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La vida en la carretera (VII) Entretenerse en la furgo
El circuito de arterias de asfalto que recorre el mapa de España es otro cantar. Para matar el aburrimiento en los desplazamientos, los músicos de aquí tiran de loro, siesta y, como mucho, de algún “Penthouse” de gasolinera que terminará, irreversiblemente, sobado y pisoteado en el suelo de la furgoneta en el viaje de vuelta. Eso en general, porque los hay que estudian una licenciatura, como Sabino Méndez en tiempos de Loquillo (aunque éste no piense lo mismo…), o que pulen, con sus instrumentos enchufados al equipo de la furgoneta, el repertorio de las actuaciones, como les pasa a Jarabe de Palo. Quienes firman este articulo se han colado en algunas furgonetas y han visto cómo, por ejemplo, algunos músicos de este país aprovechan los viajes para atender a la prensa musical o a los realizadores de vídeos y, de un disparo, se quitan de encima dos pesados pájaros (kilómetros y periodistas). Eso es trabajo. Otros basan su principal entretenimiento en confeccionar la guía gastronómica que publicamos hace algunos capítulos en esta misma sección. Otro entretenimiento muy observado y poco reconocido entre los músicos, al preguntarles por sus pasatiempos, es el de los adictivos móviles (¡dichosos aparatitos!): mensajitos, cambios de melodías, marcados de voz personalizados, ultimas tecnologías, etc. Los hay que escriben diarios o crónicas que, con suerte, ven publicadas en periódicos, lo que supone un dinerillo extra para el bolsillo. Muchos kilómetros por delante, mucho tiempo que perder. La música de las ruedas Los asturianos Capitán Memo abren fuego: “el camino lo pasamos escuchando música, charlando o discutiendo porque, como somos dos parejas de hermanos, estamos todo el tiempo como perros y gatos. Al fin y al cabo no hay rencores ni malos rollos: sabemos que somos hermanos”. Maxi, de Fe de Ratas, continúa por esa línea del amor-odio que supone trasladarse a los conciertos siendo los conductores los propios miembros del grupo. En este caso, a quienes les toca conducir ya tienen entretenimiento asegurado: “los pocos que tenemos carnet en el grupo, que somos dos personas, lo pasamos al volante metiéndonos panzadas de kilómetros. El resto de cabrones que pasan de sacárselo, pues a sobar, a comer, a beber, a fumar y, si tercia, a meterse contigo si cometes algún fallo o te metes por mal sitio”. Los rockeros Gas Drummers se sinceran totalmente al contarnos los secretos de su electrizante y acorazada caña sobre los escenarios, una complicada terapia que realizan previamente encima de las cuatro ruedas de su rula: “la práctica más habitual en nuestros viajes es lo que llamamos la ‘estimulación violenta del sistema nervioso’, o sea, nos ponemos música especialmente violenta (trash metal, brutal death, etc, etc) o grupos que no nos gustan hasta el punto de ponernos de los nervios y empezar a golpearnos y a lanzar cosas por la ventana. Esto es 100% verídico. Solemos escuchar black metal, grind metal, Dany (un imitador de Nino Bravo), Los Calis o A Palo Seko; solemos gamberrear en las gasolineras y ahora tenemos una videocámara y nos estamos entregando en cuerpo y alma al séptimo arte. Es como decir que cada gira es una auténtica road movie. A veces también nos metemos mano, ya se sabe. Bueno: estaríamos mintiendo si no reconociéramos que lo que solemos pinchar una vez cada 100 kilómetros es una cinta con el discurso de un radiopredicador evangelista conocido entre nosotros como El Prediqueitor. Brutal”. Sex Museum, auténticos y pragmáticos en sus actos y sabios en sus declaraciones, comentan su vida en la carretera y su amistad con el dial radiofónico: “No oímos la radio más que si hay Tour o mundial. Los juegos de azar los dejamos hace años porque acabaron degenerando en situaciones muy tensas (con el tute). Hablamos durante horas de cualquier cosa, oímos música y dormimos cuando llevamos más de tres horas de viaje. Nos llevamos bastante bien, somos buenos conversadores y disfrutamos de nuestra compañía”. Angelitos. Kilómetros para relajarse. ”Tenemos un furgonetero que se basta por sí solo para entretenernos; siempre tiene anécdotas o chistes que contar. Aparte de eso, se hace lo que se puede: leer, dormir, mirar el paisaje o, simplemente, charlar”, nos cuentan los euskaldunes Urtz. En el ultimo punto coinciden totalmente con las declaraciones de sus vecinos Etsaiak, quienes, a pesar de su torbellino rap metalico sobre los escenarios, se muestran sosegados durante los viajes: “las horas de furgo las disfrutamos riéndonos de nuestras propias historias, ya que somos una cuadrilla de personajes y cada uno que empieza hablar cuenta una burrada mayor que el anterior. Os aseguramos que no os aburriríais viajando en nuestra furgo. Lo que más podemos agradecer de estos catorce años de Etsaiak es que seguimos siendo una gran familia y, lo más importante, todavía colegas”. José, de Estopa, que no lleva tantos años en el mundillo de las giras, aunque los que lleva hayan sido intensos, nos desvela su principal secreto para matar el aburrimiento y, de paso, muestra su extraño fetichismo: “pocas cosas que contar de la furgoneta: duermo. Es una virtud. Tengo una colección de almohadas que te cagas porque bajo del hotel con la almohada, me meto en la furgoneta y sigo durmiendo hasta llegar al siguiente destino”. Oportuna narcolepsia que le ahorra stress y aburrimiento. Julio, de Mártires del Compás, nos muestra descarada y humorísticamente un cruce entre lo estrictamente musical y lo certeramente curioso: “No coincidimos mucho en Sevilla, de modo que cuando nos metemos en la furgoneta es cuando nos vemos las caras. Eso es un evento para nosotros. El setenta por ciento de las conversaciones son sobre sexo, experiencias, cómo le pones el toto y el caca, o contar la primera vez que te partieron el culo. Del restante treinta por ciento un cinco es silencio, muy necesario para no saturar. La otra etapa es de análisis: escuchar músicas, mirar la nuestra, aprender, darle vueltas, buscar la esencia… Tenemos una extensa colección de cintas de carretera y, hasta de lo malo, se sacan buenas conclusiones”. Rosendo Mercado nos declara su adaptación al medio más por necesidad que por gusto. No en vano, lleva desde mediados de los setenta trotándose kilómetros: “Me encanta viajar, pero, con los años, ya sabéis: que si las piernas, el ir sentado todo el rato… Son muchas horas. Cuando entraron Rafa y Gustavo en el grupo venían vacilando y contando chistes todo el camino. Estuvieron durante dos años dándonos el entretenimiento: se sabían miles de chistes, pero ya llega un momento en que no necesariamente estás todo el rato hablando. En la furgoneta llega un momento en que vas en silencio o escuchando música. La vida en la carretera es pesada, y más como vamos nosotros, porque quien va conduciendo o el road manager, que va pendiente de la ruta… Pero nosotros… o tienes tema de qué hablar o vas amuermado o durmiendo, que también es cierto que se duerme mucho en la furgoneta”. Trabajando en el asfalto Finalizamos el capitulo de los entretenimientos de los músicos en gira tratando a quienes quieren optimizar su tiempo. Son esas personas que, por hiperactividad o por no poder conciliar el sueño en movimiento, emplean su tiempo en realizar actividades. “Suelo ir haciendo ejercicios de vista con unos palitos, siguiéndolos con la vista de un extremo a otro durante cierto tiempo: es una técnica que ejercita los músculos de los ojos muy beneficiosa para mis dioptrías”, nos dice Manolo Benítez, ex guitarrista de Enemigos y acompañante ocasional de Raimundo Amador en sus conciertos. Una ocupación, cuanto menos, curiosa. Pasemos a otra que destaca por lo poco común: “la furgoneta es un centro de experimentación de drogas nuevas. Allí llegan prototipos que se prueban durante el viaje. Una vez el teclista se puso malo, le entró como una fiebre y se desnudó. Quería que le dejásemos en un puti club de carretera, pero nos pareció que era cruel. Marchamos a una gasolinera y ahí le dejamos como un surtidor más. Luego le recogimos y… mejor”. Hablan Los Planetas, de Granada, aunque mejor no dar más datos, que estas revistas están al alcance de cualquiera. Más normalitas son las ocupaciones de Amparanoia, familia exótica donde las haya: “Tomás, que era de Undrop y ahora viene con nosotros de guitarrista, va tocando la guitarra todo el camino y la bajista va con los vídeojuegos. Yo voy siempre leyendo; soy la única de la furgoneta que no se marea y, la verdad, es el único momento que tengo verdaderamente para dedicarme a leer: artículos, libros, los e-mail… todo. También hay quien va pegado a su discman, quien duerme la resaca del día anterior o llama a la novia todo el rato. En las paradas todos nos levantamos y directos a la tienda a pillar nuestras cosas: red bull, cerveza… Nosotros viajamos en dos furgonetas y eso también hace de entretenimiento, porque estamos llamándonos, planeando la parada, avisándonos de cómo está la carretera, dónde está la guardia civil”. Una vez más es Johnny Cifuentes, superviviente de Burning, quien nos muestra la sabiduría del saber estar y disfrutar: “yo trato de hacer melodías en la furgoneta y ¿sabes lo que pasa si no la grabas? Que se te va y ya puedes estar tres horas, que no llega la misma. Me ha pasado muchas veces: parar, tomarte una cerveza, subirte de nuevo y se fue: la melodía la perdiste. Por lo demás, me gusta ir despacio por la carretera, ver lo que hay alrededor, enterarme de por donde estoy pasando: vacas, garitos, monumentos… Ahora se va con la hora pegada al culo, pero antes salíamos a las cuatro de la mañana para llegar a Asturias: entonces tomabas contacto con las cosas porque había que darle un respiro al buga, claro”. Capítulo
1: La vida en la carretera
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