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La vida en la carretera (IV) La Benemérita por Kike Babas y Kike Turrón con ilustración de Mart
Pintas y fama Y es que se ha de reconocer que el ambiente del rock’n’roll es un caldo de cultivo más que propicio para ser susceptible de ser sospechoso, pero ¿sospechoso de qué? De lo que sea: pelos largos, ojos rojos, aspecto desaliñado, bultos sospechosos… algo ilegal se ha de sacar de ahí. Pese a que vivimos en una sociedad que cada vez se acostumbra más a tatuajes, rastas y piercings, las pintas aún son capaces de levantar susceptibilidades. Claro, que nada comparado con lo que era el pensamiento de este país (y consecuentemente el de su benemérita) hace no tantos años. Johnny Burning, pionero entre pioneros, nos relata una didáctica aventura de cómo se las gastaban los guardias hace un cuarto de siglo: “al principio nosotros éramos todo: montábamos, conducíamos, tocábamos, cobrábamos… Un día llegó la hora de cobrar y eran las tantas. El dueño del local estaba tomándose unas copas con una pareja de… ¡guardias civiles! ¡Pero de los del mantón que llevaban antes y con la ametralladora metida debajo! El dueño llevaba unas copas de más y les preguntó a los picoletos: ‘¿pagamos a estos maricones?’. Y empezaron con el típico baile. Nosotros estábamos cansados, deseando salir de allí, así que, cuando nos pusimos un poco serios, el picoleto, pistola en mano, nos dijo: ‘hijos de puta, marchaos ahora mismo’… Ni cobramos ni pudimos hacer nada. Camino de regreso, con las orejas escondidas y… a cagarse en la hostia. Ahora está bien, pero tocar rock’n’roll antes era horroroso”. Hoy en día, situaciones como la que le pasó a Burning serían difíciles de repetir. Sin embargo, un buen puñado de guitarras todavía son muy capaces de llamar la atención: “¿Dónde vas? ¿Qué llevas? Le preguntaron los picoletos a Allen, nuestro batería, cuando venía con todo nuestro equipo y el de Dikers, todo lleno”, nos cuenta Kutxi, cantante de Marea, y continúa: “el picolo flipó al ver tantas guitarras y Allen le trató de explicar que es que estábamos mucho en la carretera y que llevábamos muchas cosas…” También puede ser que --y esto es más improbable--, más allá de tu aspecto o de lo sospechoso de los bultos que lleves, los representantes de la ley te reconozcan y quieran darte una pequeña lección. Claro, que si eres Barricada no resulta tan extraño el ser reconocido: “íbamos a tocar a Francia, teníamos que pasar la frontera y, como toda la puta vida, ¡tras! Los picoletos. Nos reconocieron y nos dijeron que todos al cuartel. Allí nos hicieron desnudarnos y, en un cuarto, cuando estábamos en bolas, nos dijo el guardia civil: ‘mis hijos, que son pequeños, son mogollón de fans vuestros’. Hizo pasar a sus hijos y les dijo: ‘mirad, mirad, éstos son los Barricada. Ya veis que en pelotas no son nada más que una puta mierda’. Los niños estaban avergonzados, más que nosotros, pues les molábamos. Ahora te partes el culo, pero en aquéllas fue la hostia”, nos comenta un sosegado Alfredo con una mueca nada nostálgica. La verdad es que siendo euskaldún y tocando rock’n’roll bronca ya casi nada de los posibles encontronazos con las fuerzas del orden sorprende. De hecho, la escueta anécdota que nos manda Etsaiak es demoledora: “fue en Donosti, en el barrio del Antiguo, en 1997. Mientras estábamos tocando cargaron los beltzas (los antidisturbios de la Ertzaintza)” Para seguir sumando causas posibles a hipotéticas paradas debemos añadir una razón tristemente muy actual: los inmigrantes ilegales. Algo que, desde que al rock le ha dado por latinizarse, empieza a ser muy común en la cofradía del “buen rollito”, tal y como nos comenta Dani, el “Monoloco”: “a nosotros, en Macaco, siempre nos para la Policía, porque somos de todos lados. Además el carnet siempre se me olvida. Una vez estuve haciendo una gira por Europa sin D.N.I. y en cada país decía que me lo acababan de robar. Tenía la denuncia de la policía de todos los países para poder continuar”. Amparo coincide con Dani en ese mismo aspecto: “imagínate: en Amparanoia llevo cuatro cubanos, un búlgaro, un sueco, una madrileña… Nos pasan muchas cosas de ésas”. Porros y alcohol La sensación es, cuando menos, desasosegante. Incluso cuando no llevas nada, nunca es agradable que anden rebuscando entre tus cosas, que te pregunten de dónde vienes y a dónde vas, a qué te dedicas, que te pidan la documentación, etc. Siempre se posa una mariposa en el estómago, siempre se aposenta en uno el nerviosismo. Peor es si llevas algo, cualquier pequeña sustancia ilegal, cualquier marrón; entonces el sudor histérico te puede traicionar. Ruegas por lo bajini que el tipo no registre demasiado bien los ceniceros o debajo del asiento. O que cuando te cacheen (si es que se llega a esos límites) no se propasen toqueteando por la entrepierna (el lugar más seguro para guardar algo) mientras todas tus cosas se exponen encima del capó tras el consabido “sacad todo lo que lleváis en los bolsillos”. ¡Ah! Que te paren. Sensación única y adrenalínica donde las haya, nunca agradable, siempre esperada, ya que los músicos son siempre potenciales fumadores o consumidores de sustancias prohibidas y, aunque es sabido que no se va a desmantelar ninguna red de narcotráfico, siempre se puede colocar alguna multilla por menudencias. “Nosotros por ahora nos vamos librando de multas”, nos dice Amparo. “En la anterior gira sí que tuvimos algún susto porque no llegábamos. Por lo otro tampoco nos hemos llevado multas. En ese sentido tuvimos una muy gorda en Francia: fue lo típico del poli amable y el borde que luego, en realidad, son al contrario. En realidad no llevábamos casi nada. De hecho, intentamos no llevar casi nada y ocuparnos allí de esas cosas; es más cómodo y seguro decirle al que organiza que nos gustaría tal o lo otro. A fin de cuentas, no te la puedes jugar por una cosa así: vas a trabajar, a hacer música, la gente te está esperando y no les puedes dejar colgados”. Desde luego que un registro a conciencia te puede retrasar hasta el más preparado de los viajes. Viry, furgonetero que ya nos ha visitado en más de una ocasión en estos capítulos, nos cuenta un truco para evitar males mayores: “Yo aconsejo a la gente que las colillas las apaguen y se deshagan de ellas por la ventanilla, aunque está claro que, si quieren pillar una pava y la buscan, en mi furgoneta la encuentran”. Y continua contándonos que, pese a estos preparativos, hay veces que el huésped en la furgoneta tiene un especial interés para las fuerzas del orden: “estábamos en Londres con la gira de Fermín y se sabía que era quien era. El concierto lo organizaba la comunidad de vascos en Londres y, cuando salíamos en dirección a París, al día siguiente del concierto, nos rodearon tres furgonetas. Salieron los maderos y nos registraron todo; uno a uno nos pidieron documentación, buscaron drogas y de todo. Angel Katarain, que venía de técnico de sonido, los vio venir enseguida, me dijo: ‘ésos nos vienen a ver’”. A otros que se les debía ver desde lejos, o más bien oler, era a los “fumetísimas” de Pata Negra, tal y como nos cuenta el que fuese su bajista Jesús Arispont: “nos pararon los picoletos y la furgoneta iba llena de humo porque íbamos fumando de todo. Era por Euskadi; nos pusieron multa y casi no salimos. Menos mal que el manager se lo hizo muy bien, porque sino vamos todos para delante”. Los que sí que terminarían yendo “pa’lante” (una vez más) serían Barricada, y es que los “bobbys” ingleses no se andan con chiquitas: “estábamos en Londres, allí en plan aldeanos, y fuimos al Marquee, el lugar donde había empezado el rock. Nosotros cuatro, y también el inglés que nos conducía de aquí para allá, estábamos borrachos perdidos; lo demás eran japoneses haciendo fotos. Salimos a las once de la noche y a esas horas, por allí, no hay ni Dios. En un momento nos vimos rodeados de coches de policía. Yo soy muy paranoico con esto y enseguida me escondí la china, que cayó por el pantalón y fue al suelo. A todos éstos les pillaron con costo y ¡todos a comisaría!: desnudos, registros, las chinas a la alcantarilla y, tras echarnos la charla, nos dejaron marchar. No teníamos ni puta idea de dónde estaba el coche, por lo que empezamos a dar tumbos por Londres y, en un momento dado, llegamos al sitio donde nos habían parado. Milagrosamente, me agaché y, entre el negro asfalto, recuperé mi china de costo afgano que había perdido al escondérmela. Tuvimos al menos algo que fumar para el regreso”. Y si la polémica con las “chinas” está servida (y por ende con cualquier otro de los posibles marrones), no es menos problemático el asunto de la única droga legal, el alcohol. Si bien en las bandas que llevan su propio chófer este asunto no es demasiado preocupante (pues se supone que los furgoneteros son profesionales que no conducen bebidos), la cosa cambia con los combos pequeños donde cada miembro del grupo ejerce del yo-me-lo-guiso-yo-me-lo-como. Claro: después de calentarse los morros con el adictivo escenario, a ver quién dice que no a un par de copitas, aunque luego haya que conducir el camino de vuelta. El bueno de Kutxi de Marea nos comenta una de ésas en las que, afortunadamente, no pasó nada: “tocábamos nosotros, Flitter y mogollón de grupos más. Era por Euskadi. Yo empecé con el tintorro desde las siete de la tarde y, cuando llegaron las tres de la madrugada, que era cuando tocábamos, yo ya estaba… no sé. La última canción la estaba cantando sólo con las botas, la riñonera y los gayumbos ¡en pleno diciembre! Me había roto todo. Me bajé con mi botella de vino y me metí en el coche para regresar, deseando que no nos parasen, por nada del mundo, los picoletos”. Respete las señales Ni que decir tiene que, más allá de las drogas o de las pintas, los rockeros en carretera son, al fin y al cabo, unos conductores más y, como tales, sujetos a control más allá del modus vivendi que se les presuponga. Así pues se llevan como cualquier hijo de vecino multas por exceso de velocidad, por pisar la raya continua, por adelantar por el carril derecho… o por cualquier otra gansada de ésas que todos sabemos que están prohibidas. Para ejemplo, está ilustrativa anécdota que nos remiten los hardcoretas jerezanos Gas Drummers: “tocábamos con PPM en la sala El Sol (Madrid) presentando el CD recopilatorio ‘Eightball’. PPM llegaron directos a Madrid desde Granada; Gas Drummers y Noways veníamos de Barcelona. La noche anterior habíamos compartido escenario en la sala Freestyle con nuestros hermanos mostoleños de Noways. En el viaje nos acompañaba con su Opel Corsita nuestro colega Boliche (batería de los extintos Subterranean Kids). A nosotros se nos gripó la furgo a la altura de Calatayud (maldita la hora); Noways iban muy adelante nuestra. Boliche también, pero dio la vuelta y vino a buscarnos. Recogió a los miembros de la banda y dejó a los acompañantes en la furgo, esperando a una grúa; íbamos con la hora en el culo y había que llegar a Madrid a toda costa. Los Noways (muy adelantados) se pararon a un lado de la carretera para esperarnos y, mientras esperaban, deciden comenzar unos jueguecitos para animar la espera. No se les ocurre otra cosa a dos de ellos (a Edu y a Fran, batería y cantante, respectivamente) que tirarse en la carretera. No sé en qué se basaba ese juego, pero el hecho es que se tiraron en el carril derecho de la autovía. En ese momento aparece una patrulla del respetable cuerpo de la Benemérita y se para detrás de la furgo de los Noways. Sin mediar palabra les obligan a ponerse de cara a la furgo con las piernas y brazos separados para comenzar un violento cacheo. -- ¿Te gusta que te cacheen, eh? (comentario
de uno de los picolos al cachear a Jordy, bajista de Noways). Los Guardia Civiles tenían la certeza de estar ante una banda de ladrones de ésos que se tumban en la carretera haciéndose los heridos para que algún incauto y confiado conductor se pare y le peguen el palo. Todo acabó en unas horas de cuartelillo y una multa a los tumbados de marras; al menos llegaron a tiempo de ver el concierto. Creo que nunca más se volverán a tumbar en la carretera (por la cuenta que les trae)”. Pero… ¿no hay nada bueno? Haciendo una relectura del capítulo de este número, los autores nos damos cuenta de que ninguna experiencia positiva hemos encontrado entre las anécdotas que el rockerío ha tenido a bien relatarnos de sus encontronazos con los de verde. ¿Es que nadie ha sido salvado, rescatado, ayudado por un “cuerpo” cuya misión es precisamente ésa? Al final tuvimos que recurrir al sabio Johnny Burning para, de entre las telarañas de su vasta experiencia, sacar un botoncito de muestra: “la primera vez que crucé el puerto de Pajares iba en un Seat 600, con los cinco Burning dentro, con un metro de nieve y la Guardia Civil abriendo camino con una pala. Era el setenta y no-se-qué y no había túnel. Ibamos muy despacio, pero había que ir a tocar: eso era lo importante”. Capítulo
1: La vida en la carretera
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