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Javier Paxariño

Galileo. 26 de septiembre de 2002

El acercamiento que Javier Paxariño ha realizado a la música tradicional y que mostró en “Ouroboros”, su último trabajo, queda mucho más patente cuando se sube a un escenario. Es entonces cuando, abrigado por todo el personal con el que ha contado para grabar, despliega un escaparate de instrumentos propio de unos grandes almacenes y los da vida con un enorme sabor a tierra y raíces. Esa es, al menos, la línea principal que dibujó la presentación de sus nuevos temas en el Galileo Galilei.

Muy hablador, Javier insistió en explicar la génesis de cada una de las piezas que, a continuación, desgranaba junto a sus compañeros. Cada una de ellas surge de un experimento de fusión que no duda en entrelazar sonidos tradicionales de las más diversas partes de los países mediterráneos. De ese modo, un vals puede darse una vuelta por Andalucía para terminar ofreciendo los compases de una música decadente que, queriendo o no, recuerda la ambientación francesa. Con las mismas, una danza de Cerdeña termina su viaje en Galicia o una melodía de aire sefardí se inmiscuye con libertad dentro de canales mucho más peninsulares.

El modo en que Paxariño lee la tradición musical cercana es asombroso: lo asume como un todo común que llena el bombo de un sorteo de lotería. El mete dentro su mano y saca un origen y un destino dejándose para sí el viaje intermedio. Tampoco duda en hacer trampas y mirar de reojo a la hora de sacar las bolas: si un origen no le gusta coge otro y aparta el primero. La cuestión es que todo ajuste en el puzzle final que tiene preparado para su amplia colección de instrumentos de viento.

A fin de amenizar el viaje Javier cuenta con compañeros que no solamente aportan bocadillo y conversación. Cada uno de ellos es un virtuoso de lo suyo y comparte con el granadino inquietudes y curiosidad. De ese modo, todo brilla de un modo especial cuando Carlos Beceiro o Eliseo Parra, por ejemplo, aportan su granito de arena dándole a todo un empaque que se agradece. Tal era el resultado que daba la impresión de que, en medio de una seguidilla, el público iba a salir a bailar contagiado de la vitalidad que surgía del escenario.

También hubo, en un set de casi hora y media, tiempo para una música más distante y personal. Eran los momentos en los que Javier desconectaba del sorteo, elegía un universo propio e, incluso, no dudaba en dejar el escenario casi desnudo para que las sonoridades elegidas tuvieran más espacio. Recuperó alguno de sus clásicos, pero, prácticamente, todo el concierto se tiñó de “Ouroboros” dando testimonio de que la nueva lectura musical de Paxariño busca más en Europa que en mundos más lejanos.

Un acierto, a tenor del resultado.

E.P.

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