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La vida en la carretera (III)

Guía gastronómica

La salida al concierto se hace temprano. Todo empieza en el local de ensayo o, más bien, en una cafetería de las que sirven churros, café, zumo y sadwiches mixtos. Es pronto para pensar en la pitanza, pero, pasados unos kilómetros dedicados a la somnolencia o a olvidar el resacón, las tripas rugen al ritmo del motor de la furgoneta. Es tiempo de parar a comer algo. Pero, ¡ojo! Eso no es tan sencillo: las sartenes y cazuelas estatales que aguardan en los cruces de caminos preparan intragable rancho y suculentas viandas. Hay que guiarse por la intuición: sólo los más curtidos aciertan. Es cuestión de no perder ni tiempo, ni dinero, ni salud: “¡Camarero! ¡Traiga el menú!”

por Kike Babas y Kike Turrón con ilustración de Mart

De primero… aprendiendo.

En las primeras salidas de un grupo fuera de su comarca el concepto gastronomía se limita a bocadillos de mortadela, latas de cerveza y química que sustituye (y muy efectivamente) las ganas de comer. “Nos gusta viajar, conocer peña, recoger al primer autostopista que veamos y, de comer, bocatas y filetes empanados… Por ahora el caché sólo da para la furgoneta y para la gasolina”,  comentan los sufridos Gérmenes, de Sevilla, que aun llevando años, no han logrado llegar al menú básico de siete euros en recónditos baretos de provincia. Los más veteranos también conocen ese status, el de los bocadillos: “Yo no era de comer; no era algo que te pudieras permitir y comía siempre en casa. Comida casera y, de repente,… ¡hostias!”, dice Rosendo Mercado mirando a los tiempos en que el feto del rock en la panza de este país estaba engendrándose, y continúa: “tampoco bebía vino, y luego descubres cosas… Con el tiempo le vas viendo la gracia y vas diferenciando un vino de un lado y de otro: son alicientes extras. Bien alimentado se curra de otra manera”.

El camino del aprendizaje no siempre es recto, así que uno se inventa, a su manera (una vez más dependiendo de las limitaciones económicas), su hoja de ruta y, como nos cuenta Fino Oyonarte, a veces hay que fijarse en quienes ya están arriba para tomar nota y apuntarse al carro. Claro, que hasta para aprender hay que tener ojo. “Era muy al principio. Los Enemigos veníamos de Avilés, al día siguiente tocábamos en Badajoz y paramos en Toro, donde tocaba Radio Futura. Eramos amiguetes y ensayábamos en el mismo local, así que paramos a verles. Nos dedicaron una canción y nos fuimos con ellos al hotel. Por la noche, borrachos perdidos, comimos de su cena fría. Lo suyo era de nivel: su jamoncito pata negra, su buen queso, sus vinos… Al final se fueron ellos de la cena y nos quedamos allí bebiendo: nos fuimos bien puestos. Josele se fue a acostar en la cama y cayó al suelo: allí se quedó. Artemio se metió en una servilleta todo el lomo, un montón de chorizo… todo lo que había sobrado. Por la mañana nos levantamos y, al ver todo aquello en una servilleta, abrimos la ventana y lo tiramos sin mirar. De pronto nos asomamos y resulta que había una piscina debajo: una piscina llena de rodajas de chorizo, lomo, salchichón y el típico tío bañándose y mirando hacia arriba…”

Lo cierto es que, en inicio, es pura y llanamente la economía la que manda en el menú que los grupos ingieren de gira. Luego, si la suerte acompaña y se tiene una cierta curiosidad culinaria, se abre un mundo de posibilidades muy amplio. De hecho, los grupos, en cualquiera de los casos y en cuanto pueden, prefieren ponerse en manos de los aguerridos y experimentados road managers. “Siempre hay algún road manager que, además de con nosotros, ha viajado con veinte grupos, gente que ya está harta de viajar y tiene una lista de sitios, tanto de los que sí como de los que no. Porque también hay sitios en los que paras y dices: ‘¡joder. Táchalo ya porque no vuelvo! Pero realmente es uno de los alicientes y, si te lo puedes permitir, ya se cuenta con ello. Eso te da pie, además, a conocer el carácter de las zonas, ya que cada sitio tiene su encanto. Porque, sobre todo, tienes mucho tiempo de tu vida en la carretera, tienes que sacarle algo más”, sentencia Rosendo.

De segundo… descubriendo

Bien es sabido --y no es chauvinismo-- que aquí se zampa como en muy pocos sitios en el mundo: la dieta mediterránea y todo eso… Puestos en ruta, las recomendaciones varían según al punto cardinal al que nos dirijamos. En todos podemos encontrar una reconfortante fonda donde, además de una sonrisa, se nos sirva impresionante condumio. Los grupos toman nota y aplican esa cultura patria aprendida en la vida cotidiana, como nos cuenta Johnny de Burning: “España es la hostia. En cada comarca que pares tienen su especialidad. A lo mejor lo pruebas y no puedes con ello, no te entra, pero otras veces te quedas encantado. Yo, entonces, le digo a mi nena: ‘¡eh! ¿Preparamos un poco de esto?’ Es que viajar no es sólo ir a tocar: hay que relacionarse con la gente, ver, probar, los atardeceres… Creo que no hay que ser muy radical para nada”.

Sin embargo, la polémica está servida, ya que cada región apunta la suya como la mejor para comer. El experimentado manager gallego Carlos Mariño, cabeza visible de Spanish Bombs, encargada de llevar los asuntos de Dover entre otros, nos cuenta :”yo soy de quienes opina que en Andalucía se come que te cagas. Existe un tópico que dice que allí no se come bien; tal vez sea más difícil encontrar sitios guapos, pero, si controlas y preguntas bien, siempre hay sitios de puta madre: en Granada, en Cataluña, en Asturias, en Euskadi… En el norte se come muy bien, pero en el centro es de la hostia: el corderito en Burgos o en Ciudad Real, las patas de cordero en Logroño…” La opinión de Carlos contrasta con la de Mariano, experimentado road manager que ha trabajado duro la carretera con Planetas, Enemigos, Marañones y muchos más, y nos muestra, sin pelos en la lengua, su opinión al respecto: “aunque cada región tiene sus cosas, creo que la palma se la llevan Euskadi y Galicia. O Asturias… ¿Dónde están las vacas? ¿Dónde está el pescado? Yo soy de Murcia y allí la huerta muy bien, pero la carne está en la otra cornisa, en la cantábrica”.

El mítico Johnny nos lanza otra curtida recomendación que otros ya nos han repetido: “jamás comáis en las autopistas. Nosotros conocemos sitios claves, gente adorable, encantadora…. aunque también hay sitios donde, por las pintas, sabes nada más cruzar la puerta que no serás bien recibido. ¡Yo qué sé! Tenemos esta forma de ser. La gente primero planta el paragolpes”. En lo mismo reincide Viry, que, como conductor de furgonetas, sabe lo que hay en las carreteras: “Si vas por una autovía está bien: te puedes escapar a un pueblo y comer bien. Si andas por autopista te toca comer mierda: lomo con patatas recalentado, bocatas congelados y mierda, mucha mierda”. Y él mismo nos muestra algunas claves para que el músico no quede decepcionado ni el estomago resentido: “simplemente trato de que no haya que salirse demasiado lejos de la ruta. Preguntas a alguien y te indica siempre el peor… y la cagas; entonces el músico te hecha la charla. Hay veces que el grupo no tiene mucha pasta; entonces tiras de bocata de gasolinera y punto. Otra posibilidad es la de buscar el lugar donde estén aparcados muchos camiones. No falla, aunque ahí no me mola mucho; te meten un primer plato de guiso y de segundo lo que sea. Acabas sobado y conducir resulta una pesadez”.

Carlos Mariño, finalmente, analiza la labor educativo culinaria del rock and roll: “El rock, por supuesto, puede servir para aprender: es culturizarte. Y culturizarte en todos los sentidos, empezando por la comida y llegando hasta las copas. Los grupos, en general, hoy en día, aprecian mucho lo de descubrir lugares; todos aprecian cuando les enseñas, cuando les llevas a un sitio que mola… A Dover les encanta ir a los sitios típicos de la zona, por ejemplo. Lo malo de la carretera es que a veces no tienes tiempo y no controlas tanto la zona. Yo, en Galicia, siempre llevo a los grupos a sitios como O Grove. Siempre: Enemigos, Reincidentes, Australian Blonde, Sexy Sadie, Planetas, Dover…”

De tercero… acertando

Cerrando el capítulo, llegamos a la ansiada lista de los lugares a los que acudir estando en ruta. No todos comemos lo mismo, pero, orientativamente, nos puede servir de improvisada guía Michelín. Empecemos por una primera recomendación de Rosendo: “Nosotros somos carnaqueros. Hay uno en Burgos, el Lema, en el que te hacen un cordero tal que yo he dejado de comerlo en otro sitio. Sólo lo como ahí: ya no me gusta en ningún otro lado. Y no tiene más que ensalada de lechuga para acompañarlo un poco. Vino de mesa y casera, bancos de madera corridos y manteles de papel, pero ese cordero no lo hay en toda España. Y mira que llevamos años”. Quiño también muestra alguna predilección: “hay un sitio que me alucina que está yendo a León, en Baldemimbre. Son unas cuevas que tienen como respiraderos. El tío, que se llama Iñaki, ha puesto ahí altavoces y suena la música muy alucinante. Se come muy bien y todo está lleno de obras de arte y decorado con velas”. Mariño conoce su región al dedillo y algunos de sus grupos son de morrito fino, y eso obliga: “el Teodora de Arzúa es el primero: un caldo gallego que te pone las pilas es poción mágica. La segunda especialidad es el estofado de lengua, muy rico, y la merlucita gallega. Las almejas también son básicas, riquísimas; y, claro, el queixo de Arzúa. El Oburato de Malpica, con sus percebitos ricos ricos, y cualquier tipo de pescado: lubina, dorada, bacalao, merluza… También el Finisterre en O Grove, Pontevedra: ahí no hay que perderse el bogavante con arroz”. Manolo Benítez, de Enemigos, certifica el dato: “en el Teodora, en Arzúa, ponen las almejas riquísimas. Y la carne, y todo. Es alucinante: hemos llevado allí a mucha gente a comer y todos han quedado encantados”.

Algunos puntos de avituallamiento, como nos cuenta Rosendo, son ya legendarios, tanto o más que los grupos que los visitan: “conozco a un chaval que tiene una bodega en Almansa que, ya en la época de Leño, venía a vernos. No sé cómo se nos presentó un día, pero el caso es que nos llevó a su bodega familiar y allí tenía un tonel de hacia mil años ¡con un reserva! Nos poníamos de vino hasta el culo y acabé siendo padrino de una hija suya, un rollo casi familiar. Se hacen amistades que de otra manera no se hacen”.

Por el contrario, Viry nos muestra el otro lado de la moneda: “hay uno en el que jode parar, el Casa Pepe, en Despeñaperros, el bar más facha que hay en toda España. Paré ahí con Funkadelica, un grupo anglo italiano de música electrónica. Hice la prueba. Por lo que me habían contado pensé que tenían un rinconcito con motivos franquistas o algo así, pero no: ¡hasta los camareros tenían el polo con la bandera de España! Todo lleno de banderas, de fotos: aceite de oliva español. Se come de puta madre, por lo visto. Yo me pillé un bocata de jamón y me marché; me daba cargo de conciencia dejar el dinero ahí”. Rosendo insiste no sólo en comer bien, sino en lograr un cálido ambiente de camaradería con los dueños de las fondas: “Hay uno en Valencia, La Venta de L’home, que, desde que lo conocemos, hace ya ocho o diez años, raro es el año que no coincidamos por ahí, a la ida o a la vuelta. Además ya tenemos rollo con la gente, con los camareros y con los cocineros: nos conocen, vienen a los conciertos, se enrollan… En algunos casos te llevan a un reservado para que te des los homenajes que quieras. Tiene piscina y terracita, así que, en verano, mientras te ponen la mesa, te estás dando un bañito y luego sales y comes en bañador: un gustazo”. Mariano nos completa la guía para salir bien comido y aguantar el envite de un largo día de trabajo que culminará con la actuación del grupo: “punto obligado es, en Murcia, La Tasca El Molinero, que está en la huerta, rodeado de limoneros. Allí hacen cordero a la brasa con sus ensaladas espléndidas. En el lado opuesto está El Caserío A Masa, en Villabona, al lado de los estudios IZ. Ahora voy mucho a Valladolid, a unas cuevas en Fonsaldaña que son bodegas reconvertidas en restaurante: tienen un vino joven exquisito y lo suyo son las carnes; se llama La Sorvona. En Valencia está La Pepica para cualquier tipo de arroz; su especialidad es el arroz Pepica, con gambitas peladas y buen pescado. Está en la Malvarrosa”.

Por último, Johnny nos da un último vistazo a su particular guía culinaria: “recomiendo en La Almunia de Doña Godina, camino de Zaragoza, un sitio llamado La Bodega. Allí está Manolo, con sus corderitos y su buen rollo. Recuerdo ahora otro sitio en Galicia… ¡una camarera con unos ojos preciosos! Esto me lleva a recomendar el Flamingo, no el de Rafita Fustes, a quien le han cerrado el bar (un abrazo desde aquí), sino un club donde he visto las chicas más bonitas que se puedan encontrar en Navarra. Cuando son las tres de la mañana y llegas de un concierto es muy bonito una sonrisa y una mirada. Incluso poner un compact, porque en estos sitios tienen música muy hortera; entonces llegas con los Stones, cambias el club y lo haces nuestro. Es muy adorable. Un saludo para todas esas chicas que nos cuidan”. En fin: Johnny habla de otro tipo de comida que no tratamos en este capitulo. Ya veremos más adelante.

Capítulo 1: La vida en la carretera
Capítulo 2: Los olvidados
Capítulo 4: La Benemérita
Capitulo 5: Por el guiri
Capítulo 6: Los runners
Capítulo 7: Entretenerse en la furgo
Capítulo 8: Accidentes imprevistos y otros baches
Capítulo 9: Touring in Spain
Capítulo 10: Escenas escatológicas
Capítulo 11: Fuerzas de la ley vs. rock'n'roll
Capítulo 12: El baúl, con tachuelas, de la Piquer
Capítulo 13: En carne propia

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