “Etterna”. Universal

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