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Macy Gray + Lenny Kravitz

Palacio Vista Alegre. 2 de junio de 2002

Se esperaba, y con razón, este concierto como uno de los, a priori, mejores que puede deparar el año 2002. El cartelón generado al juntar a dos de los artistas más relevantes del soul actual hacía esperar un “tour de force” de gran altura, algo similar a un mundial de los pesos pesados. Pero no fue así: Lenny es mucho Lenny y, en dos asaltos, hizo que la mayoría de la gente que abarrotaba la peculiar plaza de toros cubierta de Vista Alegre, olvidara lo que había disfrutado apenas media hora antes.

Porque Macy Gray no llegó bien al público hasta muy entrada su actuación. Tanto tardó que, en cuanto apareció Kravitz, su imagen se diluyó en la distancia. Apareció muy motivada, consciente de que un recinto como éste, abarrotado, es como una prueba de fuego en un país en el que su música no puede considerarse, aún, mayoritariamente popular. Y al público le agradó esa actitud aun cuando lo que saliera de los altavoces se pareciera más a una llamada de larga distancia que a un concierto de música. Macy se escondía debajo de su sombrero y sus músicos eran sepultados en un sonido propio de una fábrica de aluminio.

Afortunadamente, el tiempo arregla muchas cosas, hasta el sonido de un concierto. Fue entonces cuando ya se pudo escuchar con cierta fidelidad el arranque de la numerosa banda de Macy, los matices de su voz y su gusto por romperla cuando el corazón se le ponía en la garganta. Su explosión, con todo, ya disponía de poco tiempo para alcanzar sus objetivos: cuando se la empezaba a entender ella ya estaba derrotada, cantando desde el suelo como si estuviera poseída. Dejó un gran sabor de boca, pero luchó contra elementos que favorecen el olvido, sobre todo porque, más tarde, iba a llegar una tormenta de miedo.

Y la tormenta era Lenny, ese personaje que la última vez que aterrizó en España venía predispuesto a hacernos soñar con un nuevo “padrino” dentro del soul. En esta ocasión abandonó el título como si le sobrara: vino a hacer rock y para ello no necesitaba más que un trío de apoyo y un ocasional saxofonista que pusiera las notas más funkies del concierto. Kravitz se instaló como una locomotora, con un soul rock denso que atravesaba las paredes; su presencia en el escenario era propia de un estrellón de campanillas y, cuando se pudo escuchar a la banda, quedó claro que el estrellón tenía buenos satélites girando a su alrededor. Quizá su repertorio primó más en el aspecto guitarrero o quizá los arreglos para esta gira evitan la parte más soul de su música, pero, sea como sea, cada una de sus canciones parecía un torbellino destinado a poner al público boca abajo.

En una ocasión se equivocó: pasó de la explosión de distorsiones a una pieza psicodélica larguísima que hacía emular a Pink Floyd en sus años más lisérgicos. A la gente no le gustó, sobre todo cuando había transcurrido el minuto doce del tema, pero Lenny, conocedor de estas situaciones, soltó a su batería contra el público y dejó que ella reconviniera la situación. Después de un solo enorme, ideal para ir a buscar una copa, la banda arrancó un “Are you gonna go my way” que parecía el himno nacional de los allí congregados. Era la guinda de un concierto realmente impresionante.

Atrás quedaba el detallito del “Happy brithday” que Macy Gray y el coro de Vista Alegre le dedicaron con una semana de retraso tras cumplir los treinta y ocho; o los duelos de guitarras que hicieron que el público se soliviantara con las manos arriba y los pies perdidos…

Con media hora de Lenny ya nadie recordaba lo mejor que había dejado en el escenario Macy Gray. Sería de justicia que, la próxima vez, la chica venga en una mayor soledad. Demostró que lo vale, pero se encontró con todos los imponderables que uno no puede controlar, sobre todo con el de un cabeza de cartel que sigue demostrando que es una verdadera estrella.

E.P.

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