Pag.Ppal. Artículos Discos Crítica Agenda Directorio Foros Anuncios Contacto

Ryuichi Sakamoto

La Riviera. 2 de octubre de 2002

Se presentaba el compositor y pianista japonés con la propuesta expresada en su reciente “Casa”. El asunto consiste en versionear a Jobim en formato casi de cámara acompañado por la pareja formada por Jacques (chelo) y Paula Morelenbaum (voz). Para poner en directo el dispositivo también contó Sakamoto con un guitarrista discreto y con una batería de juguete, instrumentos no muy presentes en la escena pero cuya sonoridad se agradece por momentos.

La ocasión era de ésas de ponerse de largo: La Riviera cubrió toda su pista de sillas para que la gente que asistió al evento pudiera reposar sus cuerpos, aparecieron por la sala todas las celebridades que, habitualmente, aparecen cuando se hace algo relacionado con Brasil y las luces de la sala sólo funcionaron a medio gas. Aquello era como una capilla de rezo en la que, puntualmente, el quinteto apareció en el escenario con un Sakamoto que jugaba el papel de gregario con su dignidad habitual. Resultaba un poco chocante pensar que lo que se iba a interpretar esa noche eran los temas vitalistas y emocionales que compuso en vida Tom Jobim.

Pero así era, y con un añadido importante: el volumen se rebajó tanto que cualquier respiración resultaba molesta. Los camareros se las veían y deseaban para poder servir las bebidas sin que alguien les chistara y hacer un comentario a un amigo se volvía poco menos que un acto irrespetuoso que no cuajaba con la ceremonia. El escenario, todo negro y con los músicos vestidos de negro, iba desgranando una a una las piezas de “Casa” como si se tratara de un rito iniciático y la enorme cantidad de japoneses que había en La Riviera empezaban a preguntarse dónde estaba “su” Sakamoto.

Llegado a este punto uno añoraba el magnífico trabajo que han hecho en disco el nipón y los Morelenbaum. Uno lo coge y puede disfrutarlo en su casa sin necesidad de manierismos ni acompañamientos formales: puede subir el volumen hasta que la música le envuelve y servirse una copa sin miedo a que el hielo tintinee. Es más: parece que las melodías de Jobim le entran a uno mejor así que teniendo que girar el cuerpo para pegar la oreja al aire a ver si se entera de algo. En La Riviera daba la impresión de que el hombre que ejercía de batería estaba allí como contratado con media paga: parecía que se reprimía para no golpear sus platos (con escobillas) por si hacía ruido al mover los pies.

Muchos opinaban que el recinto no era el adecuado, demasiado grande y desalmado. Particularmente, no estoy de acuerdo: quien se tiene que encargar de hacer el recinto acogedor y poner el alma son los artistas. Y no creo que fuera tan difícil cuando uno viene cargado de un repertorio incontestable y se ejecuta de una manera tan original como sofisticada. La cuestión es que hay que ponerle una cierta gracia al asunto, querer contactar con el público y hacerle sentir.

Si lo que se desea es dar a la música de Jobim el mismo aire de pijerío que se ha impuesto en la música sinfónica la propuesta de Sakamoto y compañía era la adecuada. Si, por el contrario, lo que se desea es hacer un concierto que se recuerde, evidentemente no.

E.P.

Arriba