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El Viña Rock vuelve a pulverizar hasta las predicciones más optimistas. 26 y 27 de abril de 2002

Triunfo sin operación

Un día un individuo invento esa frase que se refiere a “morir de éxito”. El Viña Rock, de momento, no está ni siquiera enfermo, pero, a tenor de lo acontecido este año, uno no puede sino pararse a reflexionar sobre sus posibilidades de crecimiento para ediciones futuras. La enorme asistencia de público a Villarrrobledo obligó a la organización a dejar de vender entradas en taquilla, algo enormemente positivo a nivel económico pero que plantea problemas de logística a la hora de tener que atender a tal mara de gente.

Este año todo era muy grande en el Viña. Enorme. Y, con ésas, todo se ponía un poco más difícil. Como esto siga así habrá que plantearse, en el futuro, enviar a más de dos personas para cubrir todo lo que acontece en el mismo, ya que el asunto está cogiendo unas medidas inabarcables para el equipo que desplazamos. Eso, como otras muchas cosas, puede verse desde una óptica positiva y esperanzadora, pero, desde otra, permite extrapolar los problemas que plantea: si una revista como ésta ya casi no puede abarcarlo, ¿qué no puede sufrir la organización cuando tiene que contar, cada año, con servicios suficientes como para atender a un continuo crecimiento de público? En la edición del 2002 ya se empezaron a ver algunas situaciones que, aunque de momento no son importantes, habría que empezar a considerar como prioridades para el futuro.

El camping, por ejemplo. Villarrobledo no tiene una infraestructura hotelera capaz de apechar con un festival en el que este año se juntaron, entre público y profesionales, casi cincuenta mil personas. Por ello, los artistas tienen, en muchos casos, que ser alojados en poblaciones realmente lejanas y el público ha de conformarse con acampar en el recinto dedicado a ello. Lo llamativo es que este recinto, como siga así, terminará siendo más grande que el pueblo mismo. En Villarrobledo la población no llega a tener 25.000 personas.

Cuando un camping crece de tal modo hay que empezar a pensar en una serie de servicios mínimos que ya comienzan a ser imprescindibles: duchas, bebida, sombra, atención médica cercana, iluminación… De momento la organización del festival ha ido mejorando cada año en esos terrenos, pero, con las mismas, siempre parece quedarse corta dado que el número de asistentes se multiplica mucho más allá de lo previsto.

Los problemas son iguales dentro del recinto del festival: no es lo mismo un equipo de seguridad para veinticinco mil personas que para el doble. Ni los accesos, ni las necesidades de los medios de comunicación para poder abordarlo todo…. A tenor de lo visto este año durante los pasados 26 y 27 de abril, el Viña Rock del año que viene tiene la dificilísima tarea de empezar a pensar realmente en grande. En muy grande. El sábado 27 tuvieron, incluso, que cerrarse accesos por carretera habilitando desvíos dado que las retenciones para entrar al pueblo comenzaban a colapsar el tráfico en las vías circundantes al pueblo.

Se quiera o no, esta edición no ha hecho sino confirmar que, cuando se habla de festivales de pago, en España tenemos uno. Al lado del Viña, opciones como Festimad, Espárrago, Sónar o cualquier otra cosa parecen casi una reunión de amigos. Aunque no lo sean, obviamente.

Vayamos por partes. El recinto elegido para la celebración del Viña no ha crecido en este año (es literalmente imposible) y eso ha obligado a recolocar los escenarios de modo que éstos pudieran albergar más público que el año pasado. El segundo, el dedicado a las músicas diferentes al rock, ha recuperado su ubicación original de hace un par de ediciones, lo que ha permitido engrandecer enormemente los recintos cubiertos que amparaban el escenario heavy y el dedicado al hip hop, colocados en línea con el principal. La parte negativa de estos cambios es que el acceso a dichos escenarios por la parte trasera se ha eliminado habida cuenta de que, entre los periodistas acreditados, el año pasado se colaron demasiados fans que atosigaban a los artistas. Esto, que se hace para asegurar la comodidad de quienes, en el fondo, dan vida al festival, supone una imposibilidad de acceso a todos los fosos de fotógrafos dado que, para llegar a cada uno de ellos, exceptuando el principal, hay que dar una vuelta parecida a lo que supone rodear un estadio de fútbol. Medidas similares para desahogar dicha zona, como el cambio de ubicación del recinto de acreditaciones, se mostraron ciertamente confusas debida a la falta de información accesible en el momento adecuado.

Por lo demás, abundaron las carpas cubiertas por numerosas zonas del recinto a fin de que la mayor cantidad de público posible pudiera guarecerse del abrasador sol que tuvimos o de la posible lluvia que siempre se empeña en estropear este tipo de eventos. Eso, afortunadamente, no ocurrió este año y el tiempo fue realmente estupendo para que todo el mundo pudiera disfrutar del festival.

Lo único que faltaba ya era que empezaran a desfilar los protagonistas.

Si hasta hace un par de ediciones el Viña era sinónimo de rock guitarrero y de opciones ciertamente transgresivas, en los dos últimos años el festival ha dado un considerable empuje en lo que se refiere a una apertura de estilos. La consolidación del escenario de hip hop ha crecido este año haciendo que su programación abarque dos días en lugar de uno y el dedicado a músicas diversas concede ya espacio para ofertas tan diferentes como las que pueden exponer Cultura Probase, Mastretta, Eskorzo, Ojos de Brujo, Macaco u O’Funk’Illo, por citar sólo a unos cuantos. Dentro del hip hop se trata, además, de ofrecer una programación de altura en la que se recoja la mayor cantidad posible de ámbitos expresivos: igual podías disfrutar de la propuesta transatlántica de Fill Black, de la mucho más defendible y acertada de Doble V, de la innovación de Magnatiz, la chulería inteligente de El Chojín o la ejecución instrumental de Skratch Comando.

Más complicación supone, lógicamente, actualizar el escenario heavy. El público que gusta de la corriente siempre prefiere quedarse con sus iconos más representativos y concede cierta atención a grupos que, poquito a poquito, están consolidándose en la escena. Tierra Santa o Avalanch parecen ir en ese camino, pero otros como Dark Moor o Lujuria quedan bastante relegados ante los Barón Rojo, Ñu o Angeles del Infierno de turno.

El escenario principal apostó este año por la veteranía y, aparte de grupos de cierto corte innovador (no mucho, la verdad), los platos más fuertes de ambos días se dejaron para las figuras consagradas que, recientemente, han puesto disco en el mercado.

En lo que antes se daba en llamar “Fiesta de bienvenida”, y que ahora es un segundo día completo de festival, el público se decantó, mayoritariamente, por atesorar fuerzas para lo que se avecinaba. Eso supuso que los grupos programados a primera hora apenas contaran con público en las enormes explanadas situadas delante de los escenarios, ya que la mayoría prefirió asegurar bien los vientos de sus tiendas, buscarse algo de comer y estar bien colocado para cuando Fito entrara en acción. Previamente a él se había podido disfrutar de Amparanoia en el escenario paralelo. Allí Amparo y su enorme cantidad de compañeros demostraron que la experiencia de directo es un grado fundamental para amarrar las mejores virtudes de una banda. La formación venía de una pequeña gira por México en la que se han limado defectos y en la que todo ha cogido un empaque considerable. Platos fijos de su repertorio, como “La fiesta”, “Welcome to Tijuana”, “En la noche” o la versión que realizan del clásico “Get up, stand up”, se entremezclaron acertadamente con canciones de su reciente “Somos viento” en un resultado sumamente acertado. Previamente a ello, Poncho K demostró justamente lo contrario: tocar en un escenario como el del Viña no es algo fácil para primerizos. Se le notó descentrado y, aunque tuvo la virtud de vocalizar lo suficiente como para que sus textos se entendieran, el melenudo cantautor eléctrico pasó sin relevancia por el festival.

Fito estuvo, en todo momento, como se esperaba de él. Se mueve en un territorio en el que, hoy por hoy, es el rey y se expresa mejor que nadie, armas más que suficientes para que el público arrancara del tirón. Clásico, accesible, muy variado y con tiempos no excesivamente rápidos, el vocalista de Platero se lo hace, en solitario, con unas formas que premian sus capacidades interpretativas, ideales para enganchar al personal. “Los sueños locos”, “Perro viejo”, “Rojitas las orejas” o su versión acelerada de “Quiero beber hasta perder el control” fueron algunos de los puntos álgidos de una actuación que se saldó con un resultado la mar de apetitoso.

Siniestro Total, por su parte, eran la representación de madurez que el festival aportaba junto con Celtas Cortos, Rosendo, Barricada y La Polla. Julián Hernández y los suyos dejaron claro que la experiencia y un repertorio de años son armas ideales para un evento de este tipo. Desde que empezaron con “Miña terra” hasta que se fueron al compás de “Bailaré sobre tu tumba”, el cuarteto se mostró de lo más solvente excepto en las ocasiones en las que su voz solista desbarra con comentarios que partían el ritmo.

El primer escenario se cerró ese día con la actuación de Marea, banda que demostró en Viña Rock no tener ningún trabajo para enfrentarse a cualquier público por muy numeroso que éste sea. Kutxi, su vocalista, se cree lo que canta, algo lógico cuando se escribe desde dentro pero básico para llegar a la gente cuando estás ofreciéndote en un escenario de grandes dimensiones. La banda, además, toca bien en directo y saca un enorme resultado a lo sencillo de sus piezas y a la sobria crudeza con que lo expone todo.

En la otra parte del recinto terminaba un poco antes Celtas Cortos, banda que falló el año pasado y que, probablemente, en esta edición habría merecido el escenario grande si no fuera por el empeño de los programadores en no mezclar en el principal nada que no fuera rock. Los vallisoletanos son otros que, con tirar de repertorio, ya tienen la batalla ganada. Escuchar al grupo, con su particular sonido, interpretar “No nos podrán parar”, “Haz turismo”, “Skaparate nacional” o “Cuéntame un cuento” es sinónimo de asistir a un desmadre generalizado que trajo consigo la petición inacabable de bises. La banda realizó otros cuatro temas de regalo cerrando el set con “Tranquilo majete”, otro de sus clásicos capaz de poner a danzar a todo bicho viviente.

El segundo día entraron en el recinto doce mil personas más que el primero, lo que hizo que crecieran las apreturas y que los traslados fueran mucho más lentos en todo. Si bien el surtido de barras y puestos de comida era considerable, se hacía inevitable que, en determinados momentos, todo se ralentizara. Curiosamente, lo único que se aceleró fue el horario del escenario principal, lo que terminaría generando que, a la hora en que Boikot, que cerraba la programación, estaba preparados para salir a tocar, la organización le aconsejara un retraso a fin de facilitar el movimiento de la enorme masa de personas que había en ese momento en el recinto. Si dicho escenario hubiera terminado pronto habría sido enormemente difícil que el público que estaba delante de él se redistribuyera cómodamente por los otros más pequeños.

Boikot, que hizo un set excelente que contó con varios invitados, lidió con el hecho de tocar después de Rosendo, Barricada y La Polla. Los dos últimos consiguieron que la mayoría de los asistentes tocara prácticamente el cielo con repertorios que abundaban en clásicos y que desbordaron la alegría de sus incondicionales. Si lo de Evaristo fue espectacular lo de Barricada no se quedó atrás, firmando, entre ambos, uno de los mejores momentos de todo el festival. Rosendo, por su parte, no estuvo tan cuajado como se le ha podido ver últimamente en Madrid. Circunstancias como el que un “venao” lanzara objetos al escenario o que un fan se le colara en medio de la actuación con el objetivo de hacerse una foto con él descentraron al carabanchelero y le hicieron complicado coger su habitual velocidad de crucero. La aparición del “espontáneo” puso de manifiesto que muchas de las personas que se acreditan como prensa en un evento de este tipo no son sino fans colaboradores en algún medio que, lejos de cumplir una labor informativa, aprovechan para disfrutar gratis del asunto y, si pueden, dar la brasa a los artistas hasta sacarlos de quicio.

Por el escenario grande pasaron también Los Porretas, quienes siguen demostrando que lo suyo va del mismo palo en un concierto de sala que en el estadio de Maracaná. Ellos llegan, enchufan y sueltan lo mejor que tienen sin más aderezo que una actitud arrebatadora. “Antimilitar”, “Marihuana”, “Si nos dejáis” o “La del fúrbol” son piezas que han cuajado en su repertorio tanto como el himno con el que se despidieron, dedicado a ellos mismos. Destacar que, como hiciera el día anterior Siniestro Total con “¿De qué vas?”, los Porretas versionearon a Rosendo en “Borrachuzos” poniendo de manifiesto la trascendencia que la mayor parte de los músicos viñarrockeros conceden al que Julián Hernández denominó como “El maestro Mercado“. Casi una docena de los grupos que participaron en el festival han grabado material de Rosendo o han colaborado con él en alguna ocasión.

El segundo escenario fue, el segundo día, ecléctico hasta el límite. Si en determinadas horas de la tarde se podía disfrutar con el rap cubano de Nilo o con la sugerente música de Mastretta, el cartel fue avanzando con las propuestas de Mártires del Compás y, sobre todo, con Ojos de Brujo, quienes ofrecieron un set la mar de hipnótico y bien cortado. Su material deja paso a la improvisación y sirve de puente natural dentro de cualquier ambiente mediterráneo que a uno se le pueda ocurrir. Tras ellos, La Cabra Mecánica dejó ver, de nuevo, que su crecimiento en popularidad ha venido acompañado de una excelente solidez en escenarios grandes. Lichis y sus compañeros llevaron su concierto por donde quisieron y se mostraron estupendos a nivel de repertorio. Si bien por coincidencia de horarios no pudimos ver a Macaco, las referencias que nos llegaron son, igualmente, excelentes. El combo realizó un repertorio de nueve temas entre los que destacaban “La máquina del tiempo”, “Llamando a la tierra” o “El tío Pedrito”, con el que se despidieron. El grupo que se encargó de cerrar el escenario fue O’Funk’Illo, cuyos componentes parecen haber cogido gusto a este festival después de que el año pasado participaran también sustituyendo a Celtas Cortos en la fiesta de bienvenida.

La colocación de espacios en el recinto nos hizo imposible acceder con tiempo a los otros dos escenarios, aunque, según informaciones de la organización, no hubo más alteración en los programas que la caída del cartel de La Puta OPP y Daddy Maza, conocidas previamente al inicio del evento. Como destacable en el escenario heavy habría que señalar el hecho de que Barón Rojo retrasó su actuación lo suficiente para que fuera, finalmente, el último grupo en terminar. Ello permitió a los madrileños darse un baño de multitudes que, a estas alturas, ya sólo pueden recibir en un festival como el Viña Rock a altas horas de la madrugada.

A nivel de incidencias… nada destacable que no se haya comentado anteriormente. Los puestos de primeros auxilios atendieron las habituales andanzas de despistados que se caen o que beben con descontrol y, al día siguiente, Villarrobledo se levantó contemplando el peregrinar de una enorme multitud hacia las estaciones de tren y autocares. Lo único malo que podría citarse es, como ya se expresó anteriormente, lo generado por la enorme cantidad de público que llegó a juntar el evento. Curiosamente, y aunque el festival aglutinó a más público que cualquier otro de los que se celebran en nuestro país, el trato dado al mismo por parte de los medios de comunicación apenas es relevante si lo comparamos con otras ofertas festivaleras que se están mostrando, con el tiempo, mucho más mediáticas que musicales. Lo del Viña Rock se consolida cada año como un auténtico triunfo sin necesidad de operaciones de maquillaje. Los mejores músicos españoles pasan por allí mientras que otros carteles terminan llenándose con medianías de países irrelevantes dentro de la actualidad musical del momento.

E.P.

Cine

Una novedad en la programación del Viña de este año fue la inauguración de una sección dedicada al cine. En principio, la experiencia no es sino una prueba piloto para considerar la mejor manera de abordarlo en un futuro y, de ese modo, el programa no contó con más que un par de películas que fueron exhibidas en días sucesivos en el Gran Teatro de Villarrobledo. En concreto, las proyecciones se realizaron sobre cintas de Jesús Mora (“Mi dulce”) y Carlos Molinero (“Salvajes”) asistiendo a las mismas ambos directores acompañados, en el caso de Molinero, de algunos de los actores participantes en el film. Tras la proyección de las películas el público asistente pudo charlar con todos haciendo interesantes comentarios y presentando sus dudas.

Si bien la experiencia es de lo más interesante, la difusión dada a la misma apenas llegó a la gente. Muy pocos de los asistentes al festival sabían del hecho y ni siquiera se recogió su existencia dentro del programa impreso por la propia organización. Eso trajo consigo, lógicamente, una muy pobre presencia de público, algo que, con seguridad, no ocurrirá el año que viene si la idea se mantiene.

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