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Brian Auger

Taboó. 14 de mayo de 2002

La vida, de vez en cuando, te da una sorpresa como ésta: en un día en el que en Madrid hay numerosos conciertos de entidad (Gluecifer, Sôber…) te puedes encontrar en un pequeño garito de Malasaña a un personaje como Brian Auger. Todo el mundo tiene claro que este Auger no es el monstruo que se comía las listas británicas en los primeros años setenta, aquél que popularizó el Hammond B3 en la música británica en un terreno absolutamente diferente al que utilizaba en la misma época Georgie Fame. Pero, con todo, es un personaje que difícilmente te decepcionará si sabes qué esperar de él. Auger surgió del jazz para ir girando, poco a poco pero muy deprisa, a otros derroteros igualmente americanos en los que consiguió asentarse con un estilo personalísimo: el rhythm’n’blues, el soul… y hasta el funk de corte jazzie.

Actualmente Auger sigue en activo y el pasado año publicó “Voices of the other times” con una nueva encarnadura de su banda The Oblivion Express. El grupo, con el tiempo, ha terminado siendo una reunión familiar y, mientras que la vocalista es la hija de Auger (Savannah), el sillín de la batería está guardado para su otro vástago, Karma. Los otros dos músicos, bajo y batería, son tan variables que, en su paso por Madrid, el guitarrista ni apareció y el bajista daba la impresión de tener menos años que los que debería para entrar en un local nocturno en el que se vende alcohol con la gentileza que lo hacemos los españoles.

Aun así, lo de Auger no es una música que requiera de estudios previos ni matrículas de honor. Actualmente se basa en los standards, en sus antiguos (muy antiguos) éxitos y en versiones de clásicos que son pasados por su estilo sin otra ambición que hacer pasar una buena noche. El propósito se consigue utilizando únicamente la dignidad y sabiendo que quien ha ido a verle no va a ser tan exigente como el que acude a un concierto de campanillas. El Hammond de Auger crea ambiente allá donde aterrice y, en base a eso, le basta con un grupo aseado que sepa seguirle y que haga un trabajo digno. Sus compañeros estuvieron en el papel y el pequeño espectáculo salió adelante con un resultado óptimo. Se pudo bailar, se tuvo tiempo para escuchar alguna que otra virguería, se pudo acudir al recuerdo y se pudo disfrutar de alguna sorpresa. Todo muy arregladito, ciertamente tranquilo, pero con una carga de feeling realmente poderosa.

Mejor es siempre llegar así que cargado de pegadas de carteles, precios excesivos y expectativas defraudadas. Para eso siempre estará gente como Supertramp y sus trailers de efectos chisposos.

Auger va más a las tripas. Y no requiere parafernalias estrambóticas.

E.P.

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