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Bill Evans

“Big fun”. Esc. Octubre 2002

El saxofonista de Illinois ha decidido, hace tiempo, cambiar de piel: podrá ser tan blanco como la nieve y tener unos ojos propios de un noruego, pero, en el fondo, su saxo es negro, como la noche y el carbón. Si alguien creía que, después de hacer “Starfish & the moon” (99), Evans iba a volver a los derroteros tranquilitos del smooth y la música ambiental se equivocó. Ya lo anunció su anterior “Soul insider” (01), un álbum en el que la negritud volvía a aparecer a raudales. Con “Big fun”, Evans no hace sino reivindicar su chute de groove, necesario (a lo que se ve) para que este hombre siga vivo cuando coge su instrumento.

Big fun es, con diferencia, el disco más funky que ha grabado Evans. Que nadie piense que, con esto, el personaje ha vuelto a sus andanzas urbanas de Push (93) porque lo mostrado en aquella época aquí está corregido y revisado desde una óptica más visceral y mucho más orgánica. El hip hop de aquellos días ha dejado espacio a un calor asfixiante, a una alineación de primera línea y a una explosión jubilosa de ésas que sientan mejor que un cambio de sangre.

Con una banda en la que brilla con luz propia cada componente (Vinnie Colaiuta, Ricky Peterson, Hiram Bullock, Clifford Carter…) y con regalitos de gente tan espectacular como Randy Brecker, Robben Ford o Les McCann, todo lo que sale de este “Big fun” tiene una solidez de sonido incontestable, con una producción tan aseada como equilibrada y con una premisa tan básica como necesaria: dejar que los músicos ganen su espacio a base de funk como si esto fuera un ring de lucha libre.

El resultado es abrumador, con tiempos para el éxtasis y para la caricia, con instrumentales y canciones, y con una línea maestra que le da a todo una unidad que siempre se agradece. Un gran disco.

E.P.

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