|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Tool La Riviera. 5 de junio de 2002 Bien. Yo no voy a poner en cuestión a un grupo como Tool. Pienso que, musicalmente, ha mostrado su validez y ha creado escuela. Otra cosa, y bien diferente, es que Tool se presente en directo haciendo honor a las expectativas. Lamento decir que su concierto en La Riviera llegó a aburrirme por momentos y que, incluso, pensé en salir de la sala un par de veces. ¿El motivo? Pues que Tool no hace un concierto, sino que te invita a un festival de cortos de cine mudo y ellos se limitan a poner la música. Eso sí: los cortos son realizados en el momento por un vídeojockey con la última tecnología digital y con un planteamiento estético propio del expresionismo alemán más desagradable. Si las luces del escenario apenas dan luminosidad y el fondo del mismo impone dos pantallas de vídeo de tamaño familiar lo normal es que, independientemente de la música que salga de los altavoces, tu mirada se fije en las imágenes gráficas que se proyectan durante todo el show. Y si éstas abundan en seres deformes, larvas humanas, ojos en actitud peligrosa, vómitos densos o tripas de todo tipo… a uno, por lo menos, la cosa se le hace desagradable. La solución era darte la vuelta o irte a tu casa y colocarte los discos de Tool en el reproductor de CD. El problema no era con la música, sino con su puesta en escena. Tool es una formación que genera angustia con sus temas, crea ambientes densísimos y se sirve para ello tanto del minimalismo repetitivo como del efecto cortante de su guitarra. A su favor cuenta con un sonido que premia la potencia antes que el volumen y que colabora a que todo tu cuerpo sienta los graves como si tuvieras un bicho en la tripa. Periódicamente, cuando todo el mundo tiene ya un nudo en el cuello, surge el estribillo liberador, la melodía que genera la explosión y el deslumbrar del público que, como una sola voz, arranca a cantar. El asunto funciona, tiene su punto, y la gente lo recibió con agrado dado que era lo que deseaba. Otra cosa es, y poco tiene que ver, el que, con ayuda de imágenes, esa angustia se lleve hasta la repulsión: no le veo ningún encanto a obligar a la gente a ver mujeres que recuerdan el holocausto morirse de miedo ante un bicho baboso que se les sube por los cuerpos desnudos. Yo suponía que el vídeoclip era una opción personal, que tú podías elegir cuándo deseabas verlo y, como ocurre con los discos, tú también decidías abandonarlo si no te gustaba. En un concierto de Tool eso no pasa: la predominancia de las imágenes es tal que, incluso, el grupo es capaz de dejar el escenario y poner el disco como fondo musical mientras las pantallas siguen con su festival. Lo dicho: ninguna pega para la música de Tool, pero un montón de ellas para su espectáculo. E.P.
|