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Javier Paxariño vuelve a firmar un disco a su nombre seis años después de su última entrega. Octubre 2002 Contaminación mediterránea
Desde que lanzara “Perihelión” en 1996, Javier comenzó una gira que le tuvo ocupado el resto del año y participó en festivales como el de Navarra o los Encontros Musicais da Tradiçao Europea en Portugal. Luego grabó con John Cunninghan antes de irse a la Muestra de Nuevas Músicas de León y más tarde viajó a Oporto para actuar, junto a La Musgaña, en el Festival Intercéltico. Participó en discos de Aute, Jorge Drexler, Luis Pastor o Tomás San Miguel y se involucró en el proyecto “Tribus hispanas” de Eliseo Parra y en el disco conjunto que realizó con Chano Domínguez y Hozán Yamamoto. Su actividad no paró hasta que decidió que ya era hora de volver a poner en la calle un disco a su nombre. “Los tres discos anteriores me los había planteado, de algún modo, como una especie de tríptico, y eso me hizo parar un poco. Luego vinieron un montón de colaboraciones que me implicaban mucho. Con todo eso quizás se me ha ido el tiempo, pero lo bueno es que toda esta actividad me ha servido para recapitular, para abrir caminos que tenía descuidados. Tocar con Eliseo o con La Musgaña, por ejemplo, ha servido para que preste más atención a la música tradicional española. Me di cuenta de que, en mis discos, siempre miraba fuera, siempre buscaba cosas tradicionales de otros países, y no me fijaba tanto en lo que tenemos nosotros mismos”. Si por algo se caracteriza la carrera del granadino Javier Paxariño es por exhibir en sus discos un eterno viaje multicultural trenzado con originalidad y belleza. Su debut discográfico se realizó en 1988 (“Espacio interior”) mientras simultaneaba su actividad como músico de sesión con sus propias aventuras jazzísticas. Posteriormente llegaría “Pangea” (92), el disco que le catapultó a un universo propio que rompía moldes dentro de la música española. Este fue el primer disco del “tríptico” del que el compositor hablaba anteriormente y que se completó con “Temurá” (94) y “Perihelión” (96), obras surgidas al amparo de una idea conceptual a partir de la cual Javier buscaba referentes en todo tipo de culturas, ya fuera la magrebí mediterránea o la más exótica del lejano oriente. “En el caso de ‘Ouroboros’ no fue así. Este es más un reciclaje de lo que habitaba en mi memoria. He reprocesado todo lo tenía en la cabeza componiendo melodías a partir de las cuales buscaba desarrollos instrumentales”. Toda la música de Paxariño es instrumental, por lo que, en ese aspecto, no habrá que buscar ningún cambio radical en el nuevo disco. Otra cosa bien diferente es la fuente geográfica de la que, en esta ocasión, se nutren las piezas de Javier: “En el Mediterráneo toda la música está muy contaminada. La canción de Nápoles, por ejemplo, tiene influencia española y nuestra música de rondalla tiene también mucho de italiano. Hay una pieza en la que realizo, musicalmente, el viaje inverso al que realizó mi padre en sus tiempos: una danza gallega escrita por un granadino que, curiosamente, parte de otra que se realiza en Cerdeña y que se baila en círculo como si fuera una ceremonia solar. También es la primera vez que compongo dos valses: uno lo hice para el homenaje que se realizó a Emilio Prado y a cuya celebración me invitaron (él hizo la imprenta en Málaga y formó parte de la Generación del 27); el otro tiene un ambiente más italiano, con esa mezcla decadente en la que se dan la mano lo nostálgico y lo festivo”. Si algo marca, especialmente, el nuevo trabajo de Javier es, según él, “la producción. Es el disco más ambicioso que he hecho, tanto a nivel técnico como de colaboraciones. Tiene una multipluralidad de direcciones y se configura a partir de músicas muy diferentes. También recupero ensayos estéticos y técnicos que, aunque siempre he tenido en mente, no he mostrado en obras anteriores. No sé si es mi mejor disco porque soy enemigo de marcar rankings con esas cosas”. La producción del álbum ha corrido a cargo de Javier Monforte, en cuyo estudio se realizó toda la preproducción de “Ouroboros”. Fue allí donde se grabó la multitud de fuentes que, una vez sampleadas, serían introducidas en el disco. Todo el proceso “pesado” del álbum se llevó a cabo en los estudios Manitú de Jaime Asúa para ser mezclado posteriormente por José Luis Crespo. Entre los músicos que llevan a la práctica las ideas de Javier se cuenta con instrumentistas tan preciados como el acordeonista Joxan Goikoetxea o el bajista Marcelo Fuentes, pero la nómina completa es espectacular: Rafael Pacha, Javier Colina, Dimitri Psonic, Alain Piñero, Daniel Carranza, Santi Vega, Eliseo Parra, Carlos Beceiro… “Yo no entiendo a los ‘colaboradores’ tal y como se usa ahora la palabra, como el nombre famoso que tiene que aparecer en un disco para facilitar su promoción. Si imagino un acordeón llamo a Joxan porque puede tocar en una multitud de lenguajes diferentes, y eso es lo que hacen todos los que participan en el álbum. Atiendo más a la coherencia musical que tengan los músicos que a su nombre o su currículum”. En el caso del productor, Monforte llamó la atención de Javier tras su trabajo con Hevia: “Tuvimos una entrevista y notamos que había buena química, así que decidimos empezar. Javier está muy cualificado y es muy meticuloso, y me gustaría seguir trabajando con él en proyectos futuros”. Si bien cuando aparecieron los anteriores trabajos de Javier la música instrumental era algo absolutamente desatendido por los medios, en estos seis años de ausencia ha habido tiempo suficiente como para que atravesaran nuestro mercado diferentes modas en las que gaiteros o violinistas han calado entre el público masivo. El, sin embargo, no considera que el hecho signifique ninguna mejora espectacular: “Han sido fenómenos puntuales porque la música instrumental sigue siendo más dura que la vocal. Después de escuchar muchas opiniones casi me he convencido de que lo instrumental tiene un techo, pero es que a mí no me gusta hacer letras. Contemplo la voz como elemento melódico, y no me estorba. Incluso utilizo algunas estructuras de pop en los temas y me los planteo, en origen, como canciones, pero me estorba la letra y siempre termino personalizándolo todo de un modo instrumental”. “Ouroboros” es, sin duda, el álbum más asequible de los que ha realizado Paxariño, y eso pasa porque, en muchas de sus piezas, las melodías principales se marcan de una manera sumamente tarareable partiendo casi siempre de un acertado uso de la música tradicional. “Durante mucho tiempo ésa ha sido una estética denostada en pos de una modernidad concreta. Sin embargo, tiene una gran riqueza y aporta la clave de lo que en el fondo somos: un montón de influencias y culturas. Esa música se puede recuperar y unirla a otros esquemas que, en el fondo, ya están ahí porque fueron elementos que sirvieron para crearla”. Tampoco queda ausente de las composiciones el uso de la electrónica, aunque no en el formato rítmico habitual que se ha impuesto en la música dance: “Siempre me gustó la música de Soft Machine, por ejemplo; esas situaciones que pactan con la música repetitiva que tira hacia la psicodelia. En este álbum me reconcilio con esa estética, aunque puede quedar lejos para un público actual. De todos modos, lo que más me gusta de la música instrumental es la multiplicidad de lecturas que proporciona: cada persona puede hacerse una idea diferente del mismo tema”. Lo instrumental es lo que, en el fondo, ha marcado la carrera de Paxariño. A lo largo de más de veinte años ha trabajado en todas sus facetas, desde la composición de bandas sonoras para películas y documentales hasta la aportación versátil como músico de sesión o la composición de ballets. “Siempre que he hecho una colaboración con otro músico es porque he sentido que aportaba algo. Puede que de lo que más orgulloso me sienta de todo lo que he hecho sea de los trabajos junto a Alberto Iglesias, tanto en los ballets como en las películas. Me gusta el haber grabado en varios de sus premios Goya”. Javier también tuvo su época en la que el jazz o el rock eran músicas cercanas para él, aunque ahora ambos estilos le quedan ciertamente lejos: “Sigo la escena del jazz, pero no podría dar una opinión especializada sobre la misma. El mercado se ha polarizado hacia tendencias y parece que todo va por modas. Personalmente, de lo que hay me falta frescura y diversidad porque, aunque está presente, lo está fuera del circuito y es muy difícil de seguir. Actualmente la industria ha creado estructuras tan grandes que ya no prestan atención a lo que se hace en la calle. Se han conformado, simplemente, con acaparar los medios de comunicación y lanzar siempre lo mismo”. Afortunadamente, Paxariño es de los artistas que siempre encuentra dónde grabar o exponer su obra, “aunque en esta ocasión me ha sido más difícil. El mercado está pasando por una gran incertidumbre y las compañías se retraen a la hora de financiar proyectos diferentes. Yo contaba a mi favor con que los anteriores discos se han vendido bien, tanto aquí como en el extranjero, pero tenía en mi contra que ‘Ouroboros’ era un disco caro de hacer. Al final, gracias a la Fundación Autor y a El Europeo, el proyecto se ha llevado a cabo”. Los próximos proyectos de Javier pasan por presentar su nuevo trabajo en directo, algo que hará en formación de septeto y que, a la hora en que leas esto, ya se habrá mostrado en Madrid, en la sala Galileo. También está en su mente el dar un empujón a ese particular colectivo que se esconde tras el nombre de Transibérica y que agrupa a Eliseo Parra y a La Musgaña como resto del triángulo. “Prometo no tardar tanto en publicar otro disco”, señalaba el compositor antes de finalizar la charla. Esperemos que así sea. E.P.
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