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Veranos de la Villa 2002. Julio de 2002 En la variedad está el gusto
Eso genera ciertos problemas como, por ejemplo, el que ninguno de los eventos programados en el Conde Duque busque específicamente al público joven. El Ayuntamiento de Madrid considera cubierta esa obligación con la programación realizada en las fiestas de San Isidro y deja el verano para públicos más adultos y con un mayor poder económico. Ese es, precisamente, el segundo problema del ciclo: al depender la organización de promotores privados, el Ayuntamiento no puede ejercer demasiado poder a la hora de limitar los precios de los eventos. Un promotor siempre puede argumentar que el caché requerido por el artista obliga a colocar ciertos precios en taquilla dado el poco aforo que tiene el patio del cuartel, pero eso podría ser aligerado si todo dependiese de un único organizador y se facilitase el lanzamiento de abonos para un determinado número de conciertos. Sea como sea, lo evidente es que muchos de los artistas a quienes se han visto en Madrid este verano han actuado también en otros sitios de España semana antes o semana después y el precio de las entradas ha sido notablemente inferior si lo comparamos con sus conciertos de la capital. Curiosamente, los conciertos con los tickets más caros son, precisamente, los que mejor entrada de público han recogido. El Conde Duque ha conseguido, de algún modo, convertirse en un icono social al que no falta un determinado tipo de público. Es, en su mayoría, gente adulta y arreglada que no dispone de otras salas a las que acudir en Madrid, público de teatro o de eventos caros que no está dispuesto, en su mayoría, a asistir a La Riviera o instalaciones similares para ver una actuación musical. Este hecho determina y, a la vez, viene también dado por la programación expuesta: un cierto número de personas acude al cuartel sin saber lo que va a ver pero con la seguridad de que al día siguiente puede presumir de lo que ha visto. Si algo hay que reconocerle al ciclo de este año es un nivel de calidad sumamente digno y una variedad de estilos amplia dentro de los ritmos étnicos y la música ligera de fusión. El ejemplo perfecto para definir los eventos del Conde Duque de este año fueron los dos conciertos inaugurales protagonizados por Caetano Veloso. El precio de las entradas era algo más que excesivo, pero, gracias a ello, los asistentes tuvieron dos espectáculos: el propio divo brasileño y la pasarela de famosos que inundaron las gradas. Para muchos de quienes pagaron el ticket, la satisfacción fue máxima cuando pudieron presumir de ver un concierto "maravilloso" (era la palabra del día) y de hacerlo al lado de Pedro Almodóvar, por ejemplo. El caso de Bryan Ferry ya es interplanetario: 40 euros por ver a un dandy venido a menos cuyo único valor es haber sido icono juvenil de quien ya no cumplirá los cuarenta.
Más resultado tuvo la vuelta de Omara Portuondo a nuestro país. En esta ocasión, y avalada por un acompañamiento de lo más solvente, se soltó la melena y dio al público lo que éste deseaba. No todo en el repertorio de Omara son baladas y boleros. El jazz y el blues también tienen cabida en la programación de los Veranos de la Villa. Mientras que otros géneros como la zarzuela encuentran un espacio propio dentro de la ciudad (en este caso los Jardines de Sabatini), los negros americanos terminan siempre aquí sin que haya ninguna explicación concreta. Probablemente, la búsqueda de la variedad de la que hablábamos antes sea lo que permita que artistas como Roben Ford o B.B. King realicen sus conciertos en este recinto, y ante ello no hay nada que objetar, ya que el blues no ha sido un género que haya tenido demasiados representantes de entidad este año en Madrid. Lo de B.B. King requiere, a estas alturas, muy poca explicación: es un maestro que, por suerte o por desgracia, prácticamente monopoliza la concepción del blues para una gran parte del público español. Sus habituales visitas a nuestro país siempre se han saldado con abundantes conciertos y con enormes éxitos. Ver a B.B. King es ya algo ineludible para quienes presumen de que les gusta "todo tipo de música". Para ellos, decir blues es como decir B.B. del mismo modo que decir reggae era decir Marley. Lo malo del asunto es que, como ocurrió con el reggae, muy poca gente asume que la música sigue aunque el icono ya no esté. Programar blues en Madrid es enormemente difícil aunque artistas como King sean un éxito asegurado.
Afortunadamente, el hecho no afectó en nada a su actuación. El momento por el que pasa el personaje es, realmente, estupendo y su reciente gusto por cantar no quita nada para que sigue manejando la guitarra con un criterio ejemplar. Ford no es ni un posturitas ni un showman de teatro y, por ello, sus conciertos solamente tienen música. Bien abrigándose con el clasicismo más evidente, bien arramplando con formas rockeras, el americano muestra un nivel excelente. De su telonera, Gabriela Anders, hay poco que decir: al igual que su actuación en Galapagar, su paso por Madrid dejó al público de lo más frío. Gabriela es como un hilo musical que nunca molesta pero que tampoco hace que levantes la vista de un libro. El jazz tuvo en el Conde Duque dos representantes tan diferentes como geniales. Por un lado aparecía el jaleo y la timba que siempre ponen en marcha los músicos que, últimamente, se anuncian bajo el epígrafe de Calle 54. La película de Trueba y su posterior entrega discográfica ha hecho que gente como Jerry González se convierta en un habitual de las salas madrileñas o que personajes como Paquito D'Rivera sean hoy más reconocidos que nunca. No estuvo en esta ocasión Jerry, pero sí aparecieron personajes como Bebo Valdés, Dave Valentin, Giovani Hidalgo o Joe Santiago. Por el otro lado estaba Pat Metheny, quien, en esta ocasión, venía acompañado por su excelente Group. Metheny es una especie de Bowie dentro del jazz: puede tocar en trío, dueto o, incluso, en solitario dando al jazz el lirismo y el feeling que muy pocos guitarristas pueden aportar hoy en día. Sin embargo, cuando gira con el Group, asume ser pieza de un engranaje y su disposición técnica se pone al servicio de un todo absolutamente extenuante. Porque si Metheny es un maestro de la guitarra, no se puede decir menos de Lyle Mays con los teclados; es difícil destacar a un solo personaje del grupo cuando un monstruo como Richard Bona tiene que asumir que, en esta banda, su maestría no puede exhibirse con el bajo y que ha de conformarse con ejercer de percusionista. Metheny y sus chicos hicieron un concierto abrumador en el que a cada segundo aparecía una nueva sorpresa. Los ambientes pregrabados que marcaban muchas de las composiciones colaboraban para que la gama de sonidos se ampliara hasta puntos casi orquestales. Su paso por Madrid fue uno de los platos más gustosos que se sirvieron en el Conde Duque y facilitó que la actuación de Bona en solitario (con Adrian Iaies de telonero), cerrando el ciclo y tocando (esta vez sí) el bajo, ganara un público ávido de nuevas sensaciones. Además de lo comentado, el ciclo de “Los Veranos de la Villa” en su modalidad Conde Duque también contó con la presencia de Los Van Van, Raimundo Amador, Tomatito, Chano Domínguez, Omar Faruk Tekbilek, Noa, Philip Glass, Kronos Quartet, Daniela Mercury, Blind Boys of Alabama y el esperadísimo Fito Páez. Como se puede comprobar, no fue la variedad musical lo que faltó este año en el centro de Madrid. E.P. Incomprensible Resulta, cuanto menos, incomprensible que una ciudad como Madrid no tenga su propio festival musical y que los conciertos de los “Veranos de la Villa” tengan que venir a sustituir esa figura. El hecho pasa porque el Ayuntamiento o la Comunidad se decidan, algún día, a modificar su política cultural y se involucren decididamente a fin de que Madrid tenga su propia presencia en la escena de festivales internacionales. Actualmente, ambas instituciones no tienen reparos en organizar festivales de otras artes o en avivar géneros musicales que encuentran dificultad para ser lanzados desde la iniciativa privada (lo lírico y lo sinfónico especialmente), pero, a la hora de tratar con la música contemporánea, todo parecen ser fantasmas que no desaparecerán, probablemente, hasta que no se modifique el equipo de gobierno de esta ciudad. Hace tiempo que Madrid contó con un excelente festival de jazz que nació patrocinado por el Ayuntamiento. En aquellos tiempos las subvenciones caían a chorro y promotores demasiado avispados aprovecharon el hecho para llenar sus zurrones requiriendo ayudas infinitamente más altas de las que, realmente, eran necesarias. El asunto cambió radicalmente cuando los gestores del Ayuntamiento cambiaron: no estaban de acuerdo con esa dinámica y llegaron a entender que el jazz podría, perfectamente, tener su festival sin la ayuda oficial. No era así y el festival de jazz madrileño terminó por desaparecer. Hoy en día es raro encontrar en España una ciudad que no cuente en su equipo municipal con alguien capacitado para organizar un festival. El hecho de realizar las contrataciones directamente y de aprovechar las giras internacionales facilita enormemente la labor de cerrar una programación. Al mismo tiempo, hoy en día, si alguien es capaz de obtener un patrocinio de la escena privada, es, precisamente, la administración pública. Ciudades como Galapagar, Almuñécar, San Javier, Granada o, incluso, Santander (este año realiza su primera experiencia) apartan una parte de su presupuesto a fin de organizar un evento cultural como es un festival de músicas minoritarias. El organizador (bien alguien del mismo Ayuntamiento, bien alguien contratado para ello) sabe de lo que dispone y conoce los límites a la hora de poner los precios de taquilla. A partir de ahí es su capacidad la que provee una mejor o peor programación. Eso, lógicamente, se podría hacer también en Madrid sin necesidad de realizar ningún dispendio. En esta ciudad se da un caso único en el mundo: durante algunos años un distrito como Ciudad Lineal ha tenido su propio festival de jazz mientras que ni el Ayuntamiento ni la Comunidad eran capaces de organizar uno. Lo mejor .- El eclecticismo y la calidad del cartel Lo peor .- Los precios exageradamente altos
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