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Gary Moore
Ya con “Back to the blues” (2001) hacía el irlandés una declaración de principios: se dejaba de flirteos con otras cosas más modernitas y se tiraba de cabeza al blues. Pero no al blues que le había puesto en la picota a principios de los 90, sino a ese blues rock británico en el que la guitarra más que una dama es una yegua a la que domar (Hendrix puede ser otro referente válido). Un año después, y en pleno proceso de continuidad, Gary Moore ha vuelto a repetir esquema con una sola distinción: su guitarra ya no es una yegua, sino una manada entera. En “Scars” se presenta en formación de trío con dos compañeros (Cass Lewis y Darrin Mooney) que adoran a Cream tanto como el feo de Belfast. Y eso se refleja en el álbum desde el primer surco hasta el último. En las nuevas composiciones la guitarra no habla: se pone dura y ruge, coge del blues sólo lo pasional y deja para otros los refinamientos. De vez en cuando Moore muestra su habitual baladita, pero es sólo un truco. A la vuelta de la esquina sigue esperando con el látigo y una batería pesada que gana el primer plano casi por derecho propio. Los primeros discos de Moore, antes siquiera de que ganara nombre en el terreno del rock duro, iban por ese palo. Se consideraba que la mejora técnica y la apertura de miras que le facilitó su carrera le habían alejado de un esquema sesentero que, además, había quedado fuera de juego en las décadas siguientes. Sin embargo, lo que le gusta al Gary actual es, precisamente, eso: los solos en los que el alma se pone por delante de la digitación y en los que el ritmo es avasallador. Es como si en la cabeza de un chaval de quince años juntas los esquemas del blues y el stooner, un muro de sonido en el que la guitarra evita los efectos, el bajo marca la pauta y la voz aparece gritona con el cascado que genera el tabaco y la bebida de madrugada. E.P.
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