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26º Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz. 14 a 20 de julio de 2002 Con figuras, pero sin vanguardia
Y no es que se le pueda sacar ninguna pega a lo ofrecido por el festival este año. En absoluto: cada uno de los artistas programados podría ser la estrella de cualquier otro evento de este tipo. Lo llamativo del hecho es que, para Vitoria, ya hay muy pocos artistas de calibre inusual. Una muestra de ella es el apreciado ciclo “Jazz del siglo XXI” que sirve como programación paralela a las estrellas. En el Teatro Principal gasteiztarra se exponían, a unos precios increíbles y en un horario de tarde, aquellos proyectos por los que la organización apostaba. Ahí sí que no había referentes, ni etiquetas, ni salvoconductos; lo que marcaba la programación era una visión modernista que preparaba al oyente para lo que llegaría en unos cuantos años al terreno comercial. Hoy, por suerte o por desgracia, ya no es así: todo lo ofrecido en el ciclo tenía una marca indeleble de clasicismo y solamente la presencia de Rabih Abou-Khalil, el libanés que acepta en su música todo aquello que "salga del alma", rompía la norma. Llamaba la atención que la propuesta más vanguardista de todo el programa fuera la de Archie Shepp dado que, aunque nadie le puede quitar a este hombre su historial de "trasgresor", lo que ayer era nuevo hoy ya casi está olvidado. Tras terminar su concierto, el propio saxofonista reconoció que, en los días que corren, su música no trata de romper absolutamente nada y que, a la hora de hablar de libertad, prefiere la concreta del hombre a la etérea de la música. Shepp, en su concierto del día 18, enseñó algún ramalazo de free, pero en el grueso de su concierto predominaron el blues y el gospel. Shepp tocó el piano, cantó, ejerció de maestro con su saxo y habló mucho. Dio un concierto mucho más que digno, pero… nada que ver con el siglo XXI, en verdad.
Los otros conciertos del ciclo incluían al trío de Martin Reiter y al del saxofonista bilbotarra Gorka Benítez. El primero se ha ganado la dignidad de tocar en Vitoria tras ganar un concurso en el que el premio era, precisamente, deambular por festivales europeos al lado de los más grandes. Gorka, por su parte, era de quienes estaba en el papel pero, quizás, habría encajado mejor abriendo uno de los conciertos de Mendizorroza que ejerciendo de paladín de nuevas tendencias. El festival de Vitoria, a estas alturas, es ya un evento ineludible, tanto si vives en el mismo Gasteiz como si resides a unos cuantos kilómetros de allí. Ello es debido, aparte de por lo granado de su programación, a que influye tan poderosamente en la ciudad que lo acoge que termina transformándola durante una semana. Para comprobarlo no había sino que coger cualquier periódico local entre el 14 y el 20 de julio: no sólo se dedicaban páginas enteras a los conciertos del festival, sino que la programación de cualquiera de los clubs del centro de la ciudad se mostraban como postres exquisitos para después del banquete. Lo mismo te encontrabas con el grupo de Carlos Velasco que con la propuesta soulera de Souloopattack, programados durante toda la semana a unas horas intempestivas para quienes, tras la actuación estelar del día, renunciaban a irse a la cama. A eso hay que añadirle, cómo no, la presencia callejera de la Saint Grabriel's Celestial Brass Band. No resultaba extraño pararte en cualquier terraza del centro para aliviar el calor y encontrarte por la esquina a esta especie de pasacalles de Nueva Orleáns que lo ponía todo patas arriba. La programación del festival añade, además, dos platos de enorme gusto que colaboran para que, en Vitoria, todo se tiña de jazz durante unas fechas. La primera de ellas es el “Jazz cinema”, un ciclo cinematográfico que agrupa en su programación películas tanto dedicadas al jazz como famosas por sus bandas sonoras. El evento se realiza al amparo del museo de arte contemporáneo, con lo que, aprovechando que vas al cine, te encuentras también descubriendo otra de las abundantes ofertas culturales de Gasteiz. El otro plato es el “Jazz de medianoche”, ese disparo de jam sessions que se celebra todos los días en el Hotel Canciller Ayala. El hotel es la sede central del festival y allí aterrizan todos los músicos una vez han acabado sus conciertos. Con ese potencial suelto por los pasillos basta con pincharles un poco para que, al final, todos acaben liados en golfas y preciosas sesiones que generan, cada noche, el jazz más abrumador de la ciudad. Este año se había colocado como maestro de ceremonias a Bill Charlap, pianista que, acompañado por Ray Drummond y Carl Allen, era el encargado de comenzar las veladas y dar soporte rítmico a cualquiera de los invitados que se subiera a la tarima. Posteriormente, la teoría deja de coincidir con la práctica: los miembros de la Mingus Big Band fueron tantos, y tan activos, que terminaron mandando a Charlap a la cama por falta de trabajo: se había quedado sin instrumento. La programación estelar de Gasteiz gira en torno a las actuaciones del Polideportivo de Mendizorroza. Hasta cuatro mil personas permite albergar el recinto que, en contra de lo que se suele opinar, tiene una acústica fabulosa siempre que caiga en manos de técnicos de sonido como los que trabajan en Vitoria. El primer día (el 14 en esta ocasión), Mendizorroza siempre se reserva para un concierto de gospel. Es conocida la importancia que lo religioso tiene dentro de las tradiciones del pueblo vasco y, al igual que la final de campeonato de pelota se interrumpe todos los años para rezar el "angelus", el festival no empieza bien en Vitoria si no lo hace con cantos religiosos. Este año el concierto corrió a cargo del Golden Gate Quartet, formación que volvió a demostrar que, en Vitoria, ya hay muy pocas ofertas nuevas. Del mismo modo que se mantiene la tradición del concierto de gospel, al día siguiente se lleva a cabo el denominado “Concierto para niños”. El evento permite a los canijos escuchar las lecciones y explicaciones de primeras figuras de jazz así como, ocasionalmente, juguetear con los instrumentos para que comprueben que no muerden. El saxofonista Don Byron fue el encargado de hacer de profe en esta ocasión y, aunque los más pequeños parecieron contentos, no se puede negar que el hecho de depender de un traductor quita bastante salsa al asunto. Byron tuvo más suerte con los críos que con los mayores. Al día siguiente (16) cerraba la programación del pabellón tocando tras Jan Garbarek. Si el noruego dejó a todos boquiabiertos, Byron tuvo que sufrir al ver cómo las gradas se le quedaban casi vacías. La representación que realizaba de su “Music for six musicians” no consiguió que el público se quedara en sus butacas, y es que la hora se había desmadrado y muchos de quienes escucharon a Garbarek tenían que ir a trabajar temprano al día siguiente. Garbarek, por su parte, lo tuvo todo de cara: era, propiamente dicho, el primer concierto de la semana y su propuesta resultó tan magnética como demoledora. El jazz europeo, incluso aquél que carece de swing, también parece alcanzar cotas de popularidad importantes cuando se expone con limpieza y gusto.
Menos mal que, después del simplón ogro, apareció la Mingus Big Band. El proyecto, liderado por Alex Foster, reivindica el legado de Charles Mingus exponiéndolo de un modo mucho más accesible de lo que lo hacía su creador. Algunos puristas afirman que dicha posición no es respetuosa con la obra del gran contrabajista, pero, a decir verdad, el público en general opina de una manera bien diferente: se agradecieron los arreglos sencillos y que primaran las exhibiciones virtuosas dentro del claro concepto de la big band. El jueves 18 era el día del blues y así lo dejó claro Archie Shepp en la sesión de la tarde. Luego, por la noche, Marcia Ball se presentaba ante el público europeo con el evidente handicap de ser casi una desconocida por estos lares. La Ball agrupa en su música su gusto por el blues y su innegable esencia de raíz blanca. El country blues que ofrece, enérgico, divertido y bien interpretado, resultó una apertura excelente para el concierto de uno de los triunfadores de Vitoria en esta edición.
Guy es, ante todo, un maestro del directo: cuando se sube a las tablas es como si mostrara un enorme armario del que sacar, en cada momento, el traje adecuado. Interpreta con el alma cuando tiene que hacerlo, ejerce de "teleñeco" si cree que es momento para el humor y demuestra que toca como nadie permitiéndose hacer parodias de gente tan elogiada como Hendrix, Van Zandt, Clapton o el mismo B.B. King. Como showman, además, es un ciclón en momento álgido y, aparte de exhibirse en toda su capacidad, no duda en darse paseos entre el público y poner a los más entusiastas el micrófono en la boca. Nadie quedó descontento con su show y el público del blues (no siempre es el mismo que el del jazz) anotó la fecha en su diario para no olvidarla nunca. El día resultó tan gratificante como demoledor. Los dos últimos días del festival gasteiztarra se cerraron con propuestas que, como se dijo anteriormente, vienen a alimentar la idea de que ya no quedan tantos elementos que puedan ser sorprendentes en su programación. El primero de ellos (el 19) se cubrió con actuaciones de Roy Haynes y con el cuarteto que, formado por John Scofield, Joe Lovano, Dave Holland y Al Foster, había abrumado en Galapagar diez días antes. El segundo (20) cerró el evento con la tradicional "noche Verve" que volvía a traer de nuevo a Herbie Hancock a Vitoria después de que la nórdica Silje Nergaard se mostrara tan eficaz como lo hiciera un mes antes en Madrid. No cabe duda de que tanto Haynes como Hancock son dos pesos pesados en el mundo del jazz, pero, precisamente por eso, sus regresos al festival habrían de distanciarse más en el tiempo. Hasta la comida más apetitosa deja de sugerir si se toma todos los días. Haynes se presentaba en esta ocasión con dos de los jóvenes leones (Nicholas Payton y Christian McBride) y con Kenny Garrett como saxofonista dejando una impresión bastante ligera. Hancock, por su parte, se hacía acompañar con "partenaries" tan solventes como Michel Brecker (que entusiasmó) y Roy Hargrove. Ambos combos tenían una línea central en sus conciertos: en el caso de Haynes era la música de Charlie Parker y en el de Hancock la de Miles y Coltrane. Los dos músicos cuentan ya con documentos discográficos que avalan dichos proyectos y su paso por Vitoria resultó en los sendos reflejos de quien no sabe hacer nada mal. E.P. Hace falta más En la presentación que su máximo responsable (Iñaki Añúa) hizo del festival en Madrid se admitió que, en la edición del 2002, el tiempo ganó a la organización por la mano. Preguntado por el hecho de que Vitoria no parece sintonizar bien con las tendencias del jazz más moderno, Añúa aclaró que este año ya estaba previsto añadir al festival un nuevo ciclo que diera cabida a las nuevas tendencias que se bailan y disfrutan en los clubs de media Europa. El problema ha resultado ser el recinto, puesto que no se contempla que los artistas que ahora fluyen entre la electrónica y el dance toquen, por el momento, en Mendizorroza. La sala que, teóricamente, albergaría dicha programación el año que viene ha cambiado de gestores recientemente y no se ha podido culminar con ellos la negociación esperada. Con todo, Añúa anunció que en la edición de 2003 sí se podrá disfrutar de ese jazz bailable que, actualmente, está volviendo a poner al estilo en primera plana de actualidad. El hecho no solamente es aplaudible, sino que se conforma ya como una necesidad habida cuenta de cómo evoluciona, en las últimas ediciones, el ciclo dedicado al “Jazz del siglo XXI”. Si los músicos más innovadores no orientan su música hacia recintos como el Teatro Principal bueno será abrir uno para ellos solos. Eso permitirá a Vitoria seguir mirando a las vanguardias sin que, por ello, tenga que verse afectado el resto del programa. Lo mejor .- La organización en todos sus aspectos Lo peor .- La decepción de Van Morrison
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