Enemigos
La Riviera. 5, 6 y 7 de abril de 2002
Si
tenían que despedirse no lo pudieron hacer de un modo más elegante. Puede
haber rockeros que sean anti cualquier cosa y cuyo mayor placer sea darle
al litro, pero Enemigos, ante todo, son unos señores (independientemente de
lo otro). Y los señores, cuando se van, lo hacen por la puerta indicada, saludando
al personal y dejando el grato recuerdo de su visita. A los Enemigos no se
les podrá olvidar mientras que en esta ciudad siga habiendo un grupo de rock.
En estos momentos ya da lo mismo que los medios de comunicación no estén a
la altura de las circunstancias y que un hecho como éste sea menos trascendente
para ellos que los calcetines de Raúl o los triunfadores de “Operación Triunfo”.
Para saber estar, ya están Josele, Chema, Fino y Manolo. Y eso es una virtud
que no se agota aun cuando se de por cerrada su etapa musical juntos.
Cuando
uno va a dar el adiós a una de las bandas míticas (sí, por qué no) de esta
ciudad (¿país incluso?) lo que más desea es que el recuerdo del hecho permanezca
y que la tristeza de la desaparición se tiña con la alegría de un buen concierto.
El cuarteto, reforzado por Pablo Novoa, no dio un buen concierto: dio tres…
y enormes. Hasta tres horas tuvieron el escenario ocupado en el último de
ellos sin dejar en el cajón absolutamente ninguna canción que el más exigente
fan pudiera esperar. Era la última posibilidad y no escatimaron entrega, ni
en material ni en actitud.
Puede que, puestos a poner pegas, alguno echara de menos algún
invitado (sólo compartió escenario con ellos Julián Hernández; Raimundo Amador
y Manolo UVI se apuntaron a la traca final), pero… ¿para qué? Creo que todos
los músicos de Madrid se habrían negado en pleno a restar a los Enemigos un
segundo de atención, una mirada o un aplauso en el día del que se trataba.
Los amigos están para eso: para ayudarte cuando hace falta y aplaudirte cuando
no.
Y
es que, hay que admitirlo, los Enemigos se nos van en el mejor momento, en
aquél en el que el entendimiento entre sus miembros es total cuando se presentan
en vivo y en el que su equipo de directo (técnicos, luces…) es un verdadero
aluvión. Es una verdadera lástima que todo el talento que surge cuando están
juntos pese menos, en la jerarquía del cuarteto, que el sentirse a gusto consigo
mismo. Verlos en directo en el último año ha sido como ver crecer a un cachorro:
si ya lo hacían bien antes de comenzar la gira de “Obras escocidas”, a lo
largo de este tiempo no han hecho sino mejorar, mostrar capacidad y exhibirse
como una de las mejores bandas que, en España, pueden ponerse delante del
público sin necesidad de imitar a nadie que hable inglés.
Su despedida abordó todas sus facetas: sus mejores canciones,
sus aventuras (Fino cantando, por ejemplo), sus tiempos variados, sus letras
imprescindibles y, sobre todo, su capacidad para crear comunicación allá donde
exista buena gente. Reunir encima del escenario a casi todos los responsables
de que la banda haya terminado siendo lo que es no viene sino a demostrar
que uno de los mejores grupos de rock de este planeta no tiene por qué ser,
en el fondo, más que un grupo de amigos con una pasión y una capacidad por
encima de lo normal.
E.P.