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Love Sala Arena. 1 de Junio de 2002 ”A quien no le haya gustado es para darle dos hostias”, comentaba un sudoroso y explícito Josele Santiago a la salida del magnífico concierto que ofrecieron los remodelados Love en una Arena a reventar. Lo cierto es que la metáfora es harto válida para demostrar que el concierto no tuvo una posible doble lectura. Sólo tuvo una: fue bueno, muy bueno. Había una expectación, nada exenta de morbo, por ver a Arthur Lee sobre las tablas no sólo por ver a una de las leyendas vivientes del rock californiano de todos los tiempos, sino porque se sabía que Lee salía de pagar seis años en el maco por tenencia de armas y alguna-cosita-más. Y ya se sabe que esos affaires con la justicia siempre crean un aliciente extra a la hora de presentarse en un bolo. Aparte de esto estaba la incertidumbre sobre qué podían dar de sí los cuatro chavalotes que, sin rubor alguno, se habían puesto a sus espaldas un nombre tan mítico como el de Love. Nada mejor que disfrutarlos para salir de dudas, pues estuvieron realmente magníficos (qué guitarrista tú: fino, hijoputa y con gusto) y fueron el soporte perfecto para que el maestro demostrara la valía de unas canciones que no envejecen con los años. Arthur Lee se mantuvo en el escenario con el paso firme del genio y la figura. Calado en un sombrero hendrixiano y una camisa vistosamente desgastada, fue desgranando, rítmica en mano, lo mejor de un repertorio que vale su peso en oro. El publico respondió unánimemente con pasión y algarabía ya en los primeros acordes de cada canción, jaleando sin dudar estrofas y estribillos (¿quién habló de que no hay aquí cultura musical?). Y si previsible podía resultar que la banda saliera bien parada de sus lances con el material más garagero, “7 and 7 is”, “My flash on you”, --cosa que hizo con precisión y arrojo--, el que subscribe tenía sus miedos al pensar en cómo iban a abordar los temas de su obra maestra “Forever changes”, que en el vinilo original luce unos omnipresentes y bellísimos arreglos orquestales (probablemente los mejores que haya dado la historia del rock). Nada más sencillo: Lee demostró que lo que ese disco contiene son, al fin y al cabo, canciones y si están son buenas, por encima de los adornos embellecedores. Así, en deliciosa clave de rock guitarrero, sonaron “A house is not a motel”, “Signed DC” o “Alone again or”. Para la vibrante lectura de “The red telephone” dejó unos explícitos y reivindicativos “Freedom for me... freedom for me...” con los que cerró el tema y que fueron secundados por todos los asistentes. Como es natural, el respetable azuzó hasta que consiguió unos bises, entre ellos un correcto y anecdótico “Singing cowboy” que esperamos sirviera a modo de “hasta luego”. Aguantaremos hasta la próxima con impaciencia. Kike Buitre
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