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Robben Ford
Siempre se agradece que un tipo como éste haga incursiones en terrenos diversos, pero, al igual que se agradece eso, también es un gusto comprobar que él también sabe evaluar dónde se maneja mejor y dónde no lo hace tan bien. Ford ha sido considerado toda su vida como un extraordinario guitarrista de blues, pero en algunos de sus trabajos más recientes ha probado fortuna con géneros menos exigentes. Pasada la aventura, retrocede. Si lo hace por sentirse a gusto es para felicitarle; si, por el contrario, se deja influenciar por sus resultados comerciales, el hecho no es tan aplaudible. En principio, me atrevo a pensar que Robben Ford quería salir un poco de su encasillamiento pero que lo que le gusta, en el fondo, es el blues; en ese terreno se maneja como pocos y sube el listón en cada una de sus entregas. En “Blue moon” canta más de lo habitual y tal vez eso es lo mejor que ha sacado de sus incursiones en el pop rock. La guinda de la vuelta, sin duda, es que se recupera su guitarra. Y eso no es ninguna tontería. La faceta vocal que acoge Ford con tanto entusiasmo abre, además, su abanico de estilos, le permite jugar con otras melodías y hace más ocurrentes sus solos al no tener que estar manteniéndolos durante todo el tema. Con ésas, su nuevo trabajo es sumamente abierto y pasa como un avión por un montón de géneros americanos que se ven reconducidos con acierto a su propio estilo y personalidad. Puede que “Blue moon” no sea el mejor álbum de Ford, pero tampoco tiene nada que envidiar a los preferidos por la crítica. Aquí luce más como cantante que como guitarrista, pero probablemente eso sea porque, como instrumentista, no puede lucirse más de lo que ya lo ha hecho. Sigue siendo un mago y un verdadero genio. E.P.
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