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V Festival Internacional de San Javier. Julio de 2002 De muy alta alcurnia
Es, precisamente por ello, por lo que el Festival de San Javier se alarga durante todo un mes programando, básicamente, los fines de semana. Los responsables de la organización son conscientes de que, en las fechas de julio, es tremendamente difícil el robar protagonismo a los grandes festivales vascos, los cuales tienen un formato ideal para atraer al aficionado que aprovecha su estancia en Vitoria o Donostia a fin de disfrutar una semana de sus vacaciones. San Javier, por contra, parte de la idea de popularizar una música poco conocida en la zona haciéndola asequible al típico turista que pasa todo un mes al lado de la playa. Este tipo de público no es, de momento, del que sale todas las noches con una actuación entre ceja y ceja, sino del que busca entre las ofertas de ocio cuando, alguna vez, desea salir de su hotel o su apartamento. La idea es aplaudible por los cuatro costados, pero, lógicamente, pierde atractivo para el aficionado que no es de la zona por cuanto las actuaciones se distancian mucho entre sí y exigen desplazamientos todos los fines de semana del mes. De momento, la dinámica elegida por el festival está dando unos frutos sorprendentes habida cuenta de que el público crece considerablemente cada año y se ha afianzado como una de las mejores ofertas culturales de la zona murciana. No es raro ver aparecer en el recinto del Parque Almansa (sede de todos los eventos) a la pandilla juvenil o al matrimonio madurito atraídos por un concierto y que, a partir de él, vayan apuntándose cada fin de semana a otro diferente. Este año la venta de abonos se ha multiplicado con relación a las ediciones anteriores y el ámbito geográfico de influencia del festival se ha ampliado de un modo enorme. De cara al típico aficionado que prefiere una semana completa de conciertos, la idea es una lástima. Uno podría señalar que, en esa dinámica, hay abundantes ofertas a lo largo de toda la geografía nacional, pero… amigo, el nivel del festival de San Javier es, a estas alturas, enorme considerado con el resto de esas propuestas. Como dato baste citar que las estrellas de Vitoria de este año (Van Morrison y Herbie Hancock) ya han pasado por San Javier en ediciones anteriores. Ampliar la programación durante todo un mes permite, lógicamente, programar muchas más actuaciones que otros festivales. En la edición del 2002 San Javier ha tenido nada menos que diecinueve conciertos agrupados en doce sesiones. La mayoría de las mismas ofrecen dos actuaciones dejando, para las estrellas, un protagonismo estelar a fin de que su show no tenga limitaciones horarias. Personajes como Pat Metheny, Al Jarreau, Dee Dee Bridgewater o Bill Wyman han tenido un día para ellos solos, al igual que la producción “In memorian Tito Puente”, que agrupó en el escenario del Parque Almansa a Paquito D’Rivera, Bebo Valdés, Dave Valentin y Giovanni Hidalgo junto con dos monstruos españoles de la talla de Chano Domínguez o Dieguito “El Cigala”. En las sesiones de dos conciertos se añade una particularidad difícil de ver también en otros festivales y es la habitual colaboración entre las dos figuras de la noche: los organizadores del festival tienen la suficiente mano izquierda como para conseguir liar, una noche sí y otra también, a las dos partes del cartel para que, en uno o dos temas, aparezcan juntos ante el público. Si San Javier cuenta con este festival es, ante todo, por el cariño que ponen en ello los organizadores. Después de seguirlo durante sus tres últimas ediciones uno llega a la conclusión de que si el nivel es tan alto cada año es porque los mismos encargados de cada una de las facetas del festival disfrutan como niños poniéndolo en pie. En ese terreno, el evento tiene asegurado unas posibilidades de contratación asombrosas por cuanto se unen, en el mismo tronco, quienes disponen las posibilidades económicas del festival con los encargados de conformar la programación, verdaderos entendidos con un criterio de lo más selectivo.
El jazz jazz, tan pobre en programación dentro de los festivales que se autodenominan así, ha contado con gente como Pat Metheny (un concierto de más de tres horas el suyo), Diane Schuur (que venía como sustituta del Millenium Sextet y que terminó conquistando a todo el público con su personal encanto), Richard Galliano (impresionante de principio a fin), Jeff Jerolamon Jazz Ensemble (el nuevo proyecto del baterista en el que aparecen Jesús Santandreu y Joan Soler entre otros), la ya citada Dee Dee Bridgewater (la número uno del jazz vocal actual) y la descarga homenaje a Tito Puente, que contó con la primera fila del actual jazz latino. Como se puede ver, un cartel asombroso que puede competir con amplia entereza ante cualquier otro festival de alta (muy alta) alcurnia.
También en un campo lindante con el jazz apareció una dama como la violinista Regina Carter, verdadero encanto capaz de aglutinar en un estilo casi propio toda una amalgama de colores y géneros que van del smooth a la bossa presentados de una manera muy actual y vistosa para el público que la descubre por primera vez.
El otro campo lindante con el jazz que también tiene cabida en el cartel del festival murciano es el rhythm’n’blues. Este año se ha vuelto a recurrir a la fiesta ambulante que suponen los Rhythm Kings de Bill Wyman, que ya el año pasado arrasaron en San Javier. Su oferta fue tan bien recibida por el público que en esta ocasión se le concedió el honor de cerrar el evento sin otro grupo con el que compartir el cartel. En una línea menos clasicota que lo que la banda de Wyman presenta actualmente se encuadra Dr. Feelgood, un grupo emblemático en la transición de década entre los setenta y ochenta que aún sigue vivo. La formación actual de los Feelgod poco tiene que ver con la que popularizó un álbum tan clásico como “Stupidity”, pero cuenta con un repertorio incontestable que conecta sumamente bien con el público y que difícilmente decepciona si se sabe lo que se va a escuchar. Los británicos subieron al escenario tras la actuación de Bill Evans y llenaron de watios el recinto sin que nadie pudiera evitar que su actuación derivara consistentemente hacia el rock’n’roll más evidente. Al fin y al cabo, no se le puede pedir a esta formación, y a estas alturas, que modifique los preceptos que la ha mantenido viva durante más de veinte años aun cuando sus líderes indiscutibles hayan pasado a mejor vida. El blues no podía faltar en San Javier como no falta en ningún festival de jazz que se precie. Quiérase o no, el género no tiene aún tanta entidad como para que se consolide un buen festival centrado únicamente en él y es por eso por lo que los grandes artistas que navegan dentro del estilo encuentran un acomodo sensible y receptivo en los dedicados al jazz. Popa Chubby, personaje singular donde los haya, fue el encargado de abrir los conciertos de San Javier centrados en el blues. Con otra buena carga de sonido exhibió tanto su gusto por el show como su innegable técnica guitarrística, aunque, a decir verdad, a nivel de virtuoso, fue Robben Ford el que se llevó el gato al agua. El californiano ha cuajado este verano una excelente gira por nuestro país y su presencia en San Javier no estuvo por debajo de lo que ha acostumbrado a mostrar en el resto de sus actuaciones por España. El capítulo del blues se cerró con un grupo español. Los Blues Blasters son los herederos naturales de bandas tan emblemáticas en nuestra historia como la Caledonia o Blues Machine. En directo dejaron buena impresión aun cuando Brent Larkham, su actual cantante, no contactara tan bien con el público como lo hicieron Quique Bonal (guitarrista) o Mingo Balaguer (armonicista). E.P. Si no te mueves… Puede parecer una cosa de Perogrullo, pero para poder asistir a los conciertos de un festival es fundamental que exista algún medio de transporte que lo facilite. En San Javier los habitantes de la localidad no tienen problema alguna para llegar al Parque Almansa por cuanto la ciudad es pequeña y se atraviesa fácilmente en un paseo. Sin embargo, la mayoría de la población que se aglutina en torno a la localidad tiene, habitualmente, su residencia en pueblos playeros que acogen la mayoría del turismo de la zona. Aunque cueste creerlo, San Javier no tiene un solo hotel en toda su extensión. Para trasladarse de la playa al recinto del festival solamente existe un autobús de línea que, curiosamente, termina su servicio mucho antes de que las actuaciones hayan llegado a su fin y, ante este hecho, todo quien no disponga de vehículo propio se ve en la necesidad de recurrir a un taxi para volver a su apreciada cama. No sería éste un problema mayor (las distancias no son tan largas como para que el viaje sea gravoso) si no fuera porque en San Javier tampoco hay tantos taxis y éstos, además, funcionan con la tradicional anarquía que caracteriza al sector: puedes encargar uno por teléfono y morirte esperando porque el conductor ha cargado a medio camino. El mejorar, de algún modo, el servicio de transportes de madrugada es algo que habría de tomarse en este caso como una verdadera prioridad de cara a nuevas ediciones. Sobre todo si, como está sucediendo, el público joven va en aumento. El no poder volver a casa no debería convertirse en un inconveniente para quienes ya tienen curiosidad por acercarse a algún evento del festival. Si un montón de pueblos de costa disponen de un servicio fijo de autobuses durante la noche de los fines de semana, ¿por qué San Javier y sus aledaños no? Lo mejor .- La política de precios Lo peor .- El transporte, sobre todo para regresar
de los conciertos
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