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José Ignacio Lapido

El Sol. 13 de abril de 2002

La música del ex-091 ha llegado a tal momento de sofisticación que empieza a requerir elementos añadidos para que sea disfrutada en plenitud. Sus trabajos en solitario abundan en la riqueza de las letras y deja bastante de lado una intensidad sonora que se respiraba en su antigua banda. Lapido, actualmente, es más un cantautor de corte rockero que un rockero con buenas letras. Y, en base a ello, su puesta en escena no puede considerarse completa si sus textos no se entienden a la perfección. Puede valer, lógicamente, para el fan que se sabe sus canciones al dedillo, pero no para quien se acerca a verle convencido de que va a descubrir algo de valor.

En El Sol el sonido no le acompañó. No porque sonara mal, sino porque abundó en la limpieza de los instrumentos o porque Lapido no tiene una voz tan revoltosa como para imponerse a un par de guitarras. De ese modo, las canciones fueron cayendo como pedazos de poemas expandidos sin más unión que la melodía de los instrumentos y los ritmos de medio tiempo que dominaron el concierto. De vez en cuando, José Ignacio dejaba caer un guiño al pasado y aceleraba las guitarras hasta tener que doblar el cuerpo, pero, básicamente, sus canciones estaban pensadas para que la voz fuera el hilo conductor de las mismas. Y eso supuso que, en demasiados casos, las sugerentes piezas del andaluz se quedaran sólo para ser disfrutadas en su estructura y armazón.

Con todo, aunque se coloque en un segundo plano, la música que Lapido y sus compañeros colocan en sus piezas no es una cuestión de relleno. Al contrario: se cuida y formaliza con el ánimo de llevar al oyente allá donde quiere el autor. No es este hombre una bala andante ni un joven con sobrecarga de hormonas: se presenta con traje y adereza sus temas de modo que la sugerencia sea una especia más para aliñar sus platos.

Su directo es firme, consistente y tremendamente agradable, sin altibajos de consideración y con una línea general que abunda en el pop rock con carta de naturaleza.

En resumen, una oferta agradabilísima para terminar un sábado, aunque uno saliera de la sala con el regustillo de que le gustaría más haberle escuchado en toda su intensidad, con sus poemas cayendo por los altavoces tal y como sugieren sus obras discográficas.

E.P.

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