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Es hora de reconocerlo: muchos de nosotros
ODIAMOS a los niños de papá. Sobre todo, cuando van de artistas y, especialmente,
cuando se niegan a mirarse en el espejo y reconocer su falta de proyecto creativo.
Paulina Rubio fue una de aquellas “cantantes prefabricadas con cuerpos posconstruidos”
que lanzaba Televisa a través de discos, culebrones, películas, revistas…
Ahora es una estrella diminuta que vende una dinámica sexualidad musical con
lejanos ecos latinos. Paulina Rubio y los cantantes famosos desde la cuna
Las dinastías Pop Es un fenómeno frecuente en España y en Latinoamérica. Diríamos que es el síndrome del hijo --o la hija-- de famoso --o famosa o famosos-- con ambiciones ¿artísticas?. No; debemos afinar: ambiciones de estrellato. Esas criaturas consideran que, con el único pasaporte de la sangre, tienen derecho de entrada en primera división del “show business”. Y es cierto: llevan mucho ganado. Han conocido desde que tienen uso de razón el ecosistema de la prensa rosa, se han codeado con ilustres amigos de sus padres, han disfrutado de una formación cosmopolita, tienen contactos con productores y ejecutivos capaces de lanzar estrellas… Parte de esos retoños terminan desembocando en la música pop. Una elección con lógica: el mundo del cine es más difícil, tiene filtros más rigurosos… y el éxito depende de caer en los proyectos adecuados, de imponderables como el guión y el director y los compañeros de reparto. La música resulta una opción profesional mucho más benévola: el público es menos exigente y tiende a perdonar errores de juventud. A diferencia de las tareas de actor o actriz, las dotes de cantante (o su ausencia) tienen una importancia relativa en el Planeta Pop; se magnifican en el estudio de grabación y se disimulan en directo con el poderío de los instrumentistas, con el revuelo de los bailarines, con el vértigo del show audiovisual; de hecho, con un poco de habilidad, se puede hacer “play back” y sólo protestaran unos críticos avinagrados y algunos envidiosos de la profesión. Por naturaleza, el cantante pop es cambiante. Tiene un vestuario sonoro amplio que renueva cada temporada recurriendo a una gama infinita de compositores, productores, músicos de alquiler… ¿Para qué crearse un estilo propio, con lo que tiene de búsqueda, de sudor o de ejercicio de introspección? Mejor tomar de aquí y de allá, flirtear con las modas, ejercer de camaleón de “boutique”… Triunfar sin sufrir demasiado Normalmente, el Hijo de Famoso empieza con música juvenil, pop sin pretensiones, chicle barato. Perfecto: a partir de tan humilde peldaño sólo puede ascender. Así, cada cambio es celebrado como un acto de madurez. Cualquier modificación en su estrategia artística sirve para ponerse medallas. ¡Compone (algunas de) sus propias canciones! ¡Hace un disco personal! ¡Canta desenchufado! ¡Interpreta un tema de Nacha Pop! ¡Deja que Carlos Jean le remezcle! Lo que en los artistas normales sería un paso lógico más, en el caso del Hijo de Famoso se toma como un Triunfo de la Voluntad, palmaditas en la espalda y mucha tinta derramada por entregados plumillas: “ya sabía yo que XX tenía talento, pero, pobre, la compañía no le dejaba expresarse”. De lo que nunca se habla es de originalidad. ¿Para qué? Basta con estudiarse los discos, los vídeos, las entrevista de, digamos, Madonna. La experiencia iniciática de los cantantes suele pasar por una educación no convencional en la experiencia musical. El surgimiento da necesidad de cantar, solo o en compañía. Los primeros grupos, con sus agobiantes locales de ensayo y las actuaciones por cantidades ridículas. El foqueo ante públicos tolerantes o cabrones. La definición de una personalidad, la construcción de un repertorio, la búsqueda de una oportunidad… Paulina y sus afortunados colegas se evitaron esos enojosos pasos previos. De hecho, Paulina se formó en una escuela de famosos: la de Televisa. El de los Azcárraga es un imperio creado bajo condiciones privilegiadas, cercanas al monopolio, equivalente en la esfera mediática de lo que suponía el PRI en la política. Tanto en su época radiofónica como en la etapa televisiva, los Azcárraga exigían sumisión --es decir, exclusividad-- a sus cantantes, sus actores protegidos. Señores feudales de su talento, consideraban alta traición que trabajaran, aunque fuera ocasionalmente, para la competencia. La leyenda de Emilio Azcárraga, alias “El Tigre”, cuenta con numerosas anécdotas: favoritos que fueron condenados al ostracismo, pecadores que fueron indultados tras arrastrarse pidiendo perdón… La fábrica de Madonnas
No exageraba demasiado. Televisa contaba en San Angel, uno de los más bellos barrios de la capital de México, con el famoso Centro de Capacitación Actoral, por donde pasaban los futuros actores y cantantes de Televisa (y alguna de las novias de Azcárraga, como Adriana Abascal, ahora señora de Villalonga). Poco se sabe de lo que ocurría realmente en aquel lugar, inspiración de la Academia de “Operación Triunfo”. Alaska tuvo la oportunidad de entrar allí: “Fue hace años y nos encontramos con Thalía, Paulina Rubio y demás machacándose con el aerobic. Nos miraron como si fuéramos marcianos y nos fuimos antes de tiempo. No parecía nada divertida aquella vida”. Paulina y Thalía coincidieron en Timbiriche, un sucedáneo del grupo portorriqueño Menudo al gusto de Televisa, es decir, con chicos y chicas cuidadosamente seleccionados para que no hubiera ninguna representación de la mayoría de los mexicanos (mestizos, indios). Timbiriche reciclaba el pop anglosajón y servía de cantera para las telenovelas juveniles de Televisa (también importaban a figuras caribeñas como Ricky Martin o Chayanne). Unas series concebidas por el mismo creador del Timbiriche, un antiguo apasionado del rock llamado Luis de los Llanos Jr., otro ejemplo de la pavorosa capacidad de México para enderezar a sus rebeldes, convertirles en renegados bien pagados y encaminarlos a las tareas más innobles, como consolidar el racismo secreto. La moderna vedette En una celebrada definición, Televisa se especializó en “cantantes prefabricados con cuerpos posconstruidos”. Paulina era una de aquellas estrellitas insoportables, pero --cuidado-- ha sabido reciclarse para los tiempos modernos. Aunque su voz sea mínima, sabe sacarle rendimiento erótico con canciones pegajosas y mercenarios de Miami, Los Angeles o Nueva York. En sus entrevistas y ruedas de prensa resulta descacharrante. En directo es un cañoncito que lanza confeti sonoro. ¿Es entretenimiento? ¿Es arte? Respectivamente, sí y no. En realidad, ella es la versión “dance” de las vedettes de toda la vida. Y aún… creo que, sin focos, sólo he coincidido una vez con Paulina. Eran los preliminares de la entrega de Premios Ondas de 2001, en un palacete del Ayuntamiento de Barcelona. Allí estaban los premiados, los políticos, los ejecutivos de PRISA, la prensa… Paulina se movía entre la multitud, haciendo relaciones públicas. A su lado, y detrás de ella, un incongruente par de guardaespaldas. En su cara un pavor apenas disimulado. No pude saber si estaba agobiada por la competencia de tantos famosos en las mismas coordenadas espacio-tiempo o si intentaba ocultar un alma de cervatillo asustado. Pero no. Me niego a la compasión, si eso es lo que procedía. Vi un hermoso estuche para una cabeza poco habituada a lo que no sea la realidad virtual en la que ha elegido habitar. Cuando nadie está al lado para echar el freno suelta cosas pintorescas que revelan su cósmico despiste, su pijerío de niña rica. Como en aquella rueda de prensa española en la que proclamó que su próximo disco iba a contar con Armando Manzanero y Manu Chao. Intenta imaginarlo. ¿No puedes? Yo tampoco, pero no hay miedo de que semejante engendro se materialice. Esta es la artista que, en la biografía promocional de “Border girl”, proclamaba como idea suya --atención, una “Idea” de Paulina-- el grabar “I was made for lovin’you”, la balada-disco de Kiss, gran audacia. Y se congratulaba de que la compañía aprobó su “Idea”. Este es el patético margen de libertad en que se mueven las decisiones artísticas de nuestros Hijos de Famosos. Se creen Dueños de su Destino y son Marionetas. En el contexto de México, digamos que Paulina Rubio es como Vicente Fox, el actual presidente de aquel país, es decir, un atropellado proyecto de modernización, un babeante México mirando hacia Estados Unidos y que choca con los límites de su realidad. En el caso de Paulina, con los límites de su escueto talento, de su paupérrimo horizonte artístico. Diego A. Manrique
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