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Joe Zawinul se decanta, en su nuevo “Faces & places”, por un esquema más pop. Octubre 2002 Más vale el diablo…
Joe Zawinul ya no cumplirá los setenta, pero eso poco tiene que ver con su poder creativo. En la presentación de su nuevo “Faces & places” no dudó en arremeter contra lo que se está mostrando como el cáncer musical de nuestros días: la falta de originalidad dentro de los músicos jóvenes. “Los grandes transmitían una enorme emoción en sus conciertos; quien les veía salía de la sala con la impresión de que había asistido a algo inolvidable. Ahora, con los músicos actuales, es algo parecido a verles ensayar: tocan perfectamente, tienen una técnica exquisita, pero no transmiten nada porque no tienen una historia que contar. En la vida siempre conviene vivir en la calle, no en la academia; si no sales a la calle no tendrás ninguna historia que contar”. ¿Nostalgia? No parece factible. Desde que este hombre emigrara de su Viena natal a Estados Unidos en el 59 siempre ha estado en la vanguardia y lo sigue estando en la actualidad. En aquellos días era uno de los pocos que había pagado entero un Hammond B-3 porque sintetizaba los sonidos, y cuando empezó sus clases en la Berklee School of Music bostoniana (el motivo de su viaje fue la concesión de una beca) dejó patidifusos a todos con sus conceptos musicales. Es famosa la anécdota que cuenta que, pocos días después de su ingreso, George Wein, propietario del club Storyville, solicitó a la escuela un pianista de urgencia porque el que iba en el trío de Ella Fitzgerald había caído enfermo. Sus profesores recomendaron a Zawinul, quien tocó esa misma noche, y Jake Hanna, el batería de la formación, quedó tan impresionado con él que convenció a su manager, Maynard Ferguson, para que le contratara por un período de tres meses. El de la Fitzgerald no es el único nombre mítico que se ha cruzado en la carrera de Zawinul. De hecho, tal y como él mismo indica, el suyo es uno de los pocos nombres que aún quedan cuando se trata de hablar de artistas que cambian el curso de la historia de la música. Sentados alrededor de una pequeña mesa delante de un ring de boxeo, uno de mis compañeros le recuerda una frase lapidaria de ésas que nadie ha podido comprobar: “Miles Davis dijo que él aprendió más de usted que usted de él. ¿Eso es cierto?”. “Probablemente”, contestó Zawinul recordando aquellos días. Y añadía: “Las escuelas son necesarias y están muy bien en la labor que realizan, pero no detectan el talento creativo: se limitan a enseñar lo que ya ha ocurrido. El talento creativo es lo que te permite elegir tu camino. Es algo similar a lo que ocurre con las actuales discográficas: en otro tiempo, los dueños de las mismas eran gente como John Hammond, Norman Granz… personas que salían directamente de la música, que la disfrutaban y que sabían ver dónde había talento. Ahora sólo se piensa en el dinero. En el boxeo es igual “--dice volviendo la cabeza--”: antes había que hacer cincuenta peleas antes de luchar por un título y ahora hay campeones que apenas han hecho una decena de ellas”. Cada una de las frases que pronuncia este venerable abuelo está cargada de experiencia y, en su caso, la misma no es una forma de vida. Si bien dentro del jazz hay personajes que se arrastran gracias a lo legendario de su nombre, el caso de Zawinul es absolutamente contrario: han de pasar los años para que una nueva generación se dé cuenta de que sus músicas de moda fueron paridas por un artista como éste. “Me interesa mezclar y samplear; siempre me ha interesado. De hecho, creo que yo creé el hip hop. Y lo digo porque en más de cincuenta discos de ese estilo se ha utilizado música mía. A mí me viene muy bien porque eso se reconoce y cobro mis derechos de autor, pero, además, les viene bien a todos los chavales porque, gracias a esas cosas, abren su curiosidad hacia el jazz”. Desgraciadamente, la juventud española sigue entendiendo por jazz un concepto musical anclado en los años cincuenta y sesenta. Obviamente, aquélla fue una época riquísima dentro del estilo, pero el jazz no se ha parado y ha seguido evolucionando aun cuando las compañías discográficas dejen sus obras arrinconadas ante el beneficio económico que supone el pop y el rock. Dentro de dicha evolución, Zawinul es un faro ineludible. El, junto a Wayne Shorter, fundó una banda tan mítica como fue Weather Report, el primer grupo que hizo estallar la etiqueta “jazz rock” y que, desde la idea de sus protagonistas, no era sino una evolución lógica ajustada a los tiempos. Algunos años más tarde, y al frente del Zawinul Syndicate, la música de este hombre dio pie al nacimiento de otra etiqueta: la “world music”. Hoy, un álbum como “Faces & places” admitiría un montón de calificativos diferentes y, probablemente, ninguno de los críticos que hablen de él se pondrán de acuerdo en torno a lo que es y no es. “Faces & places” llega tras un relativo silencio discográfico que se remontaría hasta 1996 si atendiéramos solamente a las grabaciones realizadas en estudio. Tras aquél, Zawinul ha publicado otros dos álbumes: “World tour” en el 97 y un disco inédito en nuestro país que recoge el concierto ofrecido por él en la conmemoración del 60º aniversario de la apertura del campo de concentración de Mathaussen. Entre medias, el teclista y compositor ha viajado por los países más exóticos, dado que no ha dejado de trabajar en directo, al tiempo que ponía en marcha su nuevo estudio ubicado en Los Angeles. Dichos viajes son la fuente de inspiración de las nuevas composiciones. “No ha sido la música de estos países lo que me ha impresionado o lo que me ha servido para componer, sino las sensaciones que recibo de la gente, de su manera de andar, de sus risas…”. En el álbum se dan la mano un tema relacionado con la secta Sudra de la India, un homenaje a Cannonball Adderley, un tema inédito revisado treinta años después de ser escrito, un corte inspirado en un café de Túnez, una improvisación retocada por Bob Malach, una canción surgida a partir de la foto de un elefante, un homenaje a Borges, un recuerdo a Nueva York o una visión particular de su Viena natal; y todo ello dentro de lo que Zawinul califica como “una estructura pop” que, obviamente, poco tiene que ver con lo que nosotros entendemos cuando hablamos de esta etiqueta. La puesta en marcha de todo esto tiene un armazón sumamente sólido. Músicos como el camerunés Richard Bona, el percusionista de Costa de Marfil Paco Sery, los indios Amit Chetterjee y Zakir Hussain, la conocida (por su pertenencia a Zap Mama) Sabine Kabongo, los latinoamericanos Alex Acuña, Rudy Delgado o Manolo Badrena o la brasileña Maria Jõao son algunos de los invitados estelares, pero también están presentes los inevitables Dean Brown y Victor Bailey, tan habituales en los trabajos de Zawinul. “Yo no veo ninguna brecha generacional cuando trabajo con estos músicos. Algunos de ellos son los mejores del mundo, pero, aunque les supero en edad, también lo hago en energía. Y, en cuestión de entendimiento, no hay ningún problema: ahora tengo medios para que, según compongo, un ordenador vaya imprimiendo las partituras que ellos necesitan”. Preguntado por la cantidad de músicos africanos con los que trabaja, el maestro señaló que no había ninguna razón en especial: “será porque son buenos y conocen mi música. Lo que hacíamos con Weather Report era muy popular en Africa hace veinte años y, cuando produje el ‘Amen’ de Salif Keita, alguien me comentó que esperaba que yo fuera negro: creía que era un zulú. En esa producción conocí a muchos de estos músicos”. Sobre el material de “Faces & places”, Zawinul apunta que, como en ocasiones anteriores, la mayoría de las composiciones surgen de la improvisación: “lo paso a partitura sólo para que el resto de los músicos puedan tocarlo o cantarlo, pero yo no compongo escribiendo porque me parece muy lento. En el jazz se improvisa siempre a partir de arpegios y acordes, pero yo… improviso los temas completos”. Del mismo modo, señaló que dedicar un tema a su Viena natal no era una cuestión nostálgica, sino que fue una pieza que surgió del tirón mientras estaba mirando a su antiguo barrio desde el piso 18 del Hilton ubicado en la capital austriaca. Preguntado por “Borges Buenos Aires”, la pieza dedicada al escritor y expuesta en dos partes, Zawinul apuntó su cariño hacia el pueblo argentino (“parecen aristócratas naturales”) y declaró su pasión tanto por el tango como por el libro “Laberinto” (“Lo leí a lo largo de tres años y aún no sé de qué habla”). Uno de los referentes fundamentales para entender y disfrutar de la música de este personaje es la electrónica. El fue de quienes siempre adoró su uso y se muestra absolutamente a favor de que todos los artistas la utilicen: “A mí me ayuda mucho y me permite expresarme con más libertad. El error que tiene mucha gente cuando habla de la música electrónica o de los sintetizadores es que piensan que son instrumentos sólo para pianistas y eso genera que, habitualmente, se usen mal. Si los utilizaran trompetistas o saxofonistas estarían más pendientes del sonido, que es para lo que valen, que de las teclas en sí mismas. ¡Si hasta los productores se animan ahora a meter teclados en cualquier momento!” Hablar con un personaje histórico supone siempre referirse, de alguna manera, a la historia. Quiérase o no, es inevitable rememorar unas anécdotas o confirmar otras de primera mano. Zawinul es consciente de su poder en ese terreno (“no puedo escapar de mi sombra”, dice) y, cuando expresa una opinión, lo hace con el convencimiento que le dan los años y lo vivido. De ese modo, no es extraño que tenga en un concepto realmente pobre la nueva escuela de músicos que están surgiendo dentro del jazz: “No son nada creativos. Gente como Winston Marsalis, por ejemplo, puede ser muy buen instrumentista, pero carece de garra, de corazón, de feeling. Le escuchas y te quedas frío. De los nombres clásicos del jazz muchos han muerto y, de los que quedan, no todos tienen la forma física que tenían antes. Wayne Shorter, por ejemplo, sigue siendo un músico formidable, pero no hay muchos como él. Mucha culpa de esto la tienen los medios: se empeñan en decir que uno es un genio hasta que la gente se lo cree. El jazz ha perdido mucho con eso: si se dice que Marsalis es el mejor y luego un chaval le escucha y ve que no es tan bueno pierde absolutamente el interés por el jazz. Actualmente es como si se quisieran artistas desechables, como en el fútbol. A Ronaldo le hacían jugar cuando estaba enfermo y eso era únicamente por el dinero que reportaba. Con los músicos es igual”. De todos modos, apreciaciones como ésta conviene refutarlas con música, no con palabras. Zawinul puede presumir de no repetirse y de estar siempre en la vanguardia, pero artistas como Wynton Marsalis han sido los cabezas de serie de un nuevo bebop que, en el fondo, ha resultado la parte más comercial del jazz actual. La lucha entre popularidad y calidad no siempre tiene un árbitro justo y la vuelta a las modas del pasado parece ser uno de los males endémicos de los creadores actuales, sea en el género que sea. Con ésas, propuestas como las de Joe Zawinul difícilmente calan en el público a la primera aunque su nombre sea de los que queda, a la larga, escrito con letras mayúsculas en la historia. Dentro de poco se le podrá ver en directo en nuestro país en el curso de la nueva gira que inicia tras la publicación de “Faces & places”. En Madrid, en concreto, tocará dentro del ciclo “Emociona Jazz” que se pondrá en marcha a finales del mes de octubre. E.P. Joe Zawinul. “Faces & places”. Esc
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