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James Taylor

“October road”. Columbia. Noviembre de 2002

Hubo un tiempo (muy lejano) en el que James Taylor y Carly Simon formaban una de las parejas más representativas de lo que daba de sí la música americana. Algo así como lo fueron también Bob Dylan y Joan Báez. Eran días contestatarios en los que el folk había ganado el terreno al rock’n’roll a la hora de representar ideas juveniles. Habitualmente, salir de clichés como ésos es sumamente complicado: Joan Báez y Carly Simon no lo consiguieron, Dylan lo evitó con facilidad y Taylor… pues así así. Su figura quedó con un aura de prestigio que siempre le permite tener buena prensa con sus obras, ganar premios de vez en cuando y, sobre todo, mantener viva una carrera que se prolonga ya más de treinta años. Eso si hablamos de su país. Fuera de él, James Taylor es un personaje recordado sólo por quienes ya no cumplirán los cuarenta.

“October road” ya no puede considerarse como una reaparición por cuanto Taylor es de quienes nunca se van. A principios de los 80 comenzó a espaciar sus discos cada vez más, pero con él sabes que tarde o temprano vendrá uno nuevo. Puede que sea por dosificarse o porque su creatividad así se lo exige, pero lo cierto es que lo que consigue con eso es que nadie se canse de él. Sus canciones son ya propias de un estilo, de una forma de abordar la música que se ha convertido en clásica a base de soportar que el tiempo pase sobre ella.

Su guitarra acústica, sus musicazos desaprovechados (Steve GDA, Michael Brecker o Ry Cooder aparecen aquí en papeles que podría realizar cualquier otro músico de estudio), su punto de campero decadente… todo ello son cosas que no calan a la primera pero que consiguen atraparte si les das oportunidad. La cuestión es que, a estas alturas, ¿quién da oportunidad a un tipo como éste cuando aparecen otros cien músicos del mismo palo cada año?

E.P.

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