|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Elliott Murphy
Ya tenemos otra vez aquí a uno de nuestros cantautores favoritos, fiel a su cita. Murphy es de quienes parece necesitar grabar para vivir y, sea o no cierto, lo mejor es que no parece que esa necesidad esté reñida con la calidad. Hay otros artistas que graban de continuo y que, a cuenta de ello, hacen discos de los que se puede tirar la mitad y guardar la otra mitad en una lata quedándote únicamente con dos o tres canciones, pero el bueno de Elliott rara vez hace eso. En “Soul surfing” continúa la idea que ha venido mostrando en los últimos años, ésa en la que el rock’n’roll ha dejado de tener interés para él y en el que los instrumentos eléctricos son únicamente elementos de trabajo a fin de arreglar piezas o colocar determinadas sonoridades. El discurso de Murphy en esta etapa de su vida pasa por la música acústica y por una reverencia casi absoluta a sus textos. “Soul surfing” no se distingue, por tanto, mucho de sus álbumes anteriores, aunque, como viene siendo habitual, se surte de una colección de canciones que enamoran en dos escuchas. Este personaje tiene facilidad para llegar a la piel y da la impresión de que no le costara nada. Tiene una voz quedona, interesante, y una manera de escribir en la que la armónica o el piano aparecen siempre en el momento adecuado. Si bien en cada álbum se le va notando más la influencia del chansonier (él vive en Francia) su espíritu sigue reflejando el country rock americano hecho desde el mismo centro de la ciudad. Es como un vaquero perdido en Nueva York o un americano colgado de la torre Eiffiel. El papel de Olivier Durand, su colaborador en los últimos tiempos, pesa cada día más y eso también se nota. E.P.
|