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III Festival de Jazz de Galapagar. 1 a 6 de julio de 2002

Galapafunk

Ya no existe ninguna duda de que, ante la ausencia de competencia, el Festival de Jazz de Galapagar es, por derecho, el festival de jazz de los madrileños. En base a ello sería deseable que su evolución estuviera encaminada a conseguir el prestigio que un evento así debería tener.

Las maneras de alcanzar dicho prestigio son diversas. La organización actual ha preferido tomar como línea de actuación el consolidarlo, primero, a nivel de público. La idea no es mala por cuanto sería positivo asegurar cuanto antes el mantenimiento del evento sin tener que estar pendiente de quién ocupará en el futuro los sillones de la alcaldía. Si algo tenemos claro los habitantes de la Comunidad de Madrid es que, aquí, no hay mayor gusto para un político que echar abajo lo que ha realizado su predecesor, sobre todo en el terreno cultural. “Galapajazz” ha conseguido, en sus conciertos de este año, unas cifras de público verdaderamente asombrosas aunque, para ello, haya tenido que pagar también un peaje importante: el de no programar jazz prefiriendo la contratación de nombres mucho más resultones al gran público. Si el hecho es temporal y busca una base sólida de asistentes la decisión se ha mostrado de lo más acertada, pero si ésta va a ser la tónica habitual en el futuro no estaría de más cambiar la acepción del evento a algo parecido a “Galapafunk”. En su tercera edición sólo podría señalarse como concierto de jazz uno de los seis principales que integraban el cartel, el que unía a Joe Lovano, John Scofield, Al Foster y Dave Holland en cuarteto. Y la gente respondió ante el mismo con una inusitada aceptación, lo que viene a demostrar que, cuando se envuelve de popularidad, el jazz es tan asequible para el público como cualquier otra cosa.

El “Galapajazz” de este año se celebró entre el 1 y el 6 de julio y abundó, como ya queda dicho, en la contratación de artistas de calibre internacional con suficiente nombre como para llenar a diario las gradas supletorias colocadas en el Velódromo de la localidad. Solamente el primer día del calendario la cabecera de cartel fue cedida a la presencia española, la cual, curiosamente, pasó por el flamenco antes que por el jazz. Un concierto de celebración del vigésimo aniversario del sello Nuevos Medios puso en cartel a Jorge Pardo, Tino di Geraldo, Carles Benavent, Diego Carrasco y Diego Amador. Los tres primeros han hecho notar en numerosas ocasiones su gusto por fusionar flamenco y jazz, pero, en sus últimas puestas en escena, da la impresión de que su actividad se decanta más por la raíz española que por la americana. El hecho no es negativo y tiene cabida perfectamente dentro de un festival de jazz, pero queda desdibujado cuando se sitúa como introducción al sarao netamente flamenco que montaron con posterioridad Diego Carrasco y Diego Amador.

El resto de los músicos españoles que tuvieron cabida en el festival ejercieron de teloneros, aunque, todo hay que decirlo, con un resultado de lo más aplaudible. Pedro Ruy Blas, que abrió los conciertos del segundo día, fue, en su momento, el mejor cantante de jazz que probablemente haya aparecido en España, si bien su carrera se decantó por el pop quedando absolutamente desdibujada para el momento actual. Su presencia en “Galapajazz” venía a rememorar sus aventuras con Dolores, uno de los grupos que, surgido en Madrid, se adelantaba al mundo de la fusión en la que también estaba presente el flamenco de primera línea. Hitos en la historia de Dolores fueron su participación en el disco dedicado a Falla firmado por Paco de Lucía o su presencia en el mítico “La leyenda del tiempo” camaronero. A fin de hacer el homenaje más entrañable subieron con Pedro al escenario gente como Jorge Pardo, Tomás San Miguel, Rubem Dantas o José Antonio Galicia. Entre todos demostraron que su propuesta era netamente válida en tiempos buenos para la experimentación.

También demostraron la validez de su propuesta los chicos de La Calle Caliente, grupo multicultural que ya ha presentado dos álbumes con una acertadísima visión del jazz transatlántico. En sus composiciones hay tanto de Cuba como de España y tanto estilo americano como netamente latino. La última aportación española al festival fue la de los hermanos Garayalde al frente de su proyecto Wagon Cookin’, un híbrido entre el jazz ligero y el house que, con derivaciones de soul y funky, puso a bailar al personal sin necesidad de hacer demasiado esfuerzo. Después de verlos, más de uno pensó que su actuación habría sido mucho más válida cerrando un viernes por la noche que presentándola antes de que Gabriela Anders y el cuarteto de Scofield, Lovano, Foster y Holland tomaran el escenario.

Como queda dicho, el más jazzie de los pesos pesados de la programación era, sin duda, el citado cuarteto. Juntos, estos cuatro personajes son capaces de hacer maravillas, aunque en esta ocasión quizás se encorsetaron un poco ciñéndose a sus propias composiciones. Dave Holland, que prácticamente ejerció de capitán con su capacidad para marcar pausas y tempos, estuvo realmente en una línea de primer nivel, perfectamente secundado por un Al Foster que enseña, a quien quiera escucharle, cuál es la diferencia fundamental entre un batería de jazz y uno de cualquier otra cosa. Mientras que en otros géneros la percusión marca el ritmo, con un prodigio como Foster su labor va mucho más allá, convirtiéndose en una parte absolutamente fundamental dentro del sonido global de la banda.

Scofield, muy diferente en esta faceta de la que asume cuando se presenta con su trío, estuvo solvente hasta decir “basta”. Ejerció de hipotético pianista con su guitarra y abrumó con su capacidad cuando tuvo su turno. Lo mismo puede decirse de Lovano, el verdadero número uno del jazz actual cuando se trata de hablar de saxofonistas. Lovano era, con mucho, el más clásico del cuarteto, pero dejó claro que, a la hora de tocar, puede tocar cualquier cosa que le pongan por delante con una sutileza y elegancia propia de pocos.

Una sorpresa realmente agradable que tuvo esta edición de “Galapajazz” fue la actuación de Courtney Pine, músico muy perdido para el público español pero que aparentó estar en un gran momento. Con un equilibrado compendio en el que todo entraba y salía, fue capaz de organizar un set que agrupó la diversión y la eficacia abriendo el último día para Marcus Miller. Pine mantuvo durante todo su concierto una variedad sonora que rompía la monotonía y jugó con abundantes medleys en el que melodías sumamente conocidas iban enredándose en un concepto rítmico que terminó ganando al público. Viniendo como un segundón, no puede dudarse que su presencia fue una de las más acertadas en el festival y que, después de lo visto, habrá que hacer algo más de caso a sus nuevas grabaciones en las que ha recuperado su origen jamaicano sin salirse de las pautas jazzísticas.

Era innegable que, viendo el cartel completo de la programación, había cuatro nombres que, popularmente, llamaban la atención por su previsible nivel. El primero de ellos era el de Bill Evans, saxofonista que crece en cada uno de sus discos y que ha conseguido componer un estilo ciertamente propio en el que el funk y el hip hop se aúnan con el virtuosismo que él puede mostrar con cualquier saxofón. Su presencia en el festival, con todo, no podía competir con la de Maceo Parker, artista preparado ya para un lanzamiento masivo que encandila a cualquiera que le ve en directo. Maceo ya triunfó en la pasada edición del festival y en esta ocasión realizó un paseo militar: agotó las entradas en taquilla y ofreció su habitual show de casi tres horas dejando al público lo suficientemente agotado como para que durmiera como bebés.

Otro de los nombres sobresalientes era el de Chaka Khan, musa soulera que, realmente, decepcionó con un espectáculo muy habitual en el que standards bailables se entretejían con sus propias piezas. Chaka no mostró el magnetismo que se asocia a su persona y contó con una banda poco relevante que, aunque hizo su papel, se plegó por completo ante la estrella. La Khan, además, tuvo como telonero a un Jeff Lorber de lo más espeso que llenó el recinto con sus repetitivas notas de smooth sumamente popero.

Bien diferente fue lo que hizo Marcus Miller cerrando la edición del festival. Si bien se presuponía que su concierto sería la explosión funkie que ejerciera de traca final, el bajista se decidió, en esta ocasión, por exhibir su capacidad dejando el baile para mejor ocasión. Miller ejerció de solista en casi todo el concierto, dejando ocasionales respiros para el guitarrista Dean Brown y para un solvente saxofonista que, cuando aparecía, parecía ser el único que pensara en funk. Con todo, Miller realizó un concierto de alta escuela propio de los más dotados y dejó claro con su actuación que, hoy por hoy, es uno de los ejecutantes que mejor entiende el bajo eléctrico.

Queda hablar, en lo referente a la programación, de la presencia de Gabriela Anders, absolutamente descolocada en el cartel y teniendo que lidiar entre Wagon Cookin’ y el cuarteto de Lovano, Scofield, Foster y Holland. Su propuesta no es tan festiva como la de los primeros ni tan exigente como la de los segundos, por lo que su paso por el escenario resultó más un intermedio en el que la chica lidió como mejor pudo. Tiró de su repertorio entrando en lo popular, lo brasileño o lo soul pero sin cuajar demasiado en un público que, en el fondo, parecía estar más por lo que aún tenía que venir.

Más equilibrio

El resultado global de la tercera edición de “Galapajazz” fue excepcional si tomamos como primer apunte la respuesta de público. Ello no debe ocultar, de todos modos, el hecho de que las músicas presentadas en el evento pueden tener cabida en otros entornos que no requieran del amparo de un festival de jazz. En buena lógica, el equilibrio entre figuras populares y propuestas de vanguardia es el alma de un festival que tenga criterio en la programación, y eso, este año, ha pecado de escueto a tenor del resultado artístico del evento. Esperemos que, el año que viene, tras un resultado tan positivo como el de esta edición, podamos disfrutar en Galapagar de más jazz y de músicos españoles que, solamente en estas ocasiones, tienen la posibilidad de demostrar una capacidad que está a la altura de muchos extranjeros.

Dar cabida al blues, el soul o el funk dentro de un festival de jazz entra dentro de lo razonable, pero sería equivocado dejar de lado el plato principal cuando, en teoría, todo gira alrededor de él. Por lo menos, el nombre del festival.

E.P.

Lo mejor

.- El éxito de público
.- Scofield, Lovano, Foster & Holland
.- El virtuosismo de Marcus Miller
.- La sorpresa de Courtney Pine

Lo peor

.- Poco jazz
.- La decepción de Chaka Khan
.- La ubicación de Gabriela Anders
.- Jeff Lorber