|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
30.000 personas pasaron por alguna de sus 54 actividades. Diciembre de 2001 Jazz en Granada Con 23 años a sus espaldas, el Festival de Jazz de Granada se ha convertido, al cabo de los años, en la muestra de referencia del sur de España. La afición a la "música del diablo" de la provincia andaluza se plasma en dos festivales: éste en otoño y el veraniego Jazz en la Costa de la ciudad de Almuñécar. Ambos han reflejado en los últimos años el aumento de interés por el jazz y su entorno musical, que se resume en el creciente aumento de asistentes. Durante todo el mes de noviembre, la organización del Festival de Jazz ha calculado que, por lo menos, 30.000 personas han participado en las 54 actividades que se han programado entre conciertos internacionales, nacionales, presentaciones de discos, ciclo de cine y conciertos pedagógicos. Atendiendo a su programa principal abrieron con la presentación del álbum "Tú no sospechas", en realidad un homenaje del pianista gaditano a una de las compositoras más célebres del filin cubano: Marta Valdés. Como en toda la gira que han realizado juntos esta temporada, ambos han recabado el cariño afectuoso del público dadas las escasas facultades de la Valdés como cantante, ya que (casi) siempre ha sido compositora y sólo intérprete en entornos cariñosos o en sesiones de madrugada. Las limitaciones de la cubana no retuvieron, en cambio, las evoluciones de Chano, McGuill y el gran Colina, quienes se lanzaban a todo trapo para regresar no siempre con prudencia al territorio amable del casi-recitado de Valdés. Jacky Terrason fue el sustituto a última hora de Danilo Pérez a causa de la "Operación Libertad Perdurable". El franco-berlinés fue una sorpresa para casi todos. Un bolero de Ravel a ritmo casi latino fue la introducción y el mejor prefacio a lo que vendría después, toda una serie de evocaciones a clásicos de la chanson y la música popular francesa absolutamente metabolizados por su colorista y contrapuesta manera de tocar. Aquí uno recordó la visita de Herbie Hancock en una edición pasada con un programa de Gershwin en el que el bueno de George no asomó por ninguna parte. Apenas un par de frases de melodía orientaban sobre el original, fuesen los "Chemins de l'amour", "Paris d'amour", "Automm leaves" o la banda sonora de Yepes para "Jeux interdits" antes de que el pianista, extraordinariamente seguido de cerca por sus acompañantes, comenzara a reelaborar y jugar con las dinámicas, subiendo y bajando con elegancia y una extrema sensibilidad en sus yemas. En algunos momentos trajo a la memoria al titán Meldauh por su economía, la riqueza melódica y el sentimiento poético de los sonidos, en el caso del franco-alemán con un romanticismo capaz de emocionar hasta con el Rhodes.
Caso contrario al del octogenario Thots Thielemans, todo un regalo del cielo en vitalidad, ternura y buen humor. A pesar de su elevada edad y de haber superado una trombosis que lo dejó semiparalizado, el armonicista belga está en un magnífica forma artística. Resulta ejemplarizante ver su capacidad de emocionarse con una pieza, empujar o elogiar a sus compañeros por un buen solo. Todo ello cuando se tienen cincuenta años de oficio, se está de vuelta de todo y se ha tocado con todos en todos los continentes, incluidos "30 segundos con Louis Armstrong, el gurú, el número uno", como afirmó divertido. Thielemans parte en sus conceptos musicales de un notable clasicismo y desde el punto de vista europeo. Aun habiendo frecuentado mundo musicales muy dispares, siempre ha sido fiel al entorno bop como motor de sus interpretaciones con la armónica, que ahora suena sin tanta fuerza pero con la velocidad y sabiduría de más de medio siglo. Como guitarrista es aún más elegante si cabe, discreto y dulcísimo en su digitación fina, aún no recuperada de su accidente vascular. Delicadeza, que podríamos pensar fruto de un carácter bienhumorado y bonachón, como todo abuelito que se precie, pero que no peca de conformismo. Y sorprendió cerrando su concierto ¡por Jaco Pastorius nada menos! Admirable.
Con Brandford Marsalis llegó el magisterio, la facilidad de lo imposible y la accesibilidad de lo más alto de la gama. Marsalis embaucó con las posibilidades sonoras desde el tenor y el soprano. Dotado de una elegancia suprema, al igual que su pianista, practicó un neoclasicismo seductor por su asequibilidad, si bien imposible de imitar en tiempos rápidos. A pesar de las dificultades técnicas de su interpretación, incluso el recorrido más tortuoso parece sencillo para él por la serenidad y nitidez con la que conduce a altas velocidades por pistas deslizantes y por la tranquilidad con que lleva de la mano al público desde el vértigo de una balada, con más silencio que música, de homenaje a su amigo Kenny Kirkland hasta el impresionante blues desbocado que le sirvió a modo de sintonía y para marcar el territorio. Y eso que el repertorio no era fácil, pero en sus dedos se convirtió en mantequilla.
El monstruo. Como cantante e improvisador en su lenguaje materno, el douala, su voz se estira y encoge, domina los falsetes y la espesa hasta donde quiere compitiendo con las notas más bajas de su instrumento. Siempre intentando lograr conmocionar al oyente; en piezas como "Eyala", "Eyando" o "Dipita" nos devolvió la tensión y la alegría de los cantos tribales del cuerno africano. Puntos de partida, que pueden nacer en la festividad de la Sanza, miniteclado de lengüetas, para estallar con todo el poderío del jazz rock más eléctrico minutos después y, en este segundo plano, integrarse en el sonido sobrado de sus valedores Zawinul (puro Weather Report) o Pat Metheny, con toda la banda desbocada y un sonido apabullante. Entre broma y broma, sacando el bajo de cuatro cuerdas y sin trastes, emuló a su modelo Pastorius con su sonido vertiginoso y gomoso, haciéndole un tributo oficial al interpretar "Teen town" del asesinado revolucionador del instrumento. La Big Band de Granada es uno de los productos directos del Festival, que ha propiciado sus puestas en escena y producirá en breve su primera grabación, mitad en estudio mitad en directo, con parte de los conciertos que ha ofrecido con Pedro Iturralde, Don Braden y, este año, Perico Sambeat. Saxo valenciano que llegó a Granada para un bolo de provincias y descubrió sobre la marcha la entidad de la formación granadina, engrasada, con temas propios, arreglos muy sofisticados, abundantes solistas de nivel y tuvo que aplicarse mucho más seriamente de lo que había previsto. En la recta final del Festival nos encontramos con dos nombres dispares en fondo y forma: Freddy Cole y Johnny Griffin. El primero (hermano pequeño de Nat King Cole) en un tono de amabilidad baladística de cronner en desuso y el segundo con una fogosidad de hardboper impropia de su edad. Influenciado vocalmente tanto por su hermano como por Louis Armostrong, Cole es un superviviente del jazz suave y educadísimo. Hecho para enamorar en un ambiente propicio a la confesión y el baile, por supuesto de salón. Su voz grave y modulada sugiere palabras de amor al oído, masticando las palabras que explican el optimismo propio de la época en que fueron escritas. Casi todas standards vocales de la triunfante posguerra americana y no pocas citas al repertorio familiar: "Monna Lissa", "Sweet Lorraine", "Unforgetable", "Strighten up fly in me" o el villancico "Chrismas song". Canciones perfectas para el, probablemente, último crooner de raza que queda. Música sedante, exquisita y que ya es un estereotipo de la elegancia. Griffin le siguió desde bambalinas y lamentó no tener a mano el saxo para acompañarle con su orondo tenor. Anunciado como unos All Stars de bolsillo, Griffin y los suyos no engañaron y el pequeño (sólo de talla) saxofonista salió a escena rodeado de estrellas-de-verdad-estrellas, músicos con los que había que pelear para coger el sitio, musicalmente hablando, que todos sabían perfectamente que la experiencia son muchos grados. Entre ellos nada menos que el contrabajista Reggie Johnson, cuya estampa "Familia Adams Quartet" resulta inolvidable desde que lo vimos hace veinte años en la Mingus Dinasty, o el soberbio Alvin Queen, capaz de robarle el protagonismo hace dos años a Kenny Barron, por cierto, en un trío donde también estaba el disciplinado bajista. En esta pelea de titanes, donde sin tanto curriculum pedía su parte de pastel el pianista caribeño (sin estigma) Alain Jean Marie, Griffin enseñó su uñas de viejo boper de segunda generación. Fraseando con velocidad, cuerpo y un swing del que ya no queda. Con un discurso veloz y acalambrado en los tiempos rápidos, especulativo y siempre cargado de tensión, también fue reconcentrado y sacando toda la pasión que tiene un tenor en el momento de la balada, una de sus especialidades. Aun siendo autor de numerosas y bien consideradas piezas, casi todo su concierto fue un tributo al jazz de escuela, acudiendo a obligatorios como "Lover man", "Night in Tunicia" (con un supremo solo de batería cuyo trabajo en platos levantó los mayores aplausos de la noche) o un "Body & soul" que provocó gritos en el público de "así se sopla". Sus fans personales tuvieron que esperar al final para que la maleable "You're never been there" pudiera gratificarles en un tiempo casi deportivo. Fuera de esta programación principal, Celia Mur presentó su disco "Foot prints", nos reencontramos con Tito Alcedo haciendo jazz, tributamos a Tito Puente con Cubop, la Blues Band enseñó a 7.000 chavales los secretos del blues en seis conciertos didácticos a rebosar y tuvimos la oportunidad de, entre decenas de otros conciertos, escuchar a Califactors, el flamante grupo americano del brillante Albert Sanz. Y es que 54 conciertos en un mes dan mucho de sí. Juan Jesús García
|