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Bon Jovi

“Bounce”. Island. Noviembre de 2002

¿Sería cínico decir que un grupo como Bon Jovi representa lo que es, actualmente, el rock’n’roll? La pregunta es una reflexión en toda regla: Bon Jovi suena en todas las radios del mundo, sus vídeos se ven más que “La guerra de las galaxias”, hace actos benéficos en hospitales y colegios, es capaz de sortearse hasta sí mismo, trata a sus fans como reinas y cada vez que saca un disco genera más dinero que el que pudieras soñar. Gusta a niños y viejos, puede salir en las portadas del “Super Pop” y el “Heavy Rock”, hace películas, anuncios y conciertos exclusivos para convenciones. Es el mejor logro de la industria en esto del rock desde que Springsteen bajó su nivel de popularidad. Y lo lleva siendo durante quince años con una producción más bien escasa que es rentabilizada al milímetro.

¿Cómo lo consigue? Pues dándose cuenta de que el rock es, hoy por hoy, única y exclusivamente un género musical, nada que tenga que ver con otra cosa que no sea el mercado. Jon, Richie y sus compañeros saben que, ante una canción perfecta, ya puede venir cualquier purista o integrista con todos los mensajes de “autenticidad” que quieran: para ellos la autenticidad es tener en su mano a más de ocho millones de personas cantando sus canciones.

“Bounce” es un disco que sale al mercado con el marchamo de “éxito”. Y es que resulta obvio. Tan obvio que cualquier compositor puede preguntarse cómo canciones como ésas no se le han ocurrido a él. Batería programada en los ritmos binarios de siempre, guitarras sin estruendo, coros a tutiplén, arreglos de piano y cuerdas, un equilibrio medido entre baladas y temas fuertes y una producción de “menos a más” que convierte cada tema en un himno. En sus esquemas, “Bounce” es un disco perfecto.

Y es el rock’n’roll actual. Como la Coca-Cola o Nike.

E.P.

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