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Dro celebra sus veinte años con la edición de veinte discolibros de algunas de las mayores figuras de la música de los 80. Marzo 2002 La edad ¿de oro? del pop español
La figura de una discográfica como Dro es tan propia de los primeros ochenta como los artistas que acogió en su seno. A principios de aquella década, la anquilosada escena industrial que trabajaba dentro de la música necesitaba una renovación de parámetros y Dro, junto a Lollipop, Tres Cripreses o Gasa, colaboraron a realizarla. Su aparición en la escena coincidió con un momento mágico que, visto desde la distancia, muchos han dado en llamar "La edad de oro del pop español". El apelativo hace una lógica alusión al programa televisivo dirigido y presentado por Paloma Chamorro dado que, desde la televisión pública (en aquellos tiempos no había otra), se convirtió en uno de los iconos mediáticos de aquella efervescencia. En 1992 Ariola puso en la calle un doble álbum que llevaba por título, precisamente, “La edad de oro del pop español”. El hecho de que, entre las canciones elegidas para el doble álbum recopilatorio, aparecieran temas de Radio Futura, Nacha Pop, Paraíso, Burning, Gabinete Caligari, La Mode, Ejecutivos Agresivos, Rubi y los Casinos, Zombies o Trastos identificaba al título con un período muy concreto de la creación musical de nuestro país. Muy pocas fechas después apareció uno de los primeros CD ROM que se comercializaban por entonces con la biografía y discografía de una inmensidad de grupos de la época y se utilizó el mismo título para su explotación comercial. De igual manera, en las últimas navidades, la propia Dro publicó un álbum quíntuple con el mismo título. Dado que dicha aparición coincidió con el anuncio de la colección de discolibros que ahora comentamos y con una buena cantidad de ediciones recopilatorias con artistas de aquellos años (la colección Lollipop editada por Ventura Music, la serie de discos que el diario “El País” lanza con sus ediciones dominicales…), no resulta extraño que el recuerdo a "La edad de oro del pop español" haya aumentado dentro de los medios de comunicación. Pero… ¿existió realmente una "edad de oro"? Para los madrileños, lo localizado como "edad de oro" es asociado, casi siempre, a lo que, en aquellos momentos, se dio en llamar "la movida madrileña". Sin embargo, a estas alturas, ya resulta obvio que la movida dejó tras sí muchos mejores recuerdos que resultados y que, en el fondo, sólo afectó a Madrid. No se puede dudar que, a principios de los ochenta, esta ciudad era santo y seña de casi todas las tendencias novedosas que aparecían no sólo dentro de la música: también se afincaron aquí incipientes cineastas, escritores noveles, pintores que buscaban sus referentes… Eso dio pie a uno de los momentos más vibrantes y anodinos en la historia de Madrid. La abundante organización de eventos culturales y festivos que realizaba el Ayuntamiento (Enrique Tierno Galván era, por entonces, el alcalde de Madrid) coincidía con un cambio social en el que la permisividad y la aceptación de lo novedoso parecían los dos pilares fundamentales del comportamiento ciudadano. A principios de los ochenta se dio a conocer una generación de jóvenes activos que no dudaron en constituir empresas a fin de apostar por sus ideas. Puede que aquellos ilusionados chavales fueran más jóvenes que empresarios, pero amparaban sus ilusiones en el modo en que, en otros países, las compañías independientes habían sido capaces de vivir dignamente favoreciendo una renovación estética. De ese modo surgieron locales que, fuera de la norma, comenzaron a programar conciertos en directo, tiendas de discos que sólo vendían material de importación, salas de cine dedicadas a dar a conocer a los nuevos valores cinematográficos o especializadas en cine musical y, por supuesto, compañías discográficas que pretendían dar a sus artistas la misma relevancia a nivel nacional que la que obtenían en Madrid. El momento se convirtió en mágico por cuanto desde los medios de comunicación se prestó atención y cobertura a todo lo que surgía. Y no sólo desde un punto de vista meramente comercial, sino involucrándose (y mucho) en los resultados que llegaban a aportar algunas de las bandas y solistas que surgían como setas. Para sonar en la radio bastaba con una maqueta, los más prestigiosos DJs (entonces no se usaba la dichosa palabra) ejercían de presentadores de los conciertos o montaban una fiesta con actuaciones con cualquier motivo y, sobre todo, la televisión daba plataforma a los grupos nuevos del mismo modo que hacía con artistas plenamente consolidados. Era como si el ente público quisiera borrar de golpe cualquier olor que quedara aún del régimen pasado: se hacía fundamental apostar por lo nuevo y borrar en lo posible de la memoria colectiva todo aquello que pudiera traer malos recuerdos. De entre un montón de programas musicales en esa línea destacó, por derecho propio, “La edad de oro”. En él se ofrecía una buena información sobre las corrientes artísticas contemporáneas y, entre ellas, la música gozaba de un espacio preferencial. Si cuentas con una clase empresarial emprendedora y con el apoyo de los medios de comunicación… sólo quedan por descubrir los artistas, aquéllos alrededor de los cuales nace todo en el fondo. A finales de los setenta y principios de los ochenta muchos chavales con alto poder adquisitivo pusieron su mirada en la música, ya fuera porque lo que se hacía en España no era tan novedoso como lo que ellos veían en sus viajes al extranjero o bien, simple y llanamente, porque resultaba más divertido montar un grupo de pop en la universidad que seguir circulando por los bares del Aurrerá. Como si de una explosión atómica se tratara, infinidad de chavales comenzaron a comprar instrumentos y a generar bandas con las que alucinar a sus amigos en las fiestas que se celebraban los domingos en las diferentes facultades universitarias. Aunque ellos no lo sabían entonces (ni ellos ni nadie), supondrían el germen de la mayor revolución musical que ha sufrido España desde que nació como tal. Las circunstancias coincidieron, los astros se alinearon y, en menos de un par de años, la práctica totalidad de los artistas españoles que tuvieron repercusión en los ochenta editaron su primer disco. Para muchos fue también el último, pero dispusieron de semanas de gloria que, hoy en día, se niega a los grupos noveles incluso a nivel de minutos. Leyendo los doce discolibros que ha publicado Dro uno puede hacerse una idea bastante real de lo acontecido en la época. Puede comprobarse, desde el principio, la importancia que tenía Madrid como centro neurálgico de todo, ya que, en mayor o menor medida, todas las bandas que conseguían una mínima relevancia, venían a Madrid a medirse con sus iguales y a buscar la repercusión mediática de emisoras como Onda 2, una incipiente Radio 3 o, directamente, la televisión. En ellos también puede comprobarse la afinidad y relación que tenía la mayoría de los grupos de la época, algo que se llevaba hasta el término más carnal: no solamente hay que referirse a que la mayoría de los protagonistas tocaran en tres, cuatro o cinco grupos en períodos de tiempo cortísimos, sino que, al mismo tiempo, se hacían y deshacían parejas y noviazgos entre miembros de las distintas bandas con unas velocidades de vértigo. Madrid vivía entonces muy deprisa y sus habitantes también. Una prueba de lo dicho (y es solamente un ejemplo) podría ser la historia de Eduardo Benavente. Su primera aventura musical la realizó junto a Nacho Cano (sí, de Mecano) para poner más tarde en marcha Plástico, un grupo en el que tenía también cabida Rafael Gutiérrez (luego Hombres G). Terminado el proyecto colaboró con Las Chinas y montó, junto a su hermano, Escaparates antes de incorporarse como componente a Alaska y Los Pegamoides. Eduardo tocaba la guitarra y entró en el grupo como batería con la ilusión de liarse con Ana Curra. Al final se lió con Alaska y reconvirtió Escaparates en Parálisis Permanente tocando en los dos formaciones a la vez. Los Pegamoides cerraron su historia con un disco, Parálisis con otro y Eduardo se enrolló con Ana antes de morir en un accidente de carretera. Todo en un par de años. Esa inmediatez, muy representativa de lo ajetreado de los tiempos, venía dada en gran medida por querer abarcarlo todo. Muchas de las bandas surgidas en aquellos años no tenían ni criterio ni ambiciones: un día se levantaban locos por los Ramones y al siguiente deseando hacer lo mismo que Joy Division. Lo que sí tenían claro es que no querían hacer nada que supusiera un mínimo parecido con los grupos de rock de los setenta. El espíritu del punk había calado en los chavales de clase alta más que en la generalidad de los mortales españoles. Al fin y al cabo, siempre es más fácil decir "no" al futuro con coche y apartamento que hacerlo desde los barrios de la periferia de las grandes ciudades: mientras que en ellos "la edad de oro" llegaba de la mano de los grupos heavies (Barón Rojo, Obús, Santa, Muro…) en el centro de Madrid estaba absolutamente prohibida esa estética y esos modelos musicales. La noche de Madrid era de la nueva ola. ¿Quedó algo de valía musical de aquella explosión? Sí, por supuesto. Además de un mapa en el que está expuesto todo el circuito de carreteras del pop español de los ochenta, aquella "edad de oro" trajo consigo canciones que han quedado como "míticas" y que representan en toda su intensidad el florecer de aquellos años. Al mismo tiempo, igual que aparecieron grupos ocasionales, surgieron también (y no necesariamente en Madrid) proyectos mucho más claros y con un resultado comercial asombroso. Duncan Dhu, por ejemplo, surgió un poco más tarde, pero se fraguó en los primeros ochenta; Los Secretos es una de las bandas absolutamente enraizadas en la movida; Danza Invisible consolidó su exitosa carrera desde los primeros años de la década; personajes como Loquillo o Josele (Enemigos) gozaron en sus inicios de las facilidades que ofrecía el ambiente generado alrededor de dicho movimiento… Por el contrario, propuestas como las de Derribos Arias o los Nikis sólo pueden ser asumidas como representantes generacionales. El caso de Derribos Arias, una banda amparada en un personaje tan peculiar como Poch, es ilustrativo: después de ser considerados como uno de los grupos con más expectativas y repercusión antes siquiera de subirse a un escenario, estuvo a punto de hacer quebrar a Gasa (Grabaciones Accidentales S.A.) dado que todo lo invertido en su primer disco se vio recompensado con unas cifras de ventas ridículas. Curiosamente, la figura de Poch es reivindicada hoy en día y sus canciones forman parte de una colección tan bien expuesta como la editada recientemente por Dro. De quienes forman la primera entrega de dicha colección habría que referirse de un modo diferente a tres títulos en concreto: los dedicados a Gabinete Caligari, Hombres G y Los Rodríguez. Los primeros ilustran la típica carrera de las bandas de pop en España. Triunfaron con una propuesta personal saliendo de la escena de circuito, crecieron cuanto pudieron y pasaron al olvido en cuanto los aficionados cambiaron de generación. Muy similar fue el caso de Hombres G: la movida también tuvo grupos de fans y el liderado por David Summers fue el mayor exponente. No hay una recopilación que aborde la época de los ochenta que no incluya al menos alguno de los hits de Hombres G, pero su nombre ha desaparecido de la memoria colectiva menor de los treinta años. Lo de Los Rodríguez es un absoluto punto y aparte: nacidos de una curiosa unión argentino-española y vistos en principio como los sucesores de Tequila (en el grupo había dos ex componentes de Tequila), supieron crear estilo, dejar canciones y consolidarse como grupo con unos directos más que meritorios. Su bagaje discográfico, sin embargo, sólo alcanza tres discos, uno de los cuales (su debut) está grabado en directo. Nacieron ya en los noventa y su planteamiento artístico poco tenía que ver con el de las bandas de una década anterior. Sin embargo, como casi siempre que se habla de música pop, mantenerse es algo tremendamente difícil sea por los motivos que sea. A uno siempre puede asaltarle la duda de si la etiqueta de la "edad de oro" no es otra cosa que un recurso comercial dado que, al fin y al cabo, lo que da unidad a toda esta producción musical es algo que traspasa de largo la cuestión estética o el fomento de un determinado estilo. De hecho, hay señales inequívocas (si se analiza todo con cierta trascendencia histórica) de que la producción musical de los ochenta en el campo del pop no fue ni mejor ni peor que la que nos ha llegado posteriormente. Lo que sí cambió, y de un modo radical, fue todo el entorno que se movió a su alrededor. Las compañías discográficas independientes de la época cayeron y sólo Dro pudo sobrevivir tras ser absorbida por Warner contando con el catálogo de Tres Cipreses y Gasa. Infinidad de jóvenes empresarios en los ochenta son hoy altos ejecutivos y no necesariamente dentro del mundo de la música. La gente, sobre todo la que tiene "posibles", no suele (siempre hay excepciones) ver a la música más que como un pecadillo de juventud. Los medios de comunicación que tanto ampararon la movida y la nueva ola poco tienen que ver con los actuales. Si bien aún se puede señalar a francotiradores de las ondas, lo cierto es que, hoy en día, es prácticamente imposible colar un disco de una compañía independiente en las listas de las cadenas más poderosas. ¿Y qué decir de la televisión? El espacio dedicado a los grupos incipientes se almacena a altas horas de la madrugada sin que la propia cadena le conceda un mínimo de repercusión. La sociedad también ha cambiado desde entonces: la profusión de salas de conciertos con poca infraestructura llevó a los responsables del Ayuntamiento a tomar medidas drásticas sin contemplar siquiera posibles soluciones. Donde antes los vecinos se alegraban de tener fiesta en sus calles ahora, con veinte años más, piden silencio; y, mientras que en los primeros ochenta los mandamases municipales apostaban por la cultura, los que rigen hoy se preocupan por las obras públicas y el folklorismo. No es extraño, por tanto, que quien vivió "la edad de oro del pop español" añore sus épocas de juventud aunque ello no siempre vaya relacionado con el que haya quedado un verdadero valor artístico de aquellos años. No convendría olvidar, hablando sobre el tema, que, para encumbrar a los artistas de la nueva ola, los medios no dudaron en meter a otros en un armario. Los mismos elementos mediáticos se encargaron, ya a finales de los ochenta, de quitar trascendencia a lo hecho en la década y, curiosamente, lo volvieron a reivindicar en el momento en el que se produjo el boom indie. Probablemente cada época resulta "dorada" para quienes la vivieron, pero eso no quiere decir que la actual, o la venidera, no vaya a serlo para quienes, hoy en día, viven deprisa en una ciudad que sigue viviendo deprisa. E.P. Danza Invisible. “Grandes éxitos.
Un trabajo muy duro”. Dro
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