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Jaime Urrutia comienza carrera en solitario a la sombra de Gabinete Caligari. Marzo 2002 Otra vez en la arena
“Es duro. Cuando nació Gabinete teníamos veintiún años. La plenitud del hombre se alcanza a los veinticinco, o a los veintiocho. A partir de ahí viene la decadencia física y, en nuestro caso, la artística. Comenzar una carrera en solitario es un reto porque, al fin y al cabo, yo soy compositor, pero ya no puedo dar la imagen de un chavalín. El pop está dirigido a chicos de quince a dieciocho años y no sé qué esperar. Cuando yo veo a Mick Jagger cantando, aunque sea un fan suyo, le encuentro patético a su edad”. ¿Palabras duras? Mucho más resultan si vienen de alguien que ha sido una figura de la música española durante casi una década. Sin embargo, las palabras de Jaime Urrutia, además de crudeza, demuestran una valentía fuera de toda duda. Al hablar de su regreso uno no puede sino pensar que, en nuestro país, esa figura no está demasiado bien vista dentro del terreno musical. “Nacha Pop o Radio Futura, por ejemplo, se fueron. Nosotros, Gabinete Caligari, no. Al menos nunca hicimos una nota pública ni oficializamos nuestra separación. Fuimos un poco más raros: nos parecía ridículo pregonar esas cosas y ni nos lo planteamos. ¿Hablar de un regreso? Si un chaval de once años disfruta con las canciones que hago ahora no me importa que no conozca ‘La culpa fue del chachachá’. Ya se que las chavalillas que van a conciertos van a ver a su ídolo, pero yo… todo eso ya lo pasé”. El patetismo de los “regresos” aparece a la vista cuando el hijo pródigo vuelve a la escena pretendiendo ocupar el lugar que dejó. No hay nada más triste que escuchar a un músico inactivo vuelto al mercado diciendo que “lo que hay ahora no vale nada” o que “desde que me fui todo esto ha ido a peor”. Jaime, afortunadamente, no asume esa postura de “star”. El regresa casi por la puerta de servicio, ofreciendo sus canciones sin aires de grandeza y con la modestia propia de un debutante. En cada una de sus palabras se aprecia la conciencia de estar un poco fuera de lugar y hablando con él da la sensación de que preferiría dejar hablar a sus canciones y no tener que pasar por el trago de echar la vista atrás. “Echo de menos a mis compañeros en todo. Ten en cuenta que fuimos uno de los grupos más conocidos de España y que, en Gabinete, cada uno sabía hacer sus funciones: el uno con los medios, el otro a la hora de negociar y el otro se encargándose de todo lo que tuviera que ver con la imagen del grupo. Hemos sido grandes amigos. Y lo seguimos siendo, espero”. Jaime acaba de terminar de dar los últimos toques a “Patente de corso”, el álbum número uno de su discografía en solitario. Y lo hace con cuarenta y tres años, veintiuno después de que apareciera en el incipiente mercado independiente de los ochenta el primer single compartido en el que Gabinete Caligari y Parálisis Permanente incluían dos canciones cada uno. Antes de aquello había formado parte de grupos como Gelatina Dura o Rigor Mortis y había entrado en el estudio de grabación como componente de Ejecutivos Agresivos. Cuando formó Gabinete Calligari junto a Fernando Presas y Edi Calvo también tocaba con Eduardo Benavente en Parálisis Permanente. Mientras que con este último grupo apenas se llegó a nada por la muerte en accidente de Eduardo, el éxito sonrió a Gabinete de una manera casi sin precedentes para la época. Su debut en el 83 (“Que Dios reparta suerte”) fue una declaración de estilo que se acentuaría en “Cuatro rosas” y “Al calor del amor en un bar”, discos que pueden considerarse clásicos dentro del pop español. Aún habrían de llegar tiempos mejores con la explosión de “Camino Soria”, pero, a partir de ahí, todo iba a ir cuesta abajo. Los noventa fueron duros para muchísimas bandas que en los ochenta eran los reyes. Y se hacía difícil admitirlo. “Pagamos mucho nuestra arrogancia, o nuestra chulería. Puede que en el fondo sólo se tratara de una cuestión de timidez, pero, por la razón que fuera, no éramos simpáticos con los medios. Yo era de los de ‘no sonrío porque no quiero’, aunque me estuviera haciendo fotos la revista más grande de España. Desde que en el 91 grabáramos ‘La culpa fue del chachachá’ tuvimos una secuela de dos o tres años en la que, musicalmente, igual nos repetíamos”, recuerda Jaime, quien continúa hablando pasando revista a “Privado”, “Cien mil vueltas”, “Gabinetísimo” y “Subid la música”, los discos de Gabinete en la década de los noventa. “Veíamos una completa indiferencia por parte de todo el mundo. Quizás permanecimos mucho tiempo en el mundillo”, añade. ¿Y qué se puede esperar de este histórico en su aventura en solitario? Pues, ciertamente, un álbum no solamente digno, sino estupendamente producido y con material que, sin dejar de recordar a Gabinete, actualiza su sonido y mira al presente sin rubor. “¿Que qué espero del público? Pues… no sé; casi me pongo en lo peor. Siempre que hago algo lo hago con la mayor ilusión del mundo, pero a estas alturas ya tengo el culo ‘pelao’ y he pasado por todo tipo de circunstancias. No puedo trasladar la misma imagen de ilusionado que cuando hicimos ‘Camino Soria’. Es lógico”, dice con los pies muy pegados al suelo. En cualquiera de sus palabras se asume con cierto deje de amargura el hecho de que el mercado del pop no admite con facilidad artistas maduros. Y lo dice aun viendo cómo “Qué barbaridad”, el primer single de “Patente de corso”, ha entrado en las listas mayoritarias radiofónicas con una facilidad pasmosa. Ni siquiera desea, aún, dar una opinión propia sobre sus nuevas canciones: “Necesito perspectiva para opinar. Acabamos de terminar un trabajo que se ha prolongado durante siete meses y todavía no he escuchado el disco como se supone que hay que hacerlo. Sí estoy contento porque sé lo que he hecho, pero si tuviera que decir algo de él preferiría hacerlo dentro de quince días, cuando ya me haya olvidado un poco de todas las cintas escuchadas a cachos y de todos los recordings a los que no haces más que dar vueltas”. El hecho de haber asumido un proceso de preproducción y de grabación tan largo ha convertido a Jaime prácticamente en un ermitaño del estudio en estos últimos meses. “Sólo conectaba con mi música. Por un lado es cierto que, según pasa el tiempo, te cuesta más conectar con las cosas nuevas que salen, pero, por otro, prefería dedicar mis neuronas a mis propias canciones. Espero tener tiempo ahora para ir a la tienda y comprar discos. Antes me pasaba tardes enteras dándoles vueltas mientras que, últimamente, sólo tenía tiempo para mis canciones. Imagínate lo que son siete meses escuchando mezclas y más mezclas. Llegaba a casa y lo único que quería era ver la tele o tener silencio”. De alguna manera, “Patente de corso” comenzó a gestarse allá por el año 93 o 94. Algunas de las composiciones que Jaime realizaba para su grupo no pasaban el corte de la aprobación general de sus compañeros y, como el dice, fue “haciendo hucha”. Algunas de las canciones que no resultaban válidas para Gabinete terminaban siendo interpretadas por otros artistas a los que dichos temas resultaban más adecuados para su estilo, si bien, aparte de curiosas puntualizaciones (Dyango fue uno de los vocalistas a los que Jaime cedió algún tema), la mayoría de aquellas canciones fueron almacenadas para que, algún día, su autor las recogiera. En 1998 Gabinete firmó contrato discográfico con una de esas compañías nacidas al amparo de una cadena de televisión. El asunto no funcionó y, después de vender ocho mil copias de su último álbum, el grupo decidió pedir la carta de libertad. Aún eran válidos en el circuito de directo y sus actuaciones se cotizaban bien en el ámbito de los ayuntamientos, pero… cada día que pasaba la situación se hacía más insoportable para quienes habían sido una de las bandas más populares del país. Cerrado por derribo el edificio Caligari, Jaime participó ocasionalmente en conciertos con Andrés Calamaro o Bunbury hasta que, por fin, decidió iniciar un nuevo proyecto desde cero. “Me encontré solo y compré unas maquinitas: un secuenciador, un cuatro pistas… Cuando tengo una idea me pongo a trabajar en ella y no necesito a gente. Eso tiene una parte buena, ya que no discutes con nadie. Antes quizás mis compañeros se mostraban ilusionados con las canciones, pero a veces no conseguíamos terminarlas de la manera que yo hubiera imaginado”, apunta Jaime. Lo que, gracias a Gabinete Caligari, se dio en llamar “rock torero” está presente en las canciones de “Patente de corso”. “Creo que nos lo puso Patricia Godes, por aquello del tema taurino que aparecía en algunas de nuestras canciones. Cuando Ariel Rot iba a Argentina llevaba nuestros discos y un día se los enseñó a Calamaro. En aquella época, en Argentina estaban avergonzados del tango y, a cuenta de aquellos discos, Andrés empezó a fijarse en esa música del mismo modo que nosotros mirábamos la nuestra. Hizo la misma recuperación y añadió a su música el mismo eclecticismo que Gabinete. Cuando llegó eso del rock latino me hacía mucha gracia escuchar lo que nosotros habíamos grabado ocho años antes. Bien es cierto que lo que metíamos eran toques, que lo que mandaba era el pop rock de toda la vida”. Curiosamente, las influencias más “cañíes” que Jaime y sus compañeros utilizaron para crear el estilo propio de Gabinete no surgieron de una investigación académica o de una tradición familiar. Por una vez el ejército hizo algo digno de mención y trajo creatividad a unos soldaditos ávidos de música: “Eramos fans de la nueva ola y de lo siniestro, que conocimos algo más tarde. Habíamos tenido repercusión con nuestros conciertos en RockOla y empezábamos a despuntar, pero… teníamos la mili por delante. Dos de nosotros la hicimos en Colmenar y veníamos a Madrid en los permisos para grabar el primer álbum. Allí oíamos mucho a Los Chichos, o a Los Chunguitos, algo que chocaba mucho con lo selecto que había en Madrid. Descubrimos que la vida no era sólo el RockOla y Alaska, sino también las tardes en el bar con los amigos. Esa influencia nos vino muy bien para que nuestra música se distinguiera de lo que hacían los demás”. En el fondo (y en la forma), un tipo como Jaime siempre ha adorado la particularidad, la música sin rigideces y el gusto por el eclecticismo. El hecho de llamar a su álbum en solitario “Patente de corso” ahonda en esa idea: lo eligió recordando a los piratas británicos que podían tomar de aquí y de allá a fin de ir incrementando su capital. De hecho, hay una circunstancia alrededor del disco que podía haber aumentado aun más la caja de Pandora en lo referente a estilos tratados y músicas abarcadas. “Yo tenía más en mente que las canciones tuvieran productores diferentes. Pretendía hacer un par de ellas con Ariel, otro par con Andrés, otras con Bunbury… Pero, en la situación en la que estoy, no puedo elegir ni ponerme en una posición de imponer nada. En Dro escucharon mis maquetas y me solicitaron más hasta que tomaron la decisión de publicar el disco. Yo quería trabajar en esta compañía por los artistas que hay aquí, así que se trataba de llegar a un acuerdo que pasó por grabar en Doubletronics con Jesús Gómez porque él hizo un buen trabajo con Gabinete y en Dro consideraban que podía hacerlo igual conmigo”. El caso es que “Patente de corso” se ha gestado, entonces, en los mismos estudios en los que nacieron los grandes éxitos del antiguo grupo de Jaime. “Empezamos a finales del 2000. Todo ha sido muy lento pero, también por ello, muy cuidado. En principio queríamos tener el disco en la calle en octubre del año pasado, pero hubo que parar durante un tiempo por problemas con los ordenadores. Al principio me deprimí un poco porque veía que, casi terminando, todo se diluía, pero, al final, lo único que ha ocurrido es que el disco ha salido unos meses más tarde. No me importa: ni tenía prisa por llegar a tiempo a ningún sitio ni tengo que cumplir fechas con nadie”. En contra de lo que se pudiera pensar, en “Patente de corso” no hay ni un solo invitado de los que te imaginas. De hecho, no hay ni uno solo: “No quería que nadie grabara conmigo. Era mi primer disco y quería hacerlo sólo”, afirma Jaime. Una muestra más de valentía. A nadie se le escapa que la colección de nombres que podían haber aupado la promoción del disco podría haber sido tan larga como la de los invitados a una boda de postín. Con todo, el hecho de no tener colaboradores con “pedigreé” no significa que Jaime haya abordado sus nuevas canciones con el espíritu del cantautor solitario: en “Patente de corso” aparecen hasta veinticinco músicos, entre los que no faltan vientos, violines, teclados… Ahora el conflicto es presentar un material tan elaborado encima de un escenario. Si bien existía una banda tipo con la que Jaime pretendía salir pronto a la carretera todo se ha ido para atrás debido al retraso en la aparición del disco. Algunos de los músicos apalabrados no han podido esperar y han terminado encontrando a novias, como La Cabra Mecánica o Miguel Ríos, metidas de lleno en una actividad frenética de escenario. Probablemente para abril ya se podrán escuchar las canciones de “Patente de corso” con interpretaciones en directo y, a tenor de las expectativas, vendrán de la mano de una formación típica con dos guitarras en la que no faltarán teclados y en la que, ocasionalmente, se podrá contar con una vocalista. Será el momento de sentir otra vez el culo apretado y de medir la verdadera caladura de estas canciones en la piel de la gente. No se espera (queda dicho) que nadie las alabe por ser el colmo de lo “cool” o por un alarde de “nuevas sonoridades”. “La modernidad puede estar en una letra, ¡gilipollas!”, es la frase guardada por Jaime para aquello que, probablemente, se le avecina. E.P. Jaime Urrutia. “Patente de corso”. Dro
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