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La vida en la carretera (V). Julio 2002

Por el guiri
por Kike Babas y Kike Turrón con ilustración de Mart

De infantiles chauvinistas sería creernos que el rock nacional es solicitado habitualmente allende nuestras fronteras. Puntuales, muy puntuales, son los casos de bandas peninsulares con algún tipo de relevancia en Europa: que si el aireado caso de Los Héroes del Silencio en Alemania, que si los Dover han vendido unas pocas miles de copias en ese mismo país, que si Ska-P son una minisensación en Italia y Francia… El resto son giras underground construidas a base de telefonazo y contactos varios que tienen como escenario festivales muy especializados, salas ínfimas o squats enrollados.

Del resto del mundo casi mejor ni hablar, exceptuando el caso de Centro y Sudamérica, donde, de nuevo, apenas unas pocas bandas se han hecho un hueco: si obviamos el caso de los cantautores (Serrat, Sabina…), categoría importante han conseguido La Polla y Siniestro Total, y en menor pero currada ascensión están Reincidentes, Amparanoia o Sin Dios. ¡Ah, claro! Y también se habla del cacareado Bunbury y los Estopa. Sea como sea, para cruzar el charco hay que rezar a Santa SGAE para que suelte alguna de sus suculentas ayudas y pueda presumir del apoyo que presta al rock patrio.

De una u otra manera, más lejos o más cerca, allá van nuestros osados músicos, unos con el síndrome “De la Quadra Salcedo” (lo viven como una inolvidable aventura, se empapan de todo y traban contactos para repetir), otros aquejados del mal “Paco Martínez Soria” (reconocen que, como en casa, con los guisos de mamá, en ningún lado). Los contrastes en el idioma, las autopistas, los pubs, la comida o las costumbres son algunos de los obstáculos que aparecen entre medias de los conciertos. Estas son unas pocas anécdotas personales.

Por la vieja Europa.

Todos sabemos de sobra que no es Rosendo, con su rock´n´roll castizo, un músico muy solicitado más allá de los Pirineos. Sin embargo, al carabanchelero ya le ha tocado moverse un par de veces fuera, no a tocar, sino a grabar (Londres con Leño y Alemania ya en solitario). La experiencia no fue del todo positiva: “fui a un burger. La chica, una joven alemana, me trataba de decir que esperase cinco minutos a que mi pedido estuviese listo. Yo no entendía nada; seguía frente a ella mientras, detrás de mí, se formaba una cola considerable. Ella estaba colorada y yo… imaginaos. Salió y del brazo me llevó a la mesa: me sentía ridículo. Como cuando me dio por hacerme una salida por la ciudad: me monté en el tranvía y no entendía ni los nombres de las calles. Finalmente me bajé y llame a mi compañera, que estaba en Madrid, para decirla que aquello era imposible, que volvía sobre mis pasos para encerrarme en el hotel”. A uno se le vienen a la cabeza las sonrojantes escenas de las mejores películas de Alfredo Landa en los setenta. No menos peculiares son las vivencias de unos recién estrenados Enemigos que, a puntito de publicar su primer disco (año 86), son invitados por la Delegación de Juventud a viajar a Grecia para actuar en representación de nuestro país. Josele lo recuerda así: “eran unos tipos muy raros estos griegos. Nosotros actuamos un día, pero la organización nos obligaba a permanecer allí durante una semana. Estuvimos todo el tiempo canjeando los vales de la comida por tickets para priba, allí, dentro del hotel”. No todos los músicos tienen especial interés por salir allende sus fronteras. Muchos entienden que sus canciones tan sólo las comprenderán en la piel de toro, así que… ¿para que salir? Otros, como los Gas Drummers, no contentos con dar el valiente paso de concertar conciertos por Europa, decidieron, en una de sus giras, empaparse de la cultura del lugar: “Teníamos un día de descanso en nuestra primera gira europea (que compartimos con PPM) y nos pilló en Gante (Bélgica). Gante estaba en fiestas (carnaval) y las calles de la ciudad estaban a rebosar de gente. Nos metimos en un café teatro y coincidió que en ese momento había una performance al más puro estilo ‘El club de la comedia’, pero en neerlandés (que es el idioma de esta zona de Bélgica); creo que el japonés o el zulú es lo más parecido que he oído con respecto a ese lenguaje. Ni cortos ni perezosos, nos unimos al público asistente al acto y nos propusimos entender los chistes de los humoristas. No lo conseguimos, pero no nos hemos reído tanto en nuestra vida. A cada palabra del simpático y dicharachero humorista de gafitas nos descojonábamos como posesos; todo el mundo nos miraba y nadie entendía de qué coño nos reíamos. Acabamos tirados por el suelo y el espectáculo casi se suspende por nuestra culpa. De vergüenza”.

Sex Museum, practicantes de un power rock universal y valientes en lo que a mostrarse en directo se refiere, también han intentado (lo siguen haciendo y con excelentes resultados) conquistar terrenos europeos, esta vez tratando de inventar una gira. He aquí una muestra de la primera gira Europea que trazaron: “cruzar Francia a mediados de los 80, en un cacharro Seat que nunca se había visto, con matrícula española y con nuestras caras de niños, no ayudaba mucho. Nos pararon en la frontera francesa y nos pidieron que les mostráramos un seguro que debíamos haber sacado si queríamos llevar nuestros instrumentos por Europa --aún no había paso libre en las fronteras de la CEE--. Después de pensarlo unos minutos, y aprovechando que el gendarme se había metido en su garita y había bastante tráfico, arrancamos y nos largamos. Condujimos sin parar en medio de una enorme tormenta de nieve hasta que se hizo de noche. La nieve nos había retrasado bastante pero aún íbamos bien de tiempo. A día siguiente, cuando llevábamos una hora de camino, la furgoneta reventó y se paró en seco. Nos llevaron en grúa al pueblo más cercano con taller Fiat y tuvimos que pasar allí la noche. Al final, y no me acuerdo ni como, un viejo se enrolló con nosotros y nos dejó dormir en un hotel de verano que cerraba todo el invierno --estábamos cerca de La Riviera francesa--. Aquello fue acojonante: era como ‘El resplandor’ de Kubrik. Un hotel antiguo, vacío, en medio de la nieve y algo alejado del pueblo. Recuerdo que lo recorrimos todo: las cocinas, los comedores, las habitaciones… Y al final nos cogimos un buen ciego y nos dormimos. Al día siguiente salimos de camino de nuevo; no podíamos parar más y debíamos conducir todo el día y la noche para llegar a Viena en la tarde del día siguiente”. Los peludos miembros del grupo continúan narrándonos la odisea: “cruzamos Francia, Italia (donde la policía nos hizo sacar todo de la furgoneta y registró todo con perros) y, en la madrugada del día siguiente, llegamos a Austria. Los policías austriacos no sabían si partirse el culo de nosotros o invitarnos a un café. Lo miraron otra vez todo de arriba a abajo y nos dejaron seguir. El costo había pasado sano y salvó todas las fronteras, pero la moral del conductor prácticamente había desaparecido. Después de tres o cuatro días de hambre, sueño y frío nuestro colega reventó y dijo que necesitaba dormir y comer algo. Viena quedaba a unos quinientos kilómetros y debíamos llegar a las 5 ó 6 de la tarde. Le dijimos que ni de coña, que no podíamos parar, y él que no pensaba conducir más. Tuvimos que coger la furgoneta entre el Niño --el batería, que había aprendido a conducir algo en la mili-- y yo sentado al lado para cambiar las marchas. Hicimos el resto del camino sin que nuestro colega nos dirigiera la palabra y, cuando llegamos a Viena, nos dijo que se volvía a Madrid en avión y que nos apañáramos como pudiéramos el resto del viaje. Al día siguiente se le había pasado y, después del último concierto, en Linz, se quitó toda la tensión robándole la gorra a un policía austriaco que estaba por allí. Otra vez nos registraron la furgo, pero no la pudieron encontrar y hoy en día aún sigue conservando una gorra verde y gris con el escudito de Austria”.

Toda una terapia: pelos, sudor, basura… pero en otro idioma. Cristóbal, furgonetero de varios grupos nacionales, nos retrata esta labor suya de comerse kilómetros por autopistas extranjeras: “Una de las pasadas más grandes, en kilómetros, la hice con los Hamlet a bordo, después de llevar doce días por Francia y Suiza. Regresamos a casa del tirón, es decir, paradas para echar gasolina y nada más. Lausanne (Suiza)-Madrid: catorce horas de viaje y a todo rabo. Cuando ves los carteles de ‘Barcelona 945 km.’, y le sumas lo de Madrid, te hundes en el asiento. Pero en esa ocasión me motivaba la comida hogareña: estaba hasta el culo de tanto queso y mantequilla”. Especialistas en estos menús europeos se nos muestran los hardcoretas jerezanos Gas Drummers, quienes, además, insisten en mostrarse amantes y caprichosos (uno de ellos es vegetariano) de las delicias culinarias. “Leeds; termina nuestro concierto en el que todos hemos acabado completamente desnudos y nuestros instrumentos (batería incluida) desparramados por el suelo tras haberlos lanzado por el aire. Recogemos y el organizador del concierto nos dirige hacia su casa (donde vamos a sobar esa noche); este tipo rubio y con cara de loncha de jamón de york (típico inglés) nos abre amablemente la puerta de su casa y acoplamos todas nuestras bolsas de viaje y nuestros cuerpos sobre la típica y apestosa moqueta de su casa. Y este tipo pregunta a la expedición de hambrientos lobos ibéricos:

-- Are you hungry? We can have some food, ok?

-- Of course, of course (le replicamos).

Y empieza el tipo en cuestión a calentar unas tostaditas de pan de molde y a untarlas con mantequilla. ¿Y el jamón de york? ¿Algo de choricillo?¿Aunque sea un poco de queso? Nada de nada. Maravillosa cena de tostadas con mantequilla; acompañaba a la exquisita cena unos vasos de agua aderezados con unos cubitos de hielo sabor melocotón. Os podéis imaginar las caras de los chavalillos españoles. Ya en Slough la madre de Danny (batería de Twofold) nos invitó a unos macarrones a la boloñesa que sabían a lentejas. Y en Manchester nos dieron unos trozos de alquitrán para untarles a las tostadas que se llamaba ‘Crunchy sprunchy’ o algo así”. Que la dieta mediterránea, en concreto la nuestra, es la mejor no lo duda nadie, pero Amparo, de Amparanoia, nos pone el contrapunto y da la cara por el guiri: “En Francia, Bélgica o Italia llegas al catering y es la gula. Los camerinos están llenos de comida: fruta, pasta, un cocinero dale que dale, desayunos monumentales… Te cuidan muy bien. En los equipos de sonidos también se nota: están menos cascados”.

Pasemos a mirar la reacción del publico. ¿Merece la pena todos esos kilómetros, todo ese stress, para llegar a un pub del centro de Europa donde nadie te conoce? Para Amparo, de quien seguimos de la mano por la vieja Europa, la cosa está clara tras su experiencia personal: “estábamos por el centro de Europa. Vino un chico a vernos los cuatro días; estaba en primera fila, cantándolo todo… Se lo dije: ‘¡tío, te conoces todo!’ Me dijo que se hacía todos los días cuatrocientos kilómetros para venirnos a ver y luego volvía para trabajar. Teníamos un día libre, que aprovechamos para ir a Amsterdam, y le dijimos que se viniese. Otra vez, en esa misma gira, estábamos tocando y había un niño en primera fila; tendría once años, pero me extrañó que estuviese allí tan tarde. El caso es que, por Europa, en la canción de ‘Guerrillero’, pongo el micro al publico para ver como pronuncian esa palabra: lo hago para reírme. En ese concierto se lo puse y dijo: ‘te quiero’. Lo oyó toda la sala, por lo que cuando ponía el micro a otro decía lo mismo: ‘te quiero’. Menuda situación”. Y si eso resultó un tremendo papelón para Amparo, Dani, de Macaco, no se queda corto en la visita del grupo a Italia, unos cuantos bolos con sus respectivas ruedas de prensa: “en una de ellas, en Nápoles, donde tocaban Ziggy Marley, Sargento García, nosotros… estábamos en la rueda de prensa. Yo, allí, con todos los periodistas, y de repente viene un perro, se me tira encima y dos policías detrás. Pero la policía se quedó como que yo era un artista o algo y en ese momento se cortó de detenerme; se quedaron un poco más allá, esperándome. La verdad es que llevaba algo, por lo que le dije a los periodistas que llevaba una piedra de chocolate y que si me podían hacer un favor: que nos levantáramos, que me rodearan todos, íbamos así al mar y yo tiraba el chocolate; si no me iban a enmarronar pero bien. Y eso hicimos: me taparon todos y no lo tiré: lo escondí por la arena y luego más tarde volvería a buscarlo. A mí me cogió la policía, me empezó a registrar, me preguntó que dónde lo tenía y yo le dije que me lo había fumado ya y por eso el perro se quedó con algo del olor”. Una vez más, la picardía hispana se hace notar.

Cruzando el charco

La cosa se pone más atractiva cuando está el avión de por medio. Primero un consejo de Alberto Pla, de Boikot: los instrumentos nunca han de viajar en la bodega, sino como equipaje personal dado que las bajas temperaturas del maletero del aeroplano hacen que el instrumento se joda de lo lindo. Y lo sabe por experiencia. Fue en uno de los viajes que Boikot se inventó con motivo de la trilogía “La Ruta del Che”: Cuba, Argentina, México. Arranquemos de la biografía del grupo (“Historias escritas de Boikot”) el espeluznante caso del propio Alberto en tierras bonaerenses durante la grabación del disco “No callar” y los bolos que por allí se marcaron: “tengo una enfermedad que se llama soriasis; me da mucho en primavera y la provocan los nervios, la tensión. Pensé, en principio, que se trataba de un catarro, pero cada vez estaba peor: me subió la fiebre y apenas podía salir del hotel. Esta enfermedad me dio en los pies: los tenía fatal, podridos, se me caían a cachos, estaban de todos los colores, olían fatal, se estaban infectando y yo, en la cama, derrotado. En el hotel se fue la luz; yo pensaba que era un incendio y que nadie se acordaría de mí. Llevaba todo un día sin comer y pensaba que me moría, así que bajé reptando por las escaleras desde la cuarta planta del hotel. Cuando vi al encargado le asusté, le pedí comida desde el suelo. Finalmente vinieron éstos y empezamos un peregrinaje por los hospitales de Buenos Aires: en cinco no nos quisieron, fuimos a uno privado y yo les decía que no me dejasen solo, que al verme los pies se creerían que era gangrena y me los cortarían. Al lado del hotel había un hospital italiano y allí me atendieron; me curaron y pude seguir adelante” Reacciones ante la lejanía del hogar, ante tanta novedad y siempre trabajando, como, por ejemplo, Julián Hernández (Siniestro Total), quien, desde hace varios discos, no desperdicia la oportunidad de darse un garbeo por los USA con la excusa de mezclar, grabar o masterizar los trabajos de su banda regresando siempre a su Vigo, cargado de comics, libros o discos: “Sí. Para ‘La historia del blues’ fuimos Segundo (ex bajista) y yo a Ardent. Yo iba como ideólogo y, sobre todo, como traductor, porque llegué allí y no di un palo al agua. Mientras andaban mezclando yo daba vueltas por Memphis. Me acuerdo que al ir, nada más bajarme del avión, se me cayó una de las botellas de vino de la Ribeira Sacra que le llevaba a Hardy (productor de este y otros discos de Siniestro). Fue un desastre: tardamos una semana y pico en mezclarlo y masterizarlo. Segundo se volvió, pero yo me enteré que ZZ Top tocaba en un teatro de Memphis unos días más tarde y que me quedé. Hardy es su productor y sabia que iba directo a camerinos. Le pregunté a Hardy si me podía quedar cuatro días más en la habitación de su casa y que si me podía conseguir una entrada. Me dijo que sí y me quedé allí solo. Ya tenía colegas en Memphis y salía a los bares. Me consiguió la mejor entrada y Billy Gibbons saludó desde el escenario a Joe y Trish Hardy. Al acabar fuimos a saludar a los camerinos. Tenían dos: uno para la gente, lleno de palomitas y cerveza, y otro para el grupo. Me presentó a los chicos de ZZ Top y por allí había una tía dando la brasa, algo insufrible, que se tiraba encima de la gente y estaba totalmente mamada. En esto Gibbons nos coge a Hardy y a mí y nos lleva a una habitación. Allí nos dijo que era la hija de Jerry Lee Lewis, que estaba todo el día borracha. Yo no me lo creía. Hardy me preguntó que si me había traído una cámara de fotos y yo… ¡claro que la tenía! Nos sacamos unas fotos. No hay que desaprovechar esas oportunidades”.

Mikel Pinza, batería de Fermín Muguruza en muchos de sus proyectos, e igualmente batería en Bap, nos cuenta la experiencia vivida durante la gira “Dub manifest”. No olvidemos que los vascos son vascos y peligrosos en todos los países del mundo (¿¿??): “perdí el pasaporte en Pekín; íbamos por tres días y, a unas horas de llegar a Pekín, me di cuenta de que había perdido el pasaporte, así que las dos mañanas siguientes me las pasé arreglando los papeles en la embajada española. En un principio me lo pusieron muy negro: no podían hacer nada y era una movida de la hostia. Pero, finalmente, la gente que me había entregado el visado para entrar en China se puso en contacto con la embajada. Además, desde Metak (nuestro sello discográfico) mandaron un pasaporte mío que, aunque estaba caducado, servía, y conseguí salir; si no, veo que me quedaba ahí para los restos. Además la gira continuaba: íbamos a Japón y éstos, sin mí, no podían tocar”. David, de Estopa, también recuerda un apuro que casi les cambia la nacionalidad y el lugar de residencia: “Viajábamos del D.F. a Guanajuato, que está a setecientos kilómetros o así, y nos quedamos tirados. Se nos paró el coche en medio de un desierto, al lado de un control de cerdos. Era la primera vez en mi vida que veía un control semejante. Había también un bar, allí en medio, y estuvimos bebiendo cervezas hasta que se solucionó aquello, orgullosos de haber conocido México de verdad. Aquello era lo profundo”. Finalicemos con dos impagables momentos vividos por Mikel en sus giras extranjeras, dos raciones de escatología internacional: “era el último día de la gira. Volvíamos al avión que nos llevaba a casa y habíamos tenido pega con los aires acondicionados (me entraban cortes de digestión y cosas así). Estábamos atravesando Tokio, llegando al aeropuerto, que alcanzas tras circunvalar toda la ciudad. Hay un trafico de la hostia, salvaje. El caso es que me entró un corte de digestión con el aire de la furgoneta y tenía unas ganas enormes de cagar, por lo que dije que parasen la furgoneta y allí, en medio de toda la acera, me puse a cagar. Los coches pasaban a diez por hora y me veían allí sentado, con mi sudor frío, cagando en pleno Tokio”. Ahora la segunda ración: “Otra me pasó viniendo de Montreal. Veníamos a tocar a Belfast. Al bajar del avión, después de toda la mierda que te dan, yo venía hecho polvo, fatal. El caso es que estaba en la cadena de equipaje y dije: ‘este es mi momento: me voy un rato’. Cuando salí se habían ido todos en las dos furgonetas que nos conducían hasta el hotel. Nadie se había dado cuenta: todo el mundo iba medio dormido, cansado de tantas horas de viaje… Yo, por suerte, tenía algo de moneda inglesa en el monedero, de hace dos años o así. Por fin conseguí llamar a Jitu (road manager) al móvil que, increíblemente, tenía ya operativo. Alucinó al enterarse de que yo aún seguía en el aeropuerto. Me vinieron a buscar y ya nos encontramos todos”.

Próximo capítulo: los furgoneteros

Capítulo 1: La vida en la carretera
Capítulo 2: Los olvidados
Capítulo 3: Guía gastronómica
Capítulo 4: La Benemérita
Capítulo 6: Los runners
Capítulo 7: Entretenerse en la furgo
Capítulo 8: Accidentes imprevistos y otros baches
Capítulo 9: Touring in Spain
Capítulo 10: Escenas escatológicas
Capítulo 11: Fuerzas de la ley vs. rock'n'roll
Capítulo 12: El baúl, con tachuelas, de la Piquer
Capítulo 13: En carne propia

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