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Beck
A más de uno le puede sorprender la nueva faceta de Beck, reconvertido ahora en un “storyteller” enfundado en blues acústico y country contemporáneo. Pero no es para tanto: cuando firmó con Geffen, el rubito consiguió que en su contrato se le concediera libertad para grabar en pequeños sellos independientes si, tanto la compañía como él, consideraban que el producto a editar no entraba en los cánones de comercialidad que se imponían. Con ésas, Beck ya puso en la calle “Sterepathetic soul manure” y, sobre todo, “One foot in the grave” (ambos en el 94), disco éste que exhibía al artista en un territorio acústico y desnudo. Precisamente fue ésta una de las circunstancias que colaboraron a que Beck fuera valorado un talento en ciernes: el poder asumir diferentes registros con una calidad que chocaba con la media. Curiosamente, “Sea change” ha sido aceptado por Geffen aun cuando sus canciones no tienen nada que ver con el Beck más mayoritario, ese geniecillo capaz de aglutinar en sus canciones todos los géneros negros y teñirlos de blanco con una pulcritud y un groove que hace temblar las paredes. En su nuevo disco, el californiano huye de todo eso como de la peste y se encierra en un paraíso superblanquito, acústico e intimista en el que cada canción parte de una sencilla composición a la que el rubio viste con decoro y acierto. En “Sea change”, por tanto, no hay explosiones de ritmo, secciones de viento ni loops programados. Al contrario: todo son canciones desnudas, pero no en esqueleto. La musicalidad de los temas recuerda a los cantautores norteamericanos, pero no elude el aprovechar las posibilidades que, hoy en día, proporciona un estudio en condiciones. Es la otra faceta de este hombre de dos caras, tan solvente como la de “Odelay” pero mucho más lírica y bucólica. E.P.
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