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El saxofonista Javier Denis mantiene su línea autóctona con el segundo álbum de la Andalusí Jazz Band. Mayo de 2002 Cuestión de gladiadores
Y es que lo de ganar batallas es algo que se le da bien a este hombre. Ya de jovencito entabló su primer combate con Tabletón, banda innovadora donde las hubiera dentro del panorama andaluz y reconocida hoy por los más jóvenes desde que Extremoduro popularizara su peculiar “Mezclalina”. Posteriormente pasaría por Madera, Micropunto y Neobop para ir realizando un giro de ciento ochenta grados que le colocaría dentro de la vorágine jazzística del sur. La receta necesitaba todavía un poco de aliño y ese aliño vino directamente del Caribe, cuando Javier colaboró con Etna y la Unión Cubana. “En la época de Tabletón lo andaluz era lo más común de todo el grupo. Ahí se empezó a exteriorizar nuestra vena andaluza. Lo de Etna y la Unión Cubana, por su parte, fue el eslabón entre una cosa y otra. La raíz cubana y la andaluza tienen un parentesco común, muy cálido, y trabajar con músicos de ese país permite ver la hermandad entre ambas músicas”, comenta el saxofonista y compositor recordando aquellos tiempos. Sin embargo, crear el proyecto con la Andalusí Jazz Band entablaba mucho más riesgo que cualquier otro proyecto anterior, ya que, aparte de firmar por primera vez con su nombre, se introducía en un viaje sin posibilidad de retorno. “Con los títulos de los discos “--señala--” doy a entender las metas que me he propuesto con la música: ‘Origen’ era el reflejo de mis orígenes a partir de mis raíces y ‘Bajo el influjo’ habla de mi concepto musical, de mis influencias más grandes”. “Bajo el influjo” es, precisamente, el nuevo lanzamiento de Javier, un disco de alta consistencia no solamente desde el punto de vista técnico (casi imprescindible dentro del jazz hispano), sino también desde el artístico y emocional. “Lo que busco a estas alturas es reflejar que soy un músico andaluz. De algún modo eso sale solo, aunque al componer también se busca, ya que me adentro en el legado que tengo, proveniente tanto de los clásicos como de los músicos de jazz”. Las fuentes de las que beber, por tanto, no se quedan solamente en la colección de jazzmen norteamericanos que tanto parecen mandar en las predilecciones de los músicos españoles. Si el jazz patrio ha contado con un defecto crónico desde siempre ése ha sido la escasa personalidad que los compositores han puesto a la hora de mostrarse como son. Javier, por contra, tiene esa idea metida entre ceja y ceja y eso supone, como es predecible, un flotar entre dos aguas que es sinónimo de una cierta incomprensión. “El público español es más del estilo purista. Lo de Baldo o lo mío son trabajos arriesgados para hacerlos aquí, pero creo que la obligación del artista que se considere como tal es ser fiel a sus creencias, decir lo que siente”. Baldo Martínez, otro gladiador en la misma arena pero en distinto circo. Mientras que Javier se considera malagueño y andaluz por los cuatro costados (aunque nació en Zaragoza por esas cosas de la vida), Baldo se embebe en la tradición gallega redimensionándola desde el jazz. “Creo “--señala Javier--” que el andaluz es el jazz más autóctono de España, aunque no es que haya muchos músicos que lo trabajen como puede ser mi caso o el de Chano Domínguez. En Galicia Baldo Martínez también tiene una idea similar con respecto a la personalidad de su música”. La diferencia fundamental entre el uno y el otro son, lógicamente, las fuentes. Mientras que el gallego se entronca en la música popular, Javier pisa sobre seguro. Si de algo puede presumir Andalucía es de haber dejado consistentes personajes dentro de la música más exigente. Falla, Albéniz… son apellidos ilustres que condensan en sus obras la elegancia del buen compositor, la vanguardia de su momento y una recogida selectiva del cantar de las calles y los pueblos. Ambos compositores aparecen y desaparecen de un modo natural entre las notas de “Bajo el influjo” y se entretejen con soltura en formas evidentemente jazzies que marcan el devenir de la música de la Andalusí Jazz Band. “Veo el esquema típico del jazz un poco obsoleto para un compositor. Yo busco que haya una historia que contar y procuro contarla en varias partes. Para mí es más importante que haya variedad antes que evolucionar sobre una melodía. Deseo que el oyente se encuentre a gusto y que, dentro de las composiciones, los solos sean diferentes, que muestren el desarrollo de los temas”. ¿Ambicioso? Sí, evidentemente, pero la ambición nunca ha sido un defecto para un músico (acaso lo sea para algún cura católico, que lo pueda considerar un pecado). “Los discos de jazz que se hacen aquí se venden menos porque esa música ya está dicha por los americanos. Por donde estoy yo la cosa no ha despegado del todo. Faltan varios años para que la gente aprecie que estamos entregándonos por hacer algo original. Veo recompensa porque, de algún modo, los discos están ahí y eso supone el interés de una compañía por editarlos, pero hace falta una oportunidad de más alto nivel”, comenta Javier en lo que suena, tal vez, como la queja eterna del músico de jazz español. Porque lo triste, admitámoslo, es que propuestas como las plasmadas en “Origen” o “Bajo el influjo” tengan que supeditarse siempre al gusto del español por lo foráneo. No hay más que mirar, por ejemplo, a la programación de los festivales reyes para ver que a los músicos de aquí ni siquiera se les concede la oportunidad que tiene un maniquí en un escaparate transitado. “Ya estoy un poco cansado de seguir año tras año y ver que se nos mira de lado o por encima del hombro. Hay casi una actitud de menosprecio”, indica el saxofonista con una voz cargada de razón pero que evoca una desolación amarga. Y es que “Bajo el influjo” no nace (por desgracia) con vocación revolucionaria para que cambien esos caprichos. La obra es, ante todo, un reflejo personal que se acerca tanto a la innovación como a la tradición andaluza, pero no se dibuja como un “disco para tontos” en los que lo blandengue o el flamenquito tengan carta de naturaleza. Javier no se cansa de repetir que él no hace jazz flamenco ni flamenco jazz, algo evidente en cuanto se le escucha pero difícil de asimilar por quienes no encuentran una etiqueta resultona para esta muestra. “Quizás mis temas son demasiado densos para gente no introducida, pero es lo que llega cuando tratas de dar lo mejor de ti. Dentro del círculo restringido del jazz quedé satisfecho con ‘Origen’ porque tuvo muy buenas críticas y repercusión. El público, sin embargo, es más variopinto y tiene diferentes colores. Hay veces en las que no aprecias respuesta por su parte y resulta que luego ves que eso viene dado por la atención con la que están escuchando”. Se asume, por tanto, que “Bajo el influjo” no es el principio ni el fin de nada. Es una segunda entrega de un concepto musical tan atractivo como accesible pero con el enorme handicap de ser eminentemente español en un terreno ampliamente conquistado. “Tocar jazz americano no me hace tan feliz. Lo que sale editado en nuestro país está más pendiente de equipararse a lo americano que de crear algo personal. Lograr el nivel de su material, con nuestros medios, es imposible. No es algo que dependa de la calidad de la ejecución”, comenta. Que nadie se crea, tampoco, que lo entregado por Javier tiene siquiera relación con una vuelta al pasado más allá de lo explicado anteriormente: lo de Andalusí no es sino un reclamo, nada que ver con la música de los moriscos o con la época medieval. Actualmente Javier está preparando una gira que moverá su cuerpo y el de sus compañeros a través de casi cinco mil kilómetros de carretera. Puede sonar a mucho, pero, en realidad, no es sino el pan nuestro de cada día dentro del ambiente del jazz. “Yo entiendo lo difícil que es, hoy en día, mantener un club de jazz, pero, con todo, el panorama está realmente mal”, avisa con más razón que un santo. Y eso sí que es un problema serio a la hora de generar actividad dentro del estilo y de dar posibilidades a los artistas más jóvenes. Sin dudarlo un momento, uno considera que la desaparición de los clubs de jazz como tales (no se habla aquí de locales de copas que ocasionalmente pinchan esta música) afectan mucho más a este sector que la tan cacareada piratería. “No voy a ver mis discos en una manta porque no son discos de gran éxito. La piratería es una putada, pero, del mismo modo, genera difusión. Las compañías, o quien sea, tienen que asumir que los discos están carísimos. Se debería acabar con la piratería usando fórmulas adecuadas y una de ellas sería la de abaratar los discos. Lo más jodido de todo es que con ella se enriquece gente sin hacer ni aportar nada”. Humm. No seré yo quien desdiga la afirmación, pero se me ocurren unos cuantos nombres dentro de la lista de “los-más-vendidos” que se ponen las botas sin aportar nada. De todos modos, quiérase o no, el problema sigue vigente: dentro del jazz español es difícil vivir, pero, si además quieres hacer un jazz propio, el asunto resulta poco menos que imposible. “Entre disco y disco me he buscado la vida de una forma un poco jodida. El músico de jazz en España lo tiene muy mal. Todo este tiempo también lo he utilizado para desarrollar mis ideas, para ir a cosas más originales”, apunta Javier. El hecho tiene algo de positivo, ¿no? Tampoco la desesperación lleva a ningún sitio mientras que la constancia termina dando frutos como “Bajo el influjo”. E.P. Javier Denis. “Bajo el influjo”. Karonte
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