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Concierto MoviStar Pza. de Las Ventas. 4 de julio de 2002 Jaime Urrutia, calzando sus clásicos botines blancos, inició su actuación disparando sin mirar, perdido entre las retrasadas pruebas que a buen seguro ni se hicieron a juzgar por lo pésimo del sonido de los primeros temas. El repertorio lo componían, fundamentalmente, temas de su reciente disco en solitario junto a la indispensable ración de Gabinete Caligari para llamar la atención del respetable, que sólo entonces salía de su pasividad. Ariel Roth salió a escena para acompañar a Urrutia en una desafortunada intervención dada la cantidad de veces que se le desconectó la guitarra debido a la escasa longitud del cable (¿no existen inalámbricos?). El segundo invitado en aparecer fue Enrique Bunbury, con una leve ronquera que afectó para un deficiente repaso a “Camino Soria”. Especial mención merece la actuación de Loquillo con la declaración de intenciones que supuso “Rock and roll star”, dando una lección de chulería y verdadera actitud. Urrutia dejó el escenario de la misma forma en que lo tomó: en silencio. Después de cuarenta y cinco (¡!) minutos de parón, Mikel Erentxun, el que fuera miembro de Duncan Dhu, salió a escena rodeado de músicos sobrios pero efectivos, marcando ya, tanto en sonido como en ejecución, una enorme diferencia con la anterior banda. Con Diego Vasallo, su antiguo compañero de grupo, Amaia Montero (La Oreja de Van Gogh) e Iván Ferreiro (cantante de Los Piratas) dio la última oportunidad, y parece que es la definitiva, de escuchar los temas que tan populares hicieran a la banda. También hubo ocasión para canciones de su carrera en solitario, que no desmerecieron al resto del material pero que, como al público de su predecesor, parecían no interesar tanto al personal como “Cien gaviotas” o “En algún lugar”. El momento que todo el mundo esperaba con más curiosidad que otra cosa era, sin duda, la reaparición de los Hombres G, que lo tuvieron realmente fácil para entusiasmar al público, ya que ni siquiera habían tocado dos acordes cuando ya tenían a toda la plaza comiendo de su mano y coreando íntegramente las letras algo más que desfasadas y temporales de las canciones de David Summers y compañía. Se notó que no era el primer concierto que ofrecían desde su separación (la gira comenzó en Latinoamérica), ya que sonaron realmente compactos. Dani Martín (El Canto Del Loco) fue el “artista” al que invitaron para destrozar “Sufre mamón” con una espectacular salida de tono nada más comenzar y después de decir que, de pequeño, él quería ser como los Hombres G. Alvaro Urquijo miró a la arena repleta de treintañeros de la Plaza de Las Ventas y se acordó de su hermano Enrique, al que dedicó su concierto al frente de Los Secretos. Estos dejaron claro que sus canciones son atemporales y que funcionarán sin problemas durante otros diez años en nuestros reproductores de CD. Su pop depresivo y elegante, con un impecable e inteligente trabajo de guitarras, fue lo mejorcito de la noche. Este es uno de esos grupos que ganan muchos enteros en directo y que, hasta la fecha, no ha sabido reflejar en disco el feeling que imprimen en vivo. Teo Cardalda hizo con ellos “Y no amanece” y Amaral una bonita revisión de “Buena chica”. Antonio Vega, el “chico triste y solitario”, cantó un emotivo “María”, si bien pareció desgastado prematuramente con una guitarra colgada que en ningún momento tocó. El concierto puso de manifiesto que los ochenta fueron grandes para la música de nuestro país, que se hicieron buenas (y no tan buenas) canciones y que toda esta gente merece un enorme respeto por escribir tan bella página. Pero estamos en otro capítulo y todos lo sabemos, aunque a veces releer historia resulte tan gratificante. José Luis Muñoz García
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