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24 de noviembre. El Sol Los periódicos y la tele dicen que NY está hecho polvo desde que ocurrió lo de las torres. Será su NY, porque el de los mortales, el de la gente que no tiene una oficina en el Wold Trade Center o el que tiene que ahorrar para pasear por Manhattan, goza de muy buena salud. Eso es, al menos, lo que se desprende tras la última visita de los Dictators a nuestro país. Mientras que la alta alcurnia de la escena musical americana tiene miedo a volar, a este quinteto no le importa nada volver a darse un baño de multitudes en España. Y es que... hay que ir pensando ya en dar el saltito que supone el cambio hacia una sala más grande. Los neoyorquinos se desmarcaron con un segundo bolo madrileño (en el Gruta 77) sabedores sus promotores de que ambas actuaciones estaban completamente vendidas, por lo que... igual es preferible no obligar a todo el público a tener que estar como sardinas en lata cuando la música de los Dictators obliga a tus neuronas a ejercer el sentido del movimiento. Manitoba, Shernoff y sus colegas tomaron el escenario de El Sol como quien aterriza en el salón de su casa: han pasado tantas veces por aquí que ya saben perfectamente cómo va responder el público a cada una de sus acciones. Pueden, incluso, dejarse canciones en el zurrón para que nadie les acuse de tocar siempre lo mismo y también pueden (como en este caso) presentar un nuevo disco que calme las ansias de quienes se quejan de que Dictators son un poco vaguetes a la hora de entrar en un estudio. Sobre las tablas, la banda es toda una garantía de diversión, intensidad y buen hacer. No son de quienes inventan y todo su currículum lo basan en su talento para hacer canciones directas, inmediatas y sumamente pegadizas. Con eso, y con tres o cuatro clásicos, tienen el asunto zanjado. No son de quienes tocan para quienes identifican a NY con la canción que popularizara Sinatra, sino para quienes sufrieron la marcha de Joey Ramone. Diferentes formas de ver la música... y la vida. Dos guitarras en línea de fuego, una base rítmica de tentetieso y un frontman seguidor de los Yankees que presume de ciudad y de un largo cargamento de rock'n'roll. Así de simple es el planteamiento de Dictators en cuanto a música se refiere. Y, probablemente por su simpleza, sea por lo bien que reflejan ese estilo neoyorquino que, haciéndolo en otro lado, no termina de tener el mismo sabor. Lo de esta gente es música urbana, folklore ciudadano sin ningún tipo de alusión a las corrientes imperantes o a las modas de la quinta avenida, actitud que prefiere el sudor antes que una mínima gota de glamour. No sería justo olvidar (la propia banda no lo hizo) a la gente de Record Runner que, un año sí y otro también, nos permite gozar de un grupo tan alejado de los ambientes comerciales; si no fuera por ellos, probablemente no entraría en los planes de ningún promotor de conciertos. E.P.
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