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Burning El Sol, 14 y 15 de junio de 2002 Fue encantador, maravilloso; pocas cosas hay más vibrantes dentro del rock’n’roll que ver a Burning en Madrid. Y eso se palpa en cualquier rincón de la sala que escojan para tomar su escenario. Si además el local elegido es El Sol, la situación debe ser similar a la que sentían los liverpoolianos al escuchar a los Beatles en La Caverna. Gloria pura. Hay quien opina que Burning no son lo mismo sin Risi, que nunca volverán a ser lo mismo. Y es cierto. El hecho resulta tan obvio que ninguno de los integrantes de la actual formación piensa, ni por asomo, intentar sustituir a Pepe. Pero eso no quita ni un ápice de validez al cuarteto que ha defendido el mejor repertorio del rock madrileño a lo largo de casi una década. Las canciones que los actuales Burning interpretan en directo son más suyas que de nadie, y, si alguien no piensa así, que intente tocarlas y cantarlas mejor. Burning no es solamente un elemento nostálgico; el reciente “Altura” ha venido a demostrar que su capacidad para hacer canciones no ha decrecido lo más mínimo. Dentro de un año, los temas del nuevo disco serán tan imprescindibles en su repertorio como lo son hoy un sinfín de sus canciones. Y, a la hora de ponerlas en directo, el nuevo material se codea con las clásicas aguantando con entidad. Johnny y los suyos no son de los que se esconden detrás de la historia. Es innegable que , interpretadas en directo, sus nuevas canciones (“El perro”, “Es una roca”, “Desde el pantano”, “Soy yo”, “Zenkiu sugar”....) cuadran perfectamente en un repertorio que refleja a Madrid más que el Museo del Prado y que dibuja un estilo tan fielmente como sólo lo puede hacer quien lo ha creado. Escuchar, con cuatrocientas personas de público, “No es extraño...” o “Como un huracán” es asistir a un karaoke en el que el vello se pone de punta: lo que sale de las gargantas del público es mucho más que una simple canción. Por si alguien pudiera acusar a los miembros de Burning por culpa de su edad (a los rockeros españoles parece no permitírseles los mismos lujos que a los extranjeros), el cuarteto se despachó a gusto hasta que le echaron del escenario: casi dos horas en las que se pasó revista a veinte años de una historia que, con los nuevos temas, tiene plena intención de prolongarse. Johnny Cifuentes (único miembro original del grupo) estuvo tan brillante como sus compañeros (Eduardo, Carlos y Kacho), poniendo tanta alma en las canciones que daba la impresión de que el techo iba a ceder de un momento a otro. El único ‘pero’ que pudo escucharse entre el público es la manera en que Eduardo Pinilla aborda ahora su situación de guitarra solista. Pinilla es un virtuoso que choca con la espontaneidad de las canciones de Burning, sencillas pero intensas, como la vida misma. El las reconvierte con cierto criterio que, para muchos, raya en lo artificial. Es como si Burning hubiera tomado otra vez la delantera a su público. Cuando éste querría escuchar siempre lo mismo el grupo ya ha dado un paso adelante dejando claro que el dormirse no es lo suyo. E.P.
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