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Novedades editoriales en relación a la música española. Mayo de 2002 Cimientos para la cultura pop española Es buena noticia; están saliendo en España abundantes libros sobre la música pop. El éxito de la muy discutida biografía de Joaquín Sabina parece haber animado incluso a editoriales grandes, aunque muchas prefieren optar por la traducción de libros centrados en grandes figuras tipo Janis Joplin o David Bowie. Diego A. Manrique se lanza a la piscina-biblioteca. Ya hablábamos aquí (ver TODAS LAS NOVEDADES nº 78) de la asombrosa avalancha de libros musicales en inglés, sobre todo en la modalidad de autobiografías. No ocurre aquí nada parecido, pero, finalmente, en España se empieza a explorar la música nacional. Ya era hora: el pop y el rock han sufrido cuarenta años de abandono editorial y los libros son esenciales para fijar la memoria histórica, algo de lo que carecemos en estas músicas. Es de escándalo: más de cuatro decenios lleva sonando el Dúo Dinámico y resulta sintomático que “Dúo Dinámico. En la brecha-Memorias”, de La Esfera, sea el primer libro extenso sobre la pareja. Dos sonrisas de dentífrico
Aquí la música es secundaria y resulta maltratada. Y no hablo de errores como que se nos hable de “la muerte por sobredosis de heroína de Jimmi (sic) Hendrix” o que se liquide a Bruno Lomas en los años sesenta. Lo terrible es que el flujo del libro se rompa para reflejar hechos extramusicales por aquello imagino-- de dar empaque social al libro. Es una línea inaugurada por José Ramón Pardo y habría que darla por enterrada cuando no aporte nada al estudio del artista en cuestión. En “Dúo Dinámico. En la brecha-Memorias” nos enteramos de cómo vivió Pedro J. Ramírez --actual jefe del autor-- las turbulencias de 1968. Y se usan casi veinte páginas en contarnos los años inmediatamente anteriores y posteriores a la muerte de Franco con interminables citas de editoriales del Grupo Tácito, “Cuadernos para el Diálogo” o “Diario 16”. Hombre; no está justificado: ni los dinámicos fueron bestias políticas ni su cancionero reflejó aquellas turbulencias. En realidad, hasta el título del libro es engañoso. No hay tales “Memorias”, sino fragmentos de entrevistas que naufragan entre disgresiones como una exégesis de la famosa foto de la detención del Lute o un ataque a la Movida. Y si alguien esperaba encontrarse con evocaciones de golferío o secretos de la industria musical española (¡y de Miami!) puede irlo olvidando: el texto es blanco impoluto, voluntariamente despojado de sexo, drogas y rock’n’roll. Y eso que el Dúo siempre ha presumido en voz baja de haber “disfrutado” a tope de, al menos, los años sesenta. Puede que… Carlos Toro es colaborador del Dúo y eso coarta cualquier posible voluntad de acercarse fríamente a contar una historia que, al igual que ocurre en el caso Sabina, tardará en poder ser objeto de otro libro. Dice el abuelo…
No trata mucho Labordeta de sus labores de cantautor, aunque sí aparecen anécdotas pintorescas sobre giras. Debutó en Belchite y un paisano socarrón intentó desanimarle: “hijo, no vuelvas nunca más a cantar en público, eso es cosa de maricones”. Cuenta que Raimon impidió que su primer LP saliera en Edigsa, ya que aquella compañía tenía como exclusiva función “dar vida a las lenguas minoritarias”. Nunca se ha sentido a gusto en el “show business” y recuerda con horror que, cuando intentó funcionar con un grupo y se alejó de su circuito habitual, ya no podían pagarle el nuevo caché: “me comieron el coco los de la casa de discos y un manager ampuloso que me eché en Madrid”. Terminó volviendo a lo suyo, a actuar con un músico por “los pueblicos donde tan bien nos habían tratado y donde tan bien lo habíamos pasado”. Con abundantes fotos, “Banderas rotas” es un libro valioso, aunque parece pensado para el público que conoce a J. A. Labordeta por la política y, sobre todo, por sus andarines programas de televisión: no incluye ni una lista de sus discos. La auténtica década prodigiosa
Mientras tanto, resulta sonrojante que el conjunto español de los años sesenta mejor documentado sea Los Mustang. Su libro, “Los Mustang ¡Toda una historia!” (Editorial Milenio), está respaldado por abundante material gráfico y un completísimo apéndice discográfico. Su cantante, Santi Carulla, cuenta --¡en versos!-- sus andanzas. Aquí no encontrarás los dramas habituales de cualquier biografía rockera, la lucha para conseguir instrumentos y poder grabar. No. Los Mustang lo tuvieron todo desde el principio y --lo más extraordinario-- parece que se sintieron económica y espiritualmente satisfechos con traducir los éxitos de The Beatles y otros triunfadores foráneos. Festival de San Remo o “mersey beat”, aparentemente les daba lo mismo. Apenas grabaron canciones originales y, dejando aparte alguna colaboración del guitarrista Marco Rossi con los cineastas de la llamada “Escuela de Barcelona”, nunca manifestaron algo parecido a la inquietud artística. ¿Los cambios culturales del 68? Aparentemente, Carulla sólo sufrió al tener que renunciar a los trajes de tres piezas y tener que dejarse patillas y bigote. Y nos quedamos sin saber demasiado sobre su viaje a Cuba, aparte de lo obvio (que follaron una barbaridad). En la isla caribeña eran ídolos por una de aquellas peculiaridades del castrismo: para evitar que su juventud se contaminara con la música anglosajona sólo se permitía la radiación del pop español (y de los países socialistas, pero éste no era demasiado apreciado); muchos años después, los siempre nostálgicos exiliados cubanos les llevaron a Miami. Uno puede reírse de los ripios de Carulla, pero se agradece que se haya tomado ese esfuerzo. Los miembros de nuestros grupos modernos prefieren no sudar tanto. Un ejemplo: Santiago Auserón rechazó la posibilidad de comentar canción a canción la recopilación de letras de Radio Futura que Pre-Textos sacó en 1999. Guiris en la España franquista
Así, en la red de Oró caen Los Brincos, por los puntos filipinos de Junior y sus hermanos, o Juan y Junior. También, los citados Mustang, Los Bravos, Los Botines, Los Canarios, Conexión, Los Gatos Negros, Lone Star, Smash y todo grupo hispano que contó con músicos foráneos que comparten páginas con guiris, como The End, The Vampires, The Tomcats, Los Impala, Jess & James, Tony Ronald, Georgie Dann o Luis Aguilé. Abundan las anécdotas extraordinarias: los disturbios (auténticos) creados por Los Pop-Tops en Pamplona por aparecer semidesnudos sobre un escenario, los músicos españoles de Dave Allen and The Exotics manteniendo la boca cerrada para dar el pego de que son tan británicos como su cantante, las polémicas de la época (Gatos Negros criticando a Salvajes, la productora Marini Callejo arremetiendo contra los grupos yeyés…). Numerosas ilustraciones y fragmentos periodísticos te sitúan en aquellos tiempos de melenas y minifaldas donde cualquier disparate era posible (Junior se proclamaba descendiente de ¡Chopin!). Y las pegas. Alex Oró es un periodista de TV3 y proporciona el marco histórico, pero se expresa y argumenta como un fan de (la reduccionista) estética mod, en la línea de Alejandro “Flechazos” Díez. Así se cuelan despistes en músicas que no le interesan (Undrop eran dos suecos y un español, no “tres daneses”) o se recogen leyendas urbanas como que Luis Eduardo Aute --ya saben, nacido en Filipinas-- fue guitarrista de Manolo Escobar. Lástima que no se investigue en el mundillo de las discográficas: no se ha intentado conectar con el personaje de la trastienda más veces mencionado, el productor Alain Milhaud, que sigue en Madrid y conserva buena memoria. También, y esto es una carencia común a casi todas las editoriales españolas pero en la que Milenio no solía caer, se han olvidado del índice onomástico y, lo más grave, de corregir las pruebas: hay erratas en los nombres de Mick Jagger, Ray Davies o George Martin; la conjunción copulativa “y” tiende a catalanizarse en “i”. El autor y el responsable de la colección son conscientes del fallo y prometen remediarlo si hubiera una segunda edición. Diego A. Manrique El misterio de las canciones
De todos modos, “Vasos comunicantes” se deja leer abriéndolo por cualquier página o siguiendo el orden establecido por el autor, que permite contrastar opiniones yuxtapuestas (de ahí el título). Así, desde Nueva Jersey y Londres, Angelo Badalamenti y Tim Booth, de James, cuentan sus versiones de cómo se grabó “Booth and the bad angel”, su disco conjunto. Abundancia de enfoques: hay diálogos y piezas en las que sólo se oye la voz del artista, aparte de textos escritos específicamente para el libro, como los de Julián Hernández, Andy Chango, Brian Eno, Sergio Makaroff, Silvio Rodríguez o Sabino Méndez. Se encuentran entrevistas a dúo (Raimundo-Kiko Veneno, Nicky Wire-James Dean Bradfield, Tom Darnal-Bárbaro Teutor, Vainica Doble, Les Rita Mitsouko, Martin Gore-Andrew Fletcher, Debbie Harry-Chris Stein, Bono-Adam Clayton, Fito Páez-Joaquín Sabina, Joselo Rangel-Rubén Albarrán, los Chemical Brothers…), a trío (Radio Futura, la locuaz Courtney Love y sus socios de Hole, Bunbury con Calamaro y Antonio Carmona…), a cuarteto (los Sex Pistols y una sabrosa reunión de Julieta Venegas, Pedro Guerra, Lenine y Chico César)… En casi todas las páginas habla la experiencia y la inteligencia. El primer invitado es Iggy Pop. Cuenta que, para escribir una buena canción, “debes tener una vida. Por esto en el rock’n’roll ocurre con tanta frecuencia que las bandas nuevas reemplazan a las viejas: porque éstas se vuelven aburridas. Lo que sucede es que cuando alcanzas el éxito en el rock te metes más y más en el negocio, y el negocio aniquila la vida; y, si no hay vida, no hay una motivación por la que cantar. Entonces empiezas a cantar sobre lo que has leído en el periódico o sobre aquello que cantaste en el disco anterior que te resultó tan rentable”. El final del libro es un collage de conversaciones con Andrés Calamaro, que termina mostrado su creciente descentramiento. Suya es la última frase: “¿Cuál es la canción buena? ¿La que ayuda a cruzar la calle a los ancianos?”. Para los que quieran más calamarismos --y un retrato risueño del personaje antes de entrar en sus actuales aguas turbulentas-- se recomienda “Tirados en el pasto” (Biblioteca Efe Eme), trascripción de charlas entre Andrés y el filósofo Alejandro Rozitchner. Cosechado entre 1994 y 2001, “Vasos comunicantes” es la obra de un periodista apasionado que sabe escuchar y preguntar, que no duda en viajar para encontrar otras músicas, que ignora la “dirección asistida” de las grandes discográficas. Ahora: uno desearía que Bruno Galindo recopilara sus aventuras “on the road”, rescatando páginas del frustrado libro sobre Manu Chao y otras vivencias únicas, como cierta noche toledana en la casa de un músico de Tijuana…
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