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Wagon Cookin’ mezclan el house y el jazz en su primer álbum. Julio 2002 De aperitivo, nada
Admitámoslo. Este es un país en el que resulta difícil aceptar que un músico curtido en el rock pueda, un día, hacer jazz. O que uno formado en el jazz tenga inquietud por hacer algo dentro de la música electrónica. En ese aspecto parecemos un poco patanes; no terminamos de entender que la música no se acaba en una u otra forma, en uno u otro estilo. Tenemos que limitarnos siempre a las fronteras que nos resultan más cómodas para señalar que “entendemos” de algo. Afortunadamente, no todo el mundo es así. Javier Garayalde es uno de los músicos emblemáticos de Pamplona, un saxofonista más que consolidado que concedió a sus hijos la posibilidad de estudiar en conservatorios y codearse con el ambiente musical desde la parte de atrás de la barra de un club (el Cotton Club, aún en activo, aunque con gestión diferente). Sus hijos formaban otra generación y, por tanto, recibían otra música al margen de la escuchada en la familia. Javier y Luis tocaban jazz, pero bailaban house. Y eso, tan peculiar en estos días, ha convertido su proyecto musical en un talento de altas miras: no tienen fronteras, no tienen prejuicios y, con las mismas, pueden exponer lo que muy pocos alcanzan, siquiera, a imaginar que exista. Han grabado su primer álbum como Wagon Cookin’ y el resultado ha sido, simple y llanamente, espectacular. La música del futuro pasa por aquí. O parte de ella, al menos. Javier se fue a Londres en el 85 y llegó con una maleta cargada de discos que, por la noche, pinchaba junto a Luis en el Cotton Club. La gente que se mueve no tardó mucho en mirar a Pamplona: allí se pinchaba una música de alto voltaje, cargada de calidad y mezclada con criterio. Diez años después ambos hermanos comenzaron a recibir ofertas para poner música a incipientes páginas web o para hacer jingles en anuncios de publicidad. “Los hacíamos con los sintetizadores, pero fue el momento en el que apareció el Windows 95 y, de repente, vimos que los ordenadores tenían otras posibilidades. El músico que tiene equipo siente el gusanillo de pillar siempre lo último. La independencia económica que nos dio el empezar a trabajar por nuestra cuenta fue lo que nos permitió dejar el club e iniciar un proyecto independiente”. Cambiaron Pamplona por La Adrada y se acomodaron en un vagón de tren abandonado que un amigo suyo había acondicionado como vivienda. Con su emancipación llegó el momento de aprender a cocinar para poder vivir y así nació el nombre de Wagon Cookin’. Nos situamos en el 95. Ni Javier ni Luis veían que su proyecto musical tuviera la más mínima posibilidad en el mercado español. Era la época de resurrección del rock calimochero y se vivía la explosión de la escena indie; cualquier proyecto bailable habría de esperar para ser considerado. Lo único que les quedaba era subirse a un escenario, mostrar su música y esperar que llegara un ángel caído del cielo. Y es lo que ocurrió: Wagon Cookin’ llegó a ser un nombre respetado en las carpas de festivales como Benicàssim o Doctor Music, lugares donde también recalaban artistas internacionales que no tenían que coincidir necesariamente en gustos con lo que ofrecían los escenarios de estos eventos. Un día se acercó a los hermanos Garayalde un tal Chris Duckenfield y les profesó su admiración. Chris resultó ser miembro del colectivo Swang y tenía su propio sello discográfico. “No sólo nos propuso grabar con él, sino que nos animó a crear nuestro propio sello”, recuerdan. El hecho no debe extrañar: las músicas minoritarias crecen gracias a ser empujadas por la fe que tengan en sí mismos los propios artistas y entre ellos mismos se crea un circuito de intercambio que hace que la distribución de sus obras llegue, directamente, al público más interesado. El primer maxi de Wagon Cookin’ apareció finalmente en marzo del 2002. Pero aquello era el principio de un viaje sin retorno: en seis meses aparecieron otros seis maxis, tres de ellos publicados en Appetizers, el sello creado por los Garayalde. Era hora de empezar a pensar en un álbum. Es un hecho que la luz corre más que el sonido y por eso no resulta complicado entender que una página web, en los tiempos que corren, sea un vehículo transmisor más rápido que cualquier otra cosa, sobre todo cuando la “otra cosa” son medios de comunicación y emisoras que se fijan únicamente en lanzamientos de gran poderío promocional. “La gente de El Diablo nos conocía por nuestra página, pero no sabían que éramos españoles. Cuando hicimos el álbum les tanteamos para buscar una distribuidora y recibimos una buena respuesta. Hasta el momento estamos muy contentos del resultado, ya que parece que el disco ha llegado donde tenía que llegar y está llamando la atención de mucha gente. Para distribuir fuera seguimos los consejos de Chris”. Con éstas nos encontramos con “Appetizers”, el álbum. “Los appetizers era como llamábamos a nuestros maxis. Los teníamos como una especie de aperitivos de nuestro álbum. Ahora resulta que nuestro sello se llama Appetizers, nuestros maxis también y el álbum también”. Todo aperitivos, motivo por el cual el grafismo del disco se ha centrado en la cocina y sus derivados. Luis y Javier parecen dos cocineros consagrados alrededor de verduras y platos fríos colocados en la línea del diseño más pijín que uno se pueda imaginar. ¿Qué hace tan diferente el álbum de los Garayalde de cualquier otro proyecto de música electrónica? Varias cosas; primero: que en sus piezas se respira jazz de alta alcurnia, no solamente riffs enfocados a la música de baile; segundo: que ese jazz se tutea sin complejos con un tratamiento rítmico propio del house más elaborado. Tampoco caben aquí obsesiones repetitivas más propias de la danza de las cuatro de la madrugada. “Appetizers” es un disco de fusión en toda regla, y de una fusión tan original como bien expuesta. “Hasta el año pasado funcionábamos mucho en jams de jazz, y conocemos a muchos músicos de ese ambiente. Cuando nuestro padre daba una opinión positiva de nuestra música pensábamos que otros músicos podían hacerlo también. Resultaba un poco difícil para ellos, pero el resultado les dejaba impresionados”, apuntan Luis y Javier. Imagínense ustedes a un músico de jazz de toda la vida que, convencido por los pelos, entra en un estudio y recibe la orden de tocar. Lo que sea. Aún mayor era su asombro al darse cuenta que, de lo tocado, una parte había sido escogida para dar forma a piezas en las que la percusión parte de cajas de ritmos, los efectos los ponen samplers y, para hacer el resto, ya no hacen falta más músicos. “Lo que hemos creado ha partido de la unión del jazz y el funkie, música que nos salía sola, de un modo muy natural. Nuestra idea era hacer una música de baile de calidad. En casi todo lo que escuchábamos faltaba algo para hacer bueno el contenido: faltaba desarrollo armónico. Somos conscientes de que no hemos descubierto nada y que en este tipo de música hay poca gente pero muy buena. Siempre nos ha gustado el sonido de los 70, la manera de tratar las baterías o los ritmos latinos. Lo de la música de club nos ha llegado por la época en la que vivimos, pero, entre ella, hay mucha que nos deja de gustar, como ocurría con el funk cuando se volvió blando”. El dúo no ha dejado de producir en dos años, lo que les permite contar con un soberbio arsenal de material a la hora de ponerse en directo. “Hacemos una sesión de nuestra propia música y eso es lo que se la pone dura a los DJs. Todo el material es original y tiene a la gente bailando continuamente”, comentan. Entre su música hay piezas más orientadas a la pista de baile, con los bpm más subidos, pero, en conjunto, todo gira alrededor de una oferta melódica cuyo sonido mueve los pies sin necesidad de recursos facilones. Wagon Cookin’ también son aptos para otro tipo de escenarios: después de pasar por la última edición del “Sonar” participarán también en el próximo “Galapajazz” abriendo los conciertos del día 4 de julio y compartiendo escenario con otra serie de músicos: “Haremos como una hora y cuarto y uno de nosotros hará las veces de director. Lo que pedimos a los músicos es muy abstracto y les resulta enormemente nuevo. Date cuenta que siempre han tocado con bajo y batería y que, en su concepto rítmico, se les hace complicado saber dónde entran y dónde salen. Cuando actuamos así somos algo parecido a lo que hace St. Germain. Pero con nuestra gracia, claro”. Aunque, curiosamente, en “Appetizers” (el álbum) no hay más guitarras que las que interpreta el propio Luis, la ausencia de ellas como elemento relevante no tiene nada que ver con esa postura integrista que tanto se ha defendido desde el mundo electrónico. “En absoluto. Lo único que ha pasado es que nos ha pillado un poco el toro y hemos tenido que dejar fuera del disco algunos temas que, en principio, queríamos incluir”. La afirmación se refrenda cuando Luis y Javier apuntan que, en uno de sus temas incluidos en un recopilatorio orientado al mercado brasileño, han participado con Santiago de la Muela, guitarrista que hace pocos meses publicó un álbum en el que, dentro del jazz, usaba desde el formato de dúo hasta una big band completa. “La tecnología te permite producir de una manera muy libre: dejas tocar al músico y luego eliges lo más válido para la pieza en conjunto. Trabajar con buenos músicos siempre da como resultado buena música. La segunda vez que graban con nosotros ya lo entienden todo mucho mejor”. Actualmente Wagon Cookin’ es un proyecto de “sampler músicos” que están más empeñados en afianzar su nombre que en recoger frutos. “Lo que queremos ahora es promocionar el disco, producir, remezclar… ganar esa imagen de sello que puede ayudarnos mucho a la hora de crecer. Estamos en un momento muy bueno y no lo vamos a dejar para actuar”, apuntan. Entre las producciones que tienen en mente, la más inmediata en salir a la calle será el álbum de la vocalista Sheilah Cuffy, ampliamente reconocida en el circuito de jazz pero sin un disco propio que la pueda representar en el mercado. “Deseamos orientar nuestras producciones hacia el latin soul y el jazz, pero también trabajaremos el house con remezclas que nos están ofreciendo. La idea fundamental es reforzar el sello Appetizers”, insisten los Garayalde. Un buen puntal para el futuro será la repercusión que, popularmente, tenga su primer álbum. Es, realmente, uno de esos discos que no deberías perderte si tus orejas son de amplio espectro y no comulgas con la idea de los “géneros cerrados”. E.P.
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