Pag.Ppal. Artículos Discos Crítica Agenda Directorio Foros Anuncios Contacto

XV edición de Jazz en la Costa. 15 a 20 de julio de 2002

Los fines de semana… de pago

La primer actuación de la edición 2002 de “Jazz en la Costa” señaló la tónica sonora que caracteriza este año al festival sexitano: el jazz contemporáneo más barnizado y lustroso. Afortunadamente, para quienes entienden que el jazz es otra cosa, contaron con Roy Haynes, Kenny Garret, Nicholas Payton y su pandilla mientras que el resto fue lo del primer día con varias perspectivas. 20.000 personas pasaron por Almuñécar tras la reducción de aforo a 2.500 diarios y el abandono de la gratuidad, un tema muy polémico y que dejó a mucha gente en la calle. “Jazz en la Costa” es de los festivales que ha optado por la calidad frente a la cantidad.

Allí fue donde Yellowjackets ofrecería el único concierto en nuestro país y, como corresponde a este tipo de excepcionalidades, el público acudió en masa… aunque se encontró con que este año los fines de semana se ha limitado el aforo y se ha puesto un precio a la entrada. Los resultados de esta medida fueron que se vendieron las 2.500 localidades y que otro medio millar de personas se quedó en la calle. Un decir, porque bastantes de ellos saltaron las vallas para acceder al Parque del Majuelo, algo frecuente en conciertos de rock (de rock barrial) pero inaudito en uno de jazz. Los tiempos, en verdad, están cambiando. Dentro de la saga de las formaciones de fusión (el antiguo jazz-rock que se decía), estos camisas amarillas son uno de los grupos más asequibles y espectaculares (comerciales, vamos), lo que puede explicar perfectamente el punto anterior. El trío base formado por Mintzer, Ferrante y Haslip ha encontrado en Marcus Baylor un motor sorprendente, si bien el grupo puede sonar algo redundante dentro de sus magnificencias: los fraseos dobles saxo-teclados son marca de la casa, pero a veces llegan a puntos muertos. Es la rítmica de Haslip y Baylor la que sostiene y hasta roba protagonismo en ocasiones. Por ejemplo, el solo de Baylor fue justo lo contrario de las aburridas y hueras exhibiciones habituales en los percusionistas: sus pieles hablaban. Los nuevos arreglos con que han preparado algunos de sus clásicos (como en “Mint jam”) determinaron lo escuchado, con un aporte justo de electrónica y cierto reduccionismo acústico, de club a la vieja usanza.

Quienes conocen a Metro en disco ni se pudieron imaginar lo que se venía encima el segundo día del festival. La sofisticación y la templaza de sus grabaciones quedaron dinamitadas con una salida en tromba sobre un trepidante “Trance” despojado de abalorios y rehecho en clave casi de funk metal. Metro es un grupo completamente abierto de orejas y de un eclecticismo notorio. Hay que separar los resultados en estudio, preciosistas y refinados, de lo que ofrecieron en Almuñécar, que, aun teniendo momentos exquisitos y tan delicados que obligaron al silencio más absoluto y respetuoso (“Fields of diamonds”, por ejemplo), fue una auténtica exhibición de fuerza por parte de cuatro músicos superdotados. Junto a sus compañeros, Chuck Loeb ofreció un material lujoso cargado de riffs brutales en los momentos álgidos y de una capacidad de reconcentración casi autista en los opuestos. Pero, sobre todo, con un perfil dinámico muy variado que enlazaba posibilidades extremas en la misma pieza. ¡Son ‘unos’ máquinas! Antes de ellos, Funkdación hizo un ejercicio de funk de libro capítulo ‘jiropa’ y siguientes.

El concierto del sexteto de Don Byron era impredecible dado que el artista se caracteriza por no repetirse jamás, ni en disco ni en directo, donde es capaz de cualquier cosa. Su estancia en el escenario fue larga, si bien el jugo hubo que sacárselo en la segunda parte del concierto, ya que pasó de un gélido distanciamiento a un final algo más sociable. La kilométrica separación del comienzo se fue reduciendo cuando el solista fue haciendo público un notorio sentido del humor, al que se presta el sonido divertido de su instrumento. Ahí la noche cambió de rumbo, si bien desde la ausente interpretación intelectual del comienzo era difícil alcanzar alguna emotividad más física que ni siquiera en clave caribeña pasó del templado. A Byron le achacan la carencia de swing y, ciertamente, su formación ha sido eminentemente clásica, algo evidente a lo largo de toda la noche. Pero pertenece a esa generación de músicos de la que John Zorn aseguró que escuchan de todo y son capaces de hacer de todo, ya sea tocar temas de los Beatles, grabar un disco de adagios, dar un concierto para niños, hacer hip hop o componer bandas sonoras de dibujos animados. Sus temas fueron pequeñas sinfonías compuestas por varios movimientos en las que no rindió pleitesía a nadie.

Por su parte, Danna Lesse cambió de nuevo el registro del festival llevándonos al soul y el funk, donde su voz rinde mucho mejor que en los standards de jazz. Mención especial de este concierto merece el lujo de poder llevar a lado a Santandreu y David Pastor en los vientos y a Ricardo Belda en el piano, parte de un grupo que, al contrario de la vocalista, se mueve más holgadamente en la música improvisada que en los bailables negros.

Bossacucanova abrió el festival a la tan actual electrónica. El grupo llevaba buena parte de todo su producto envasado y sampleado previamente, con infinidad de añadidos sintetizados a sumar a los ruidos del DJ ‘rayando’ discos. El tono lounge del grupo, cien por cien retro, recuerda mucho a las bandas sonoras de las películas de los años sesenta grabadas en Benidorm, puro “Cuéntame” con José Luis López Vázquez persiguiendo a Teresa Gimpera en bikini de cuello alto. Simpático tratamiento de música de cóctel (lo que ahora laman ‘Música para solteros’) por el que el grupo filtra algunos de los estandarazos más tópicos de la bossanova, buena parte de ellos con la firma de Menescal padre (presente en el acto y un mito de la música brasileña), como también de los obligatorios Vinicius, Jobim, Baden Powell, Bosco o Buarque. Entre la bossa pop de todos los tiempos con efectos galácticos y scratches surtidos, las armonías vocales de los Manhatan Transfer en su disco en Río y algunos selváticos momentos jungle, Bossacucanova se movió con gracia durante su concierto.

Marc Miralta y su New York Flamenco Reunion supuso la llegada del jazz a un festival de jazz, afirmación que no tiene nada de perogrullada, ya que en estos festivales si algo falta empieza a ser el jazz. El grupo del batería Marc Miralta nació en la ciudad americana mirando a la lejana España con algo de nostalgia en la distancia y, supongo, que para los norteamericanos, con una curiosidad un tanto músico-turística. En ese mismo origen están los conceptos que sustentan el planteamiento de este batería catalán de enorme prestigio en los Estados Unidos. Al contrario de quienes emprenden ese viaje desde aquí, ellos parten de los sonidos de la gran manzana, del jazz, contracorriente que determina la traducción de sus conciertos al lenguaje jazzístico y no al revés, como estamos acostumbrados. En “la noche flamenca”, Miralta y su grupo ofrecieron la visión jazzística del flamenco, partiendo de piezas del bop, de Charlie Parker o Thelonius Monk releídas a la luz de sus ritmos, encajados por tangos, rumbas, bulerías y soleares, rearmados rítmicamente por el sonido del cajón y modificados suavemente para lograr el encaje perfecto. Todo un estudio sobre los ritmos sin fronteras.

La noche siguiente, el grupo que Roy Haynes ha montado para tributar a “Bird” rompió la pana a pesar de que, como es habitual en el circuito USA, era una banda coyuntural para ‘bolear’ por los festivales europeos. No deja de ser curioso que en un tributo a un músico no suene prácticamente nada de su música. Como ya Nicholas Payton nos avisó hace un par de años al frente de un grupo denominado Jam Session (que fue de todo menos una “jam”), estos enormes músicos manejan más conceptos que recordatorios o añejas fotos del álbum. Y si “Bird” apenas sonó de su puño y letra en el “Diverse” introductorio, lo que es rotundamente cierto es que estuvo presente en espíritu durante todo el concierto. Y no el “Bird” de mediados del siglo pasado, sino el animoso saxofonista que hubiese sido en la actualidad, tocando material, por qué no, de Pat Metheny , como el que tocaron a mediados de concierto. Y es que este concierto es una prospección futurista de la mentalidad musical de Charlie Parker. Juntar a tipos de esta enjundia, con o sin ensayar, es garantía suficiente de altísimo nivel y de sacar adelante cualquier concierto. Siempre es un placer volver a escuchar al Payton orgulloso que ya conocíamos, al resolutivo y duro Kenny Garret, al seductor contrabajista Christian McBride, capaz de poner a su instrumento en la misma línea de los metales, o al pianista David Kiskoski. El menos conocido por su trabajo en la sombra de los estudios sobre todo, mostró una gran firmeza y claridad sobre el teclado. Fue un gran (semi) descubrimiento en directo reclamando con imaginación atemporal, supongo que obtenida de sus investigaciones con sintetizadores, un sitio estelar en esta agrupación de monstruos.

En la recta final del festival, Jane Monheit convirtió el Parque del Majuelo en un club de jazz a la luz de las velas, con un repertorio intimista lleno de romanticismo. Sus dos discos hacen referencia al mundo imaginario de Peter Pan versión Walt Disney. Con ella en el escenario comprendimos el por qué de esa fijación de infancia. Su voz roza la perfección en cuanto a entonación y modulación, y posee una nitidez cristalina, pero menudea en feeling, por lo que su concierto tuvo esa transparencia blanca como la leche (traslúcida como la desnatada) de los musicales de Hollywood, a los que, por cierto, acudió en varios momentos para rescatar algunos temas, inocencia y ternura (acepción de bisoñez) que nos recordaba a una Judy Garland bien entrenada o a la Barbra Streisand en los momentos más maduros. Acudió a los Porter, Gershwin, Berlin… mostrando especial debilidad por los brasileños Jobim y Lins, que le suministraron algo de calor templado en temas como “Dindi” o “Aguas de marzo” y que se ajustan perfectamente a sus maneras de utilizar silencios como susurros delicados jugueteando cándidamente con melodías encantadoras. No está verde, pero sí es muy joven para comprender que el mundo de aquí y ahora tiene poco que ver con el de Nunca Jamás y que hay más cocodrilos y capitanes Garfios que Campanillas y Peterpanes.

Por último, el patriarca Taj Mahal fue el encargado de despedir por este año Jazz en la Costa. Como telonero trajo a Tri Continental, trío de blues-folk-hippie tan agradable de escuchar como fácil de olvidar antes de poner de pie a su banda de ukeleles. Durante todo el concierto de Mahal el público (3.000 personas) no paró de pedirle blues mientras que él ofrecía calypsos, reggaes, countrys blandos y pacíficas cancioncillas hawaianas. Y es que, con esta colección de amiguetes de pesca hawaianos, prefiere dejarse acariciar por la placidez de la suavísima vida isleña que hacer broncos blues de secano. Su banda actual es una perfecta y original máquina para la globalización sonora que este autor promueve, revolviendo la música de Trinidad con la de Jamaica o Nueva Orleáns, introduciendo guitarras hawaianas en el country o haciendo blues con kalimbas. Torbellinos sonoros de sorprendente tímbrica donde el multiinstrumentista Rudy Costa, capaz de tocar el tenor y el sopranino a la vez, es una pieza esencial. Canciones como “Moonlight lady” o “Sacred island” son unos buenos ejemplos de cómo un viejo bluesman afronta la vida con un daikiri en la mano mientras se pone el sol sobre el mar. Una senectud envidiable y graciosa de bailar a luz de la luna, la misma que se acaba de ocultar en Hawai para salir en Almuñécar.

Si el blues cuenta las penas, a Taj Mahal ahora le interesan más las alegrías contemplativas. Y a vivir, que son dos días, o 359 hasta el “Jazz en la Costa 2003”.

Juan Jesús García

Lo mejor

.- El concierto de Metro
.- El entorno sobre el que se desarrolla el festival: el Parque del Majuelo
.- La actuación de Roy Haynes
.- La comodidad que supone la limitación de aforo

Lo peor

.- La decepción de Jane Monheit
.- Los altos precios de las barras
.- El problema del fluido eléctrico el primer día
.- La exclusión de público que trae consigo la limitación del aforo